Herederos del infierno #1: Evangely

Capitulo 6: Un eco de esperanza congelado en la nieve

No he vuelto a ver su rostro, y aunque puedo sentir que alguien sigue, una vez más, cada uno de mis pasos, sé en lo más profundo de mis entrañas que no son sus oscuros ojos los que hoy examinan mi piel.

Mis pies aún descalzos recorren mis pasos en un intento por esconder los recuerdos que han ido llenando el vacío que antes echaba raíces en mi alma. Nadie parece saber que la hija de la reina Deva es consciente de que su lugar no está en el Edén ni su propósito en servir a Adam como retribución a la vida que falsamente ayudó a darle.

Mis ojos eran conscientes ahora de mi desnudez, y de cómo todas las ventanas de la fortaleza tenían acceso a una vista clara y explícita de cada rincón del Edén. El despojarme de mi ropa y recuerdos era sin duda la idea de castigo que había tenido para mí el rey Raziel, y sin embargo, a pesar de jamás haberme sentido más vulnerable o violentada, también sentía como la chispa que el general encendió en mi vientre empezaba a consumir todo a su alrededor.

El tiempo pasó, y una vez más los días se fundieron con las noches y las horas con los minutos. Sin embargo, esta vez era mucho más consciente de todo a mi alrededor; la alta vegetación y las horas de sueño de Adam se convirtieron en mis mejores aliados, como lo había hecho el general. Y fue entonces cuando me atreví a explorar mi entorno arropada de las sombras que la ausencia de luz típica de la noche me regalaban; los límites del Edén eran sólidas paredes de cristal similares a las que rodeaban la fortaleza. Las estudié cada noche. También noté a través de ellas que la vida del reino había continuado sin nosotras. Los ángeles habían tomado el castillo de hielo y era común verlos pasear por la fortaleza altivos y despreocupados. Demasiadas noches pasaron antes de que me rindiera a la realidad de que las devas habían desaparecido de la fortaleza. Las hijas de hielo habían desaparecido, como si el cielo mismo las hubiese reclamado, y esa verdad fue el golpe que finalmente rompió el hielo dentro de mí. Debía salir de ahí.

No era capaz de ver más allá de las paredes de la fortaleza, pero sabía que más allá del castillo principal estaba el reino que la reina Deva había levantado a partir de hielo y cristales de sal. Un reino próspero, en constante evolución y lleno de paz. Paz que lentamente se escapó por las grietas de las congeladas aguas el día en que las estrellas dieron vida a los ángeles.

Las estrellas estaban ahora divididas, extasiadas ante la capacidad de crear vida. Unas creían que debían usar el regalo del universo para llenarlo de diversas y mágicas criaturas, mientras que otras, mucho más recelosas, se inclinaban por solo admirar el reino que las devas, sus primogénitas, alzaban ante ellas. Y es que la capacidad de dar vida venía del universo y era tan impredecible como el mismo. El universo estaba compuesto de inmortal luz, pero también nacía de una infinita oscuridad, y la magia de las estrellas estaba embutida de una considerable cantidad de ambas. Las devas habían sido un resultado milagroso y habían llenado de dicha y orgullo a sus madres. Sin embargo, seguir dando vida era un juego arriesgado e impredecible. Aun así, las más optimistas estrellas no se detuvieron ante las catastróficas probabilidades y se enfocaron en crear vida en otros planetas, iniciando por el planeta de aguas y montañas turquesas. Las hadas, sus primogénitas nacidas de tierras de bosque, mares, ríos, montañas y polvo de estrellas, habían sido incluso mucho más puras y mágicas que las mismas devas, y habían incentivado a las demás estrellas a seguir su ejemplo. Sin embargo, como las primeras estrellas habían predicho, la luz de la magia del universo empezaba a agotarse. Todo empezó por lo que parecía una falta de luz inofensiva y de ella nacieron los pequeños duendes y los Seelies. La inocencia había muerto, la pureza estaba ahora contaminada, pero las criaturas de inofensiva apariencia solo parecían exportar su oscuridad a través de graciosas travesuras o escurridizas mentiras, lo que llevó a la facción más ambiciosa de estrellas a un nuevo reino. Y alentadas por las creaciones de sus hermanas, no escucharon las advertencias y dieron vida a través de oscuros desiertos y desolados páramos a las sombras. A este punto, todo lo que quedaba de la magia del universo era la más profunda oscuridad, misma que llenó cada rincón de aquel vasto reino. De aquellas sombras y polvo de estrella nace el rey Fray, apenas corpóreo, y su comandante, un hombre envuelto en sombras que podía fácilmente fusionarse y desaparecer entre ellas. Ambos gobernaron aquel inhóspito reino hasta que la codicia cada vez más grande del rey llevó al comandante a secuestrar para él a una hada, quien más adelante creó para él la corona que hizo levantar de entre los más oscuros desiertos al más letal de los ejércitos. El rey Fray, entonces con ya arraigadas ideas de conquista, se preparó para embarcarse en la aventura de doblegar todos los reinos a su mandato y a poseer el poder sobre toda criatura viva en el universo. Y fue entonces cuando las primeras estrellas se vieron en la necesidad de crear soldados con el único propósito de cuidar a sus primogénitas y al reino que habían levantado con su guía. Sin embargo, los ángeles eran criaturas frágiles y de fácil detonación, incapaces de controlar sus impulsos y tan llenos de miedos e inseguridades que con el tiempo aprendieron a transformar en crueldad. No obstante, el daño estaba hecho. La oscuridad del universo latía ahora bajo la piel de aquellas criaturas, hijas de las brillantes estrellas y del inmortal universo. Eventualmente, las estrellas, impactadas por la destrucción que sus hijos dejaban detrás, fueron muriendo consumidas por una vergüenza y tristeza que terminó por robar de ellas su luz. Las únicas estrellas que sobrevivieron se entregaron al universo, no sin antes dejar a la reina Deva un último regalo. Como último acto de esperanza, las estrellas regalaron a la reina Deva los últimos vestigios de aquella poderosa magia. El polvo de estrellas cargado de luz y oscuridad por igual fue dado a la reina Deva, dándole así la capacidad no solo de crear vida, sino también de elevar a las devas como una raza divina, solo comparable con las estrellas mismas. Tres hijas de barro nacieron de aquel último intento por remediar el daño causado. Tres mujeres que, aun con la oscuridad meciéndose en sus entrañas, fueron capaces de blandir la luz como su principal aliada, eso solo antes de que la tragedia las tocara. Y desde ese día no hubo olvido capaz de detener la oscuridad que empezaba a escurrirse por sus venas. Los ángeles habían subestimado la oscuridad que nacía de las entrañas de las mujeres de barro y como esta era capaz de un tipo de destrucción que solo era visible una vez que consumía por completo un alma o destruía un imperio hasta sus cimientos. Los ángeles no supieron qué eran las cenizas hasta que intentaron por todo medio apagar el fuego que ardía bajo la piel de una mujer, y tampoco lo hicieron si no hasta entonces los mismos hijos de barro.




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