Herederos del pecado

Capitulo 4

El aire fuera de la mansión Russo se sentía distinto.
Más ligero.
Más real.
O tal vez… solo lo parecía.
Isabela descendió los escalones de mármol con pasos medidos, sosteniendo el bolso con más fuerza de la necesaria. Cada paso era un esfuerzo consciente por no mirar atrás, por no dejar que todo lo que acababa de vivir dentro de esa casa terminara de aplastarla.
Quince días.
Quince días para perderse por completo.
Apenas cruzó el último escalón, lo vio.
Alessio.
Estaba cerca de los autos, hablando con uno de los hombres de seguridad. Su postura era relajada, pero había una tensión sutil en sus hombros, como si su cuerpo estuviera siempre listo para reaccionar.
Como si nunca pudiera descansar del todo.
Y entonces…
Él la vio.
Fue solo un segundo.
Un segundo en el que todo volvió a existir entre ellos.
El mundo.
El pasado.
El amor.
Pero Alessio fue el primero en reaccionar.
Desvió la mirada.
Se giró.
Y comenzó a alejarse.
Como si ella no estuviera ahí.
Como si no importara.
Como si no le doliera.
El pecho de Isabela se contrajo.

—¡Alessio!

Su voz rompió el aire.
Él no se detuvo.

—¡Alessio, espera!

Y entonces corrió.
No pensó.
No dudó.
Solo corrió hacia él, ignorando las miradas de los hombres alrededor, ignorando el peso de todo lo que estaba en juego.
Porque no podía dejarlo ir así.
No otra vez.
Alessio finalmente se detuvo.
Pero no se giró de inmediato.
Isabela llegó hasta él, respirando agitada, el corazón golpeándole el pecho con fuerza.

—¿Por qué me estás evitando?

Su voz salió más quebrada de lo que quería.
Alessio cerró los ojos un segundo antes de girarse.
Y cuando la miró…
Ahí estaba.
Todo.
El dolor.
El amor.
La lucha.

—Porque es lo correcto —respondió, con voz baja.

Isabela negó de inmediato.

—No. No lo es.

Dio un paso más hacia él.

—Lo correcto sería que me miraras. Que me hablaras. Que no fingieras que no existo.

Alessio soltó una exhalación lenta.

—Isabela…

Su nombre en sus labios siempre sonaba distinto.
Más suave.
Más… suyo.

—No puedo —continuó—. No después de lo que pasó.

—¿Y crees que yo sí puedo? —replicó ella, con un hilo de desesperación—. ¿Crees que puedo simplemente aceptar esto y seguir como si nada?

El silencio se extendió entre ellos.
Pesado.
Vivo.
Alessio la observó con intensidad.

—Pensé que vendrías —confesó ella de pronto—. Después del anuncio… pensé que me buscarías.

Las palabras dolieron más de lo que esperaba.
Porque eran verdad.
Alessio bajó la mirada.

—Quería hacerlo.

Un segundo.

—Pero no debía.

Isabela sintió cómo su pecho se apretaba.

—¿Desde cuándo haces lo que “debes” cuando se trata de mí?

La pregunta lo golpeó directo.
Porque sabía la respuesta.
Desde ahora.
Desde que todo cambió.
Desde que ella dejó de ser solo Isabela… y se convirtió en la prometida de su hermano.
Alessio pasó una mano por su cabello, frustrado.

—No entiendes en lo que estás metida.

—Claro que lo entiendo —respondió ella—. Más de lo que crees.

Dio otro paso.
Ahora estaban cerca.
Demasiado cerca.

—Entiendo que me están quitando la vida que quería.

Su voz tembló apenas.

—Entiendo que me están obligando a casarme con alguien que no amo.

Sus ojos se llenaron de algo más profundo.

—Entiendo que te estoy perdiendo.

El silencio se volvió insoportable.
Alessio apretó la mandíbula.

—Ya me perdiste.

La mentira fue evidente.
Para ambos.

—No —susurró Isabela—. Porque esto…
Llevó una mano a su pecho.
—Esto sigue aquí.

Y luego, lentamente…
Extendió la mano hacia él.
La colocó sobre su corazón.
El de él.
El latido era fuerte.
Desordenado.
Vivo.

—Y esto también.

Alessio cerró los ojos.
Ese simple contacto…
Lo estaba destruyendo.

—No hagas esto —murmuró.

Pero no se apartó.
No pudo.

—¿Por qué? —preguntó ella—. ¿Por miedo?

Él abrió los ojos.

—Por realidad.

Sus miradas se encontraron.

—No tenemos oportunidad —dijo él—. Alessandro no te va a dejar ir. Nunca.

—Entonces nos vamos —respondió ella, sin dudar.

El mundo pareció detenerse.

—¿Qué?

—Nos vamos —repitió, con más firmeza—. Nos escapamos.

Alessio la miró, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.

—Dejamos todo —continuó ella—. Italia, la mafia, nuestros apellidos… todo.

Sus ojos brillaban ahora.
Con una mezcla de miedo y determinación.

—No necesito nada de eso —susurró—. Solo te necesito a ti.

El golpe fue directo.
Brutal.
Porque Alessio quería decir que sí.
Quería más que nada en el mundo decir que sí.
Pero…

—No es tan fácil.

—¿Por qué no? —insistió ella—. ¿Qué nos detiene?

Alessio soltó una risa amarga.

—Todo.
Se acercó un poco más.

—No estamos hablando de una familia normal, Isabela. Estamos hablando de los Russo.

Su voz bajó.

—Nos encontrarían.

—No si lo hacemos bien.

—Y cuando lo hagan —continuó él, ignorando eso—, no solo nos matarán.

Sus ojos se endurecieron.

—Harán que deseemos estar muertos.

El silencio cayó.
Pesado.
Real.
Pero Isabela no retrocedió.

—Prefiero eso —dijo— a vivir una vida que no elegí.

Alessio sintió cómo algo dentro de él se quebraba.

—No digas eso.

—Lo digo en serio.

Sus manos temblaron ligeramente.

—No puedo casarme con él.

La cercanía entre ellos se volvió insoportable.
Sus respiraciones se mezclaban.
Sus miradas… se buscaban.
Y por un momento…
Solo por un momento…
Nada más importó.
Alessio levantó la mano.
Dudó.
Pero finalmente la apoyó contra su mejilla.
Isabela cerró los ojos ante el contacto.
Suave.
Familiar.
Dolorosamente perfecto.




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