Herederos del pecado

Capitulo 2

El despacho de Vittorio Russo olía a cuero, madera antigua y poder.
Siempre había sido así.
Las paredes estaban revestidas con paneles oscuros, impecables, pulidos hasta reflejar apenas la luz tenue de la lámpara central. Un escritorio amplio, pesado, dominaba el lugar como un trono silencioso, y detrás de él, Vittorio permanecía de pie, observando la ciudad a través del ventanal.
Roma brillaba en la distancia.
Indiferente.
Como si no supiera que dentro de esa habitación se decidían destinos.

—No hay nada más que discutir —dijo Vittorio sin girarse—. La fecha debe fijarse en menos de un mes.

Alessandro estaba de pie frente al escritorio, perfectamente erguido, con las manos relajadas a los costados. Su traje seguía impecable, como si la noche no hubiera tocado ni un solo hilo de su compostura.

—Dos semanas —respondió con calma—. Cuanto antes, mejor.

No había duda en su voz.
No había emoción.
Solo decisión.
Vittorio esbozó una leve sonrisa, casi imperceptible.

—Eso es lo que esperaba de ti.
Alessandro inclinó apenas la cabeza.
—Isabela ya está preparada.

No era una pregunta.
Era una afirmación.
Porque en su mundo, las mujeres como ella no crecían con sueños… crecían con propósito.
Vittorio finalmente se giró, apoyando ambas manos sobre el escritorio.

—Matteo la educó bien. Entiende su lugar. Entiende lo que representa esta unión.

Alessandro asintió.
Para él, eso era suficiente.
Más que suficiente.
No necesitaba su opinión.
No necesitaba su consentimiento.
Isabela Bianchi no era una incógnita.
Era una pieza.
Y él sabía exactamente dónde colocarla.

—Entonces no habrá problemas —concluyó.

El silencio que siguió fue breve.
Pesado.
Definitivo.
Hasta que la puerta del despacho se abrió de golpe.
El sonido rompió la calma como un disparo.
Ambos hombres giraron al mismo tiempo.
Alessio.
Su respiración era irregular, como si hubiera subido corriendo. El saco de su traje ya no estaba en su sitio, y la corbata colgaba ligeramente suelta, desordenada. Pero no era su apariencia lo que llenaba la habitación.
Era su mirada.
Furia.
Dolor.
Desesperación.

—¿Qué están haciendo? —su voz salió más grave de lo habitual, contenida… pero al borde de romperse.

Vittorio frunció apenas el ceño.

—No es forma de entrar, Alessio.
Pero Alessio no lo miró.
Sus ojos estaban clavados en Alessandro.

—Respóndeme.

Un segundo de silencio.
Alessandro no se movió.

—Estamos asegurando el futuro de esta familia.

—No —dijo Alessio, negando con la cabeza—. No me hables como si fuera uno de tus hombres. Soy tu hermano.

Esa palabra quedó suspendida en el aire.
Hermano.
Como si aún significara algo.
Alessandro lo observó con calma.

—Precisamente por eso deberías entenderlo.

Alessio soltó una risa breve, sin humor.

—¿Entenderlo?
Dio un paso hacia adelante.

—¿Entender que decidiste casarte con ella como si fuera un contrato más? ¿Entender que ni siquiera… —su voz se quebró apenas, pero continuó— que ni siquiera pensaste en lo que eso significa?

—Sé perfectamente lo que significa —respondió Alessandro, firme.

—No —replicó Alessio—. No tienes idea.

Y entonces, por primera vez desde que entró…
Su voz cambió.
Ya no era solo enojo.
Era algo más profundo.
Más vulnerable.

—La amas?

El silencio fue inmediato.
Vittorio observó la escena con atención, pero no intervino.
Alessandro no reaccionó.

—No —dijo finalmente—. No lo hago.

Alessio lo miró como si esa respuesta fuera la peor de todas.

—Claro que no —susurró, con amargura—. Porque tú no sabes hacerlo.

El golpe no fue físico.
Pero se sintió igual.
Aun así, Alessandro no cambió su expresión.

—Eso no es relevante.

—Para ti no —respondió Alessio, dando otro paso—. Pero para mí sí.

Y entonces…
Sucedió.
Algo que nunca había pasado.
Algo que ni Vittorio esperaba.
Alessio bajó la mirada por un instante.
Sus manos se cerraron, temblando apenas.
Y cuando volvió a hablar…
Su voz ya no tenía orgullo.

—Te lo pido.

El silencio se volvió absoluto.
Alessandro lo observó con una atención distinta.

—Rompe el compromiso.

Las palabras quedaron suspendidas.
Frágiles.
Imposibles.
Vittorio entrecerró los ojos, sorprendido.
Alessio nunca pedía nada.
Nunca.

—Alessio… —comenzó Vittorio.
Pero Alessio negó, sin apartar la mirada de su hermano.

—No —su voz fue baja, pero firme—. Esto es entre él y yo.

Un segundo.
Dos.
Tres.

—Por favor.

La palabra cayó como una rendición.
Como una confesión.
Como una herida abierta.
Alessandro sintió el peso de ese momento.
Porque Alessio no estaba reclamando.
No estaba exigiendo.
Estaba suplicando.
Y eso…
Eso lo decía todo.

—No puedo —respondió finalmente.

Simple.
Directo.
Irrevocable.
Alessio parpadeó, como si no hubiera entendido.

—¿Qué?

—No puedo —repitió Alessandro—. Y no lo haré.

El aire se volvió denso.

—Estoy a punto de convertirme en capo —continuó, con la misma calma—. Esta unión consolida alianzas, fortalece nuestra posición. Nos hace intocables.

Dio un paso hacia él.

—No voy a renunciar a eso.
Alessio lo miró, incrédulo.

—¿Por poder?

—Por la familia —corrigió Alessandro.

—No —susurró Alessio—. Por ti.

Esa vez, Alessandro no respondió de inmediato.
Pero tampoco lo negó.
Y eso fue suficiente.
Alessio soltó el aire lentamente, como si algo dentro de él terminara de romperse.

—Sabías —dijo, casi en un hilo de voz—. Siempre lo supiste.

Alessandro sostuvo su mirada.




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