Herederos del pecado

Capitulo 6

El vestido llegó antes que el aire.
Isabela lo vio entrar en la sala de pruebas como si fuera una aparición cuidadosamente construida para asfixiarla. Dos asistentes lo sostenían con una delicadeza reverente, como si cargaran algo sagrado.
Como si no fuera una condena.
El encaje francés caía en capas perfectas, bordado con una precisión casi irreal. La tela brillaba bajo la luz tenue, capturando cada reflejo como si quisiera demostrar que no había margen para el error.
Era… hermoso.
Innegablemente hermoso.
Y aun así—
Isabela sintió náuseas.
Un nudo le subió por la garganta, ácido, espeso, insoportable.

—Es exactamente como el señor Russo lo pidió —dijo una de las diseñadoras, con una sonrisa orgullosa—. Elegante, sofisticado… inolvidable.

Inolvidable.
Sí.
Porque nada que doliera tanto podía olvidarse.

—Vamos a probártelo —añadió otra mujer, acercándose con manos expertas.

Isabela no respondió.
No hacía falta.
Ya no le preguntaban.
Ya no le explicaban.
Solo… ejecutaban.
El proceso fue lento.
Meticuloso.
Impensablemente íntimo.
Las manos de las modistas recorrían su cuerpo con precisión, ajustando, acomodando, moldeando. Cada contacto se sentía ajeno, como si no estuvieran tocando piel, sino una superficie que debía encajar en una idea.
En un molde.
En una expectativa.

—Levanta un poco el brazo.

—Gira.

—Mantente recta.

Instrucciones.
Siempre instrucciones.
Isabela obedecía.
Como siempre.
Como le enseñaron.
Pero por dentro…
Algo se desmoronaba.
Cuando finalmente el vestido estuvo en su lugar, la giraron hacia el espejo.
Y ahí estaba.
Ella.
O algo que se parecía a ella.
La silueta era perfecta. El corte abrazaba cada curva con una precisión que parecía diseñada para resaltar lo que otros querían ver. El escote, sutil pero calculado. La caída de la tela, impecable.
Todo en ella gritaba una sola cosa:
Propiedad.
Isabela se miró en silencio.
Sus manos bajaron lentamente hasta el encaje que cubría su cuerpo.
Lo sintió.
Suave.
Delicado.
Hermoso.
Y aun así…

—Parezco un regalo —murmuró.

Las modistas intercambiaron miradas, sin saber cómo reaccionar.
Isabela no apartó la vista del espejo.

—Una envoltura perfecta —continuó, con voz baja—. Lista para ser abierta…
Sus dedos se tensaron sobre la tela.
—…rasgada hasta los huesos.

El silencio cayó en la sala.
Pesado.
Incómodo.
Nadie respondió.
Nadie sabía cómo hacerlo.
La puerta se abrió en ese momento.
Y todo cambió.
Alessandro entró sin prisa.
Como si el mundo siempre le perteneciera.
Su mirada recorrió la sala con calma… hasta que se detuvo en ella.
Y entonces—
Se quedó ahí.
Observándola.
Evaluándola.
Absorbiendo cada detalle.
Isabela no se movió.
No se giró.
Lo miró a través del reflejo.

—¿Qué opinas? —preguntó una de las diseñadoras, con entusiasmo contenido.

Alessandro no respondió de inmediato.
Dio un paso al frente.
Luego otro.
Hasta quedar detrás de ella.
Lo suficientemente cerca como para que su presencia se sintiera.
Pesada.
Dominante.

—Perfecto —dijo finalmente.

Una sola palabra.
Fría.
Definitiva.
Las mujeres sonrieron, aliviadas.
Pero Isabela…
Sintió que algo dentro de ella se encogía.

—Tal como debe ser —añadió Alessandro.

Sus ojos seguían en el reflejo.
En ella.
En cada línea del vestido.
En cada detalle que había elegido sin preguntarle.

—Deslumbrarás —continuó—. Nadie podrá apartar la mirada.

Isabela apretó los labios.

—No es difícil cuando te visten como un objeto.

El comentario cayó como una piedra en agua quieta.
Las modistas se tensaron.
Alessandro no.
Ni siquiera parpadeó.

—Los objetos no tienen elección —respondió—. Tú sí.

Isabela soltó una risa suave.
Sin humor.

—¿Ah, sí?

Giró apenas la cabeza, lo suficiente para mirarlo directamente.

—¿Cuándo?

El silencio entre ellos se tensó.
Alessandro sostuvo su mirada.

—Cuando decides cumplir con lo que se espera de ti.

El golpe fue limpio.
Isabela sintió el ácido subir por su garganta.

—Qué conveniente —murmuró.

Alessandro ladeó ligeramente la cabeza.

—Lo necesario no siempre es conveniente.

Sus ojos bajaron apenas.
Recorriéndola.
Evaluando.

—Pero es eficaz.

Isabela sintió el asco crecer en su pecho.
No por la mirada.
No por el vestido.
Por él.
Por la facilidad con la que decía todo.
Como si no hubiera nada humano en medio.
Como si no hubiera daño.

—¿Te gusta? —preguntó de pronto, sin apartar la vista de él.

Alessandro no dudó.

—Sí.

—Claro que sí —replicó ella—. Lo elegiste tú.

Un segundo.

—Sin preguntarme.

Alessandro dio un paso más cerca.
Lo suficiente para invadir su espacio.

—No necesitaba hacerlo.

El aire se volvió denso.

—Sé lo que funciona.

Isabela sintió cómo sus uñas se clavaban en la tela del vestido.

—No soy una estrategia.

—No —respondió él—. Eres parte de una.
El silencio se volvió insoportable.

Las modistas comenzaron a moverse con discreción, recogiendo telas, evitando la tensión que se había instalado en la habitación.

—Déjennos —ordenó Alessandro.

No fue necesario repetirlo.
En segundos, la sala quedó vacía.
Solo ellos dos.
Y el reflejo.
Isabela se giró completamente hacia él.

—¿Siempre va a ser así?

Su voz era baja.
Pero cargada.

—¿Así cómo?

—Frío —respondió—. Calculador. Como si yo no importara en lo más mínimo.

Alessandro la observó.
Y por un instante…
Algo cambió.
Apenas.




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