Herederos del pecado

Capitulo 3

La mañana llegó demasiado pronto.
Isabela apenas había dormido.
El peso de la noche anterior seguía sobre su pecho, como una presión constante que no le permitía respirar con normalidad. Cada vez que cerraba los ojos, veía lo mismo: la mano de Alessandro tomando la suya… y la mirada de Alessio, rota, sosteniéndose por ella incluso en su propio dolor.
Se incorporó lentamente en la cama, sintiendo el frío de la realidad asentarse en sus huesos.
No había sido una pesadilla.
Era su vida.

—Señorita —la voz de una de las empleadas se escuchó tras la puerta—. Su padre pidió que esté lista en una hora. Debe ir a la mansión Russo.

Isabela cerró los ojos un segundo.
Claro.
No había tiempo para procesar.
No había espacio para sentir.
Asintió, aunque nadie pudiera verla.

—Dile que estaré lista.

Su voz sonó más firme de lo que se sentía.
Porque así era como la habían educado.
A obedecer.
A sostenerse.
A no romperse… al menos no frente a otros.
La mansión Russo se alzaba imponente, como siempre.
Pero ese día… algo era distinto.
O tal vez no era la mansión.
Tal vez era ella.
Al cruzar las grandes puertas, Isabela sintió cómo su estómago se tensaba. Los mismos pasillos por los que había corrido de niña ahora parecían más largos, más fríos, más ajenos.
Una mujer elegante se acercó de inmediato.

—Señorita Bianchi, bienvenida —dijo con una sonrisa perfectamente ensayada—. Mi nombre es Claudia Ferrero, soy la encargada de la organización del evento.

Evento.
No boda.
No unión.
Evento.

—Por aquí, por favor.

Isabela apenas tuvo tiempo de responder antes de ser guiada a través de los pasillos, donde otras mujeres ya esperaban en una amplia sala iluminada por ventanales.
Mesas cubiertas de telas.
Revistas abiertas.
Bocetos.
Joyas.
Vestidos.
Todo dispuesto como si fuera un espectáculo cuidadosamente planeado.

—Tenemos mucho que revisar —continuó Claudia, con entusiasmo profesional—. El señor Alessandro ha sido muy claro con sus expectativas.

Isabela sintió cómo algo dentro de ella se tensaba.

—¿Expectativas? —repitió suavemente.

—Por supuesto —respondió la mujer, como si fuera lo más normal del mundo—. Ha seleccionado personalmente la locación, el menú, la decoración… incluso algunos de los diseños base para su vestido.

Silencio.
Isabela no se movió.
No respiró.
No reaccionó.
Porque necesitaba unos segundos más para entender.

—¿Perdón? —preguntó finalmente, con una calma peligrosa.

Claudia no notó el cambio.

—Sí, el señor Russo ha sido muy específico. Desea que la boda sea… extraordinaria.

Como si eso fuera suficiente.
Como si eso lo justificara todo.
Dos modistas se acercaron entonces, rodeándola con cintas métricas y telas suaves.

—Si nos permite, necesitamos tomar sus medidas —dijo una de ellas.

Isabela bajó la mirada hacia sus manos.
Quietas.
Inertes.
Como si ya no le pertenecieran.
Y entonces lo entendió.
No estaba ahí para opinar.
No estaba ahí para elegir.
No estaba ahí… para nada.
Solo estaba ahí para cumplir.
Levantó la mirada lentamente.

—¿Dónde está Alessandro? —preguntó.
Claudia dudó apenas un segundo.

—El señor Russo tiene asuntos más importantes que atender esta mañana.

Claro.
Por supuesto que sí.
Isabela soltó una leve exhalación.
Algo dentro de ella… se quebró un poco más.
Horas.
Pasaron horas.
Medidas, telas, colores, decisiones que no eran suyas.

—El vestido será en corte sirena, con encaje francés —explicaba una diseñadora

—. El señor Russo considera que resalta su figura de manera elegante.

—La ceremonia será en la villa privada de la familia, en la costa —añadió otra voz—. Exclusiva, íntima, pero con invitados de alto nivel.

—El menú incluirá platillos tradicionales italianos con un toque moderno, seleccionados personalmente por él.

Por él.
Por él.
Por él.
Cada palabra era un recordatorio.
Cada decisión, una confirmación.
Isabela ya no estaba ahí.
Era un nombre.
Un cuerpo.
Una firma.

—¿Le gusta? —preguntó una de las modistas, mostrando un boceto.

Isabela observó el dibujo.
Era hermoso.
Perfecto.
Frío.
Como todo lo demás.

—Es… adecuado —respondió.

Porque eso era lo que se esperaba de ella.
Adecuación.
No deseo.
No emoción.
Adecuación.
Cuando finalmente la dejaron sola en una de las salas laterales, Isabela se permitió respirar.
De verdad.
Por primera vez en horas.
Se acercó al ventanal, apoyando las manos contra el vidrio frío.
Su reflejo la observó.
Impecable.
Hermosa.
Vacía.

—¿Así va a ser? —susurró.
Su voz apenas un hilo.

—¿Voy a ser… un mueble más?

La pregunta quedó flotando en el aire.
Sin respuesta.
Porque en el fondo…
Ya la conocía.
Alessandro Russo no amaba.
No sabía cómo hacerlo.
Nunca lo había hecho.
Y no iba a empezar ahora.
No con ella.
No con nadie.
Para él, el matrimonio no era un vínculo.
Era una estrategia.
Un movimiento.
Un paso más hacia el poder.
Y ella…
Era el medio.
Nada más.
Un medio envuelto en lujo.
En joyas.
En promesas vacías de comodidad.
Una jaula dorada.
Perfecta.
Impecable.
Sofocante.
Isabela cerró los ojos, sintiendo cómo una lágrima escapaba finalmente.
Una sola.
Silenciosa.

—No quiero esto… —susurró.

Pero su voz no tenía fuerza.
Porque sabía la verdad.
Querer no importaba.
Nunca lo había hecho.

—Isabela.

La voz la tomó por sorpresa.
Se giró lentamente.
Alessandro estaba en la puerta.
Impecable, como siempre.
Intocable.
Observándola como si evaluara una obra en proceso.




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