Herederos del infierno #1: Evangely

Capitulo 5: Hielo y Fuego

Los días colapsaban unos con otros mientras el nuevo orden se instalaba en el reino de hielo. Raziel, ahora en el trono, confía a Miguel la seguridad del reino, y a Azazel el cuidado de todos sus intereses, incluidos todos y cada uno de los movimientos de las hijas de la dinastía Grigori, a pesar de que dos de ellas estén confinadas en los más seguros calabozos del reino, sin derecho a contacto externo y completamente aisladas, incluso de sus propios sentidos. Sus súbditas no corrían con un mejor destino; sus rostros, antes llenos de luz y promesas de vida, lucían hoy por completo cubiertos por velos negros, simulando el pecado que manchaba a todas las descendientes de las estrellas. Mi hermano, extasiado por el poder robado, saciaba su hambre con juegos retorcidos de alas demasiado jóvenes; las devas tras la fortaleza, bajo sus órdenes, penaban por los pasillos con largos velos que hacían poco por ocultar los grilletes en sus tobillos y el silencio que dejaba tras de sí la orden de coser sus labios si permitían a alguien más escuchar su voz.

Raziel había logrado, quebrando a una estrella, dar vida a una criatura de barro a la que llamó Adam, un nuevo juguete que paseaba por los jardines del castillo completamente desnudo de identidad y carente de propósito más allá del de doblegar y poseer a la heredera del trono de cristal, quien, despojada de su ropa y recuerdos, vaga por el jardín con ojos vacíos y pies descalzos.

La hija primogénita de barro de la reina deva, con su salvaje cabello azabache, sus ojos azul puro y sus exigentes caderas, caminaba frente a mi ventana cada día, ajena a mi decadente y afilado aburrimiento y al palpable interés que empezaba a dibujarse en la mirada de mi hermano que perseguía cada uno de sus pasos. Ni siquiera la necesidad del caos era capaz de mantener a Azazel lejos de la heredera de cristal, y podía ver incluso desde la distancia de mi amplia estancia cómo una chispa empezaba a nacer en sus ojos, una necesidad primitiva que halaba de sus entrañas cada vez que la heredera se rendía a las demandantes necesidades del juguete de barro.

La guerra había acabado, la reina deva y su imperio habían caído, las hermanas Grigori yacían ahora bajo el yugo de mis hermanos, ajenas al poder que escondía su sangre y linaje, expuestas y vulnerables; un constante y estable recordatorio a las devas de que no había lugar a la esperanza. Sus princesas morirían sirviendo al nuevo regente, atadas a las nuevas reglas del juego y sumidas en la sumisión y la ignorancia. El trabajo estaba hecho, no había mucho más que hacer y yo, como fiel seguidor del instinto de guerra bajo mis venas, encontraba la paz que reinaba en los pasillos de la fortaleza exasperante, y empezaba a crisparme los nervios. Por otra parte, Raziel empezaba a tomar decisiones poco convenientes; había encomendado a su juguete que sembrara vida en el vientre de la primera hija, ignorando mi reticencia a que el linaje de la reina deva se extendiera, y con él el poder de la sangre de hielo y la capacidad de reclamar la corona. Raziel, sin embargo, parecía más enfocado en crear un mundo nuevo en el que poder gobernar, lleno de criaturas que lo adorarían y temerían a partes iguales.

Encontraba a mis ojos cada vez más atraídos hacia la masa de rizos oscuros y piel cremosa bajo mi ventana mientras me Imaginaba qué se sentiría poseer esa esencia salvaje que parecía correr bajo la piel de la mujer de barro, poseer después de tanto tiempo algo realmente vivo, a diferencia de los quebrados fantasmas que había dejado mi hermano a su paso; tras la mirada de la heredera había una chispa que parecía negarse a morir y cada parte de mí que reclamaba con vehemencia el caos reaccionaba a ella. La necesidad pulsaba en mí haciendo que mi cuerpo reaccionara de manera impulsiva y retorcida, y fue ahí cuando una ingeniosa idea me golpeó con fuerza. Había solo una manera de evitar que la heredera le diera descendientes al hombre de barro y a su vez también perdiera la oportunidad de reclamar su derecho a la corona, y todo ello envuelto convenientemente en el empaque de solventar la necesidad primitiva que despertaba la salvaje heredera en mi cuerpo. La primera hija nacida del barro solo contaba con la protección de la sangre eterna de la reina Deva si estaba en el reino de hielo; sin embargo, en la tierra donde nació, no era más que polvo destinado a ser polvo una vez más. La esencia de lilith, la hija de hielo, debía ser corrompida y entonces la corona de hielo no reaccionaría a su sangre y sería incapaz incluso de volver a entrar al reino de cristal; la heredera debía caer del cielo,y para ello debía lograr que hiciera algo digno del exilio, o quizá sembrar en ella la semilla que sabía germinaría en su fértil y salvaje esencia. Un plan fue entonces empezando a formarse en mis pensamientos y me encontré después de mucho tiempo experimentando una leve sensación de un oscuro y retorcido éxtasis; sabía también quién sería el soldado indicado para secundar mi estrategia, después de todo no sería la primera vez que compartiéramos la más exquisita realización de nuestros más oscuros deseos, mi hermano Azazel y yo siempre nos habíamos encontrado siendo arrastrados por el deseo de la misma piel y eso jamás nos había detenido, no nos importaba compartir, sobre todo cuando la recompensa valía el sacrificio. Una sonrisa trepó a mis labios y me conseguí de pronto mucho más receptivo a las necesidades que pulsaban en mi cuerpo y en la sed de guerra que se extendía por mis venas, y fue entonces cuando una certeza me golpeó con fuerza: el trabajo no estaba terminado, y no lo estaría hasta que las hermanas Grigori dieran su último respiro.

La Biblia de los Caídos, Lucifer versículo 10,1.

Evangely

El efímero silencio del salón duró segundos antes de que el general mirara al arcángel y asintiera en su dirección.




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