Herederos del pecado

Capitulo 5

El sonido de los golpes llenaba la sala.
Seco.
Rítmico.
Implacable.
Alessio Russo no necesitaba levantar la voz para imponer respeto. Bastaba con verlo moverse.
El saco había quedado olvidado en una de las bancas, y la camisa negra, ahora pegada a su piel por el sudor, dejaba ver la tensión de cada músculo en su cuerpo. Sus manos estaban envueltas en vendas, endurecidas por años de combate, de disciplina, de sangre.
Frente a él, uno de los nuevos reclutas apenas lograba mantenerse en pie.

—Otra vez —ordenó Alessio, sin elevar el tono.

El hombre dudó.
Error.
Alessio avanzó en un segundo.
Un movimiento limpio.
Una patada directa a las piernas.
El recluta cayó de espaldas, el aire escapando de sus pulmones con un sonido ahogado.
Alessio no se detuvo.
Se inclinó, sujetándolo del cuello de la camisa, obligándolo a incorporarse.

—Si dudas… estás muerto —murmuró, lo suficientemente bajo para que solo él lo escuchara—. Y aquí, eso no es una metáfora.

Lo soltó con brusquedad.
El hombre cayó nuevamente, jadeando.

—Fuera.

No hubo discusión.
Nunca la había.
Los demás hombres en la sala observaban en silencio.
Con respeto.
Con miedo.
Porque Alessio no entrenaba hombres.
Los convertía en armas.
Y él… era la más letal de todas.
Se giró hacia el saco de boxeo, descargando un golpe seco contra él.
Luego otro.
Y otro.
Cada impacto resonaba más fuerte que el anterior.
Como si intentara expulsar algo que no podía nombrar.
Pero no funcionaba.
Nada lo hacía.
Ni el cansancio.
Ni el dolor físico.
Ni el control.
Porque lo que llevaba dentro…
No se podía golpear hasta desaparecer.

—Sigues perdiendo el ritmo.

La voz lo alcanzó desde la entrada.
Alessio se quedó quieto.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Reconocería esa voz en cualquier lugar.
Alessandro.
Giró lentamente.
Ahí estaba.
Impecable, como siempre.
Camisa blanca arremangada hasta los antebrazos, pantalón oscuro, sin corbata. Su apariencia era más relajada que de costumbre, pero eso no lo hacía menos intimidante.
Al contrario.
Lo hacía más peligroso.

—No sabía que venías a entrenar —dijo Alessio, secándose el sudor de la frente con el antebrazo.

Su voz era neutra.
Controlada.
Como si nada hubiera pasado.
Como si todo estuviera en su lugar.
Alessandro avanzó hacia el centro de la sala, observando el entorno con calma.

—Pensé que necesitabas compañía.

Alessio soltó una risa breve, sin humor.

—No pareces el tipo de compañía que uno busca.

Alessandro lo miró.
Directo.

—Depende de lo que necesites.

El silencio cayó entre ellos.
Pesado.
Conocido.
Los hombres presentes entendieron sin necesidad de palabras.
Uno a uno, comenzaron a salir.
Sin que nadie lo ordenara.
Cuando la puerta se cerró, solo quedaron ellos.
Dos hermanos.
Dos polos opuestos.
Un mismo destino.
Alessio tomó un par de guantes y los lanzó hacia Alessandro.

—¿Vas a pelear o solo viniste a hablar?
Alessandro atrapó los guantes sin dificultad.

—A entrenar.

Se los colocó con calma.
Ajustando cada tira como si estuviera preparando algo mucho más importante que un simple combate.
Alessio lo observó.
Sabía.
Sabía que eso no era solo entrenamiento.
Pero aun así…
Entró en guardia.

—Entonces ven.

El primer golpe fue rápido.
Preciso.
Alessio lo bloqueó sin problema.
Contraatacó.
Alessandro esquivó.
Movimientos fluidos.
Controlados.
Como siempre.
Durante los primeros segundos, fue exactamente eso.
Un entrenamiento.
Un intercambio limpio.
Casi… familiar.
Como cuando eran más jóvenes.
Como cuando el mundo no pesaba tanto.
Pero entonces…
Alessandro cambió.
El siguiente golpe llegó más fuerte.
Más rápido.
Más… personal.
Impactó directo en las costillas de Alessio.
El aire escapó de sus pulmones.
Alessio retrocedió apenas.
Lo suficiente para entender.

—¿Eso es todo? —provocó, limpiándose la sangre del labio con el pulgar.

Error.
Alessandro avanzó sin aviso.
Un puñetazo directo al rostro.
Luego otro.
Y otro.
Alessio apenas logró bloquear el tercero.
El cuarto lo recibió en el estómago.
Dolor.
Real.
Brutal.
Pero no retrocedió.
No podía.
Contraatacó.
Un golpe al rostro de Alessandro.
Lo conectó.
Pero Alessandro apenas reaccionó.
Como si no importara.
Como si no sintiera.
Y entonces…
Se desató.
Golpe tras golpe.
Patadas.
Impactos secos.
Sin pausa.
Sin ritmo.
Sin intención de detenerse.
Alessio intentó responder.
Pero no era lo mismo.
Esto no era un entrenamiento.
Era un castigo.
Uno que Alessandro no estaba dispuesto a suavizar.
Un golpe directo a la mandíbula lo hizo tambalear.
Otro al abdomen lo dobló.
Cayó de rodillas.
El mundo giró por un segundo.
La sangre le sabía a hierro en la boca.
Intentó levantarse.
Siempre lo hacía.
Pero Alessandro no se lo permitió.
Una patada lo devolvió al suelo.
El impacto resonó en la sala vacía.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Alessandro se acercó lentamente.
Sin prisa.
Sin agitación.
Como si no acabara de desatar una tormenta.
Se detuvo frente a él.
Alessio respiraba con dificultad, apoyado en una mano, intentando incorporarse.

—¿Terminaste? —murmuró, con voz rota pero desafiante.

Alessandro lo observó desde arriba.

—Aún no.

Se inclinó ligeramente.
Lo suficiente para que no hubiera duda de que cada palabra era solo para él.

—Esto no es por lo de hoy.




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