La noche cayó con un silencio engañoso.
La casa Bianchi dormía bajo una calma artificial, custodiada por hombres armados que vigilaban cada entrada, cada ventana, cada posible grieta por donde el peligro pudiera filtrarse. Todo estaba en orden.
Todo estaba… bajo control.
Excepto él.
Alessio Russo no pensaba.
No esa noche.
Porque si lo hacía… se detendría.
Y detenerse significaba perderla.
Sus manos se aferraron al borde del balcón con fuerza, los músculos tensándose mientras impulsaba su cuerpo hacia arriba. El golpe en sus costillas protestó de inmediato, un recordatorio brutal de la tarde anterior.
De Alessandro.
De cada golpe.
De cada advertencia.
De cada palabra que le había dejado claro que no había salida.
Pero Alessio nunca había sido bueno aceptando jaulas.
Ni siquiera cuando estaban hechas de sangre.
Se dejó caer dentro de la habitación con un movimiento controlado, aterrizando con más silencio del que su cuerpo herido debería haberle permitido.
Aun así…
Dolía.
Todo dolía.
Su mandíbula estaba rígida, la piel marcada por moretones recientes, el labio ligeramente abierto aún por el impacto. Sus nudillos seguían inflamados, la piel rota en algunos puntos.
Pero nada de eso importaba.
Porque ella estaba ahí.
Isabela.
De pie junto a la ventana, vestida con una bata ligera color crema, el cabello suelto cayendo sobre sus hombros. La luz tenue de la luna delineaba su silueta, dándole una apariencia casi irreal.
Frágil.
Hermosa.
Intocable.
Hasta que lo vio.
El aire abandonó sus pulmones.
—¿Alessio…?
Su voz fue apenas un susurro.
Y luego…
El pánico.
—Dios mío—
Se acercó a él de inmediato, sus manos temblorosas buscando su rostro, recorriendo cada marca, cada golpe, cada señal de lo que había pasado.
—¿Qué te hicieron? —susurró, con la voz quebrándose—. ¿Quién—?
Pero se detuvo.
Porque lo sabía.
Sus dedos se detuvieron sobre su mejilla, con una suavidad que contrastaba con la violencia de sus heridas.
—Fue él… —murmuró.
No era una pregunta.
Alessio no respondió.
No hacía falta.
Isabela sintió cómo el pecho se le apretaba.
—Esto es mi culpa.
—No —la interrumpió él de inmediato, tomando sus muñecas con cuidado, pero con firmeza—. No digas eso.
Sus ojos se encontraron.
Cerca.
Demasiado cerca.
—Nunca va a ser tu culpa.
El silencio que siguió fue íntimo.
Doloroso.
Real.
Isabela negó, pero sus manos volvieron a su rostro, como si no pudiera evitarlo.
—Te hizo esto por mí.
—Me lo hizo porque puede —respondió él.
Su voz era baja.
Tensa.
Pero no había miedo en ella.
Solo… determinación.
Isabela lo observó.
Y entonces lo vio.
No solo el dolor.
No solo la rabia.
Sino algo más.
Algo que la hizo contener la respiración.
—¿Qué estás pensando?
Alessio soltó el aire lentamente.
—Que no puedo dejar que esto pase.
Las palabras quedaron suspendidas.
Pesadas.
Irreversibles.
—Alessio…
—No voy a verte caminar hacia él —continuó—. No voy a quedarme quieto mientras te convierte en algo que no eres.
Su mirada se endureció.
—No puedo.
Isabela sintió cómo el corazón comenzaba a latirle más rápido.
—¿Y qué vas a hacer?
Un segundo de silencio.
Y entonces…
—Nos vamos.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué?
—Nos vamos —repitió, con más firmeza—. Juntos.
Dio un paso más cerca.
Sus manos encontraron las suyas.
—La boda es en una semana.
Sus dedos se entrelazaron.
Como si siempre hubieran pertenecido ahí.
—Ese día… todos van a estar distraídos. Preparativos, invitados, seguridad dividida.
Su voz bajó.
Más íntima.
—Tendremos una ventana.
Isabela lo miró.
Sin parpadear.
—Antes de que la escolta de Alessandro llegue por ti… yo estaré aquí.
El aire se volvió más denso.
Más cargado.
—Nos iremos —continuó—. Lejos.
Sus ojos brillaban ahora.
Con algo que Isabela no había visto en días.
Esperanza.
—Podemos empezar de nuevo.
Un segundo.
—Casarnos.
Otro.
—Tener una vida.
Su voz se suavizó.
—Hijos.
La palabra quedó flotando entre ellos.
Irreal.
Hermosa.
Dolorosa.
—Ser felices.
El silencio se expandió.
Y por un momento…
Isabela no dijo nada.
Porque su mente le gritaba todo lo que podía salir mal.
Todo lo que Alessandro haría.
Todo lo que perderían.
Pero su corazón…
Su corazón solo latía por él.
—¿Y si nos encuentran? —susurró.
Alessio no dudó.
—Entonces luchamos.
La respuesta fue simple.
Directa.
Verdadera.
Isabela cerró los ojos un segundo.
Y cuando los abrió…
Ya no había duda.
—Lo haría —murmuró.
Alessio la miró.
—¿Qué?
—Todo eso.
Su voz fue más firme.
Más segura.
—Me iría contigo. Lo dejaría todo.
Sus dedos apretaron los de él.
—No necesito nada más.
Un segundo.
—Solo a ti.
El aire entre ellos se volvió insoportable.
Cargado.
Vivo.
Alessio llevó su mano al rostro de Isabela.
Con una suavidad que contrastaba con todo lo demás.
—Esto es una locura —susurró.
—Lo sé.
—Podría salir mal.
—Lo sé.
—Podríamos perderlo todo.
Isabela no dudó.
—Ya lo estoy perdiendo.
El silencio que siguió fue definitivo.
Porque no había más argumentos.
No había más razones.
Solo ellos.
Solo lo que sentían.
Y eso…
Era suficiente.
Alessio inclinó el rostro.
Despacio.
Sin prisa.
Como si quisiera memorizar cada segundo.
Isabela no retrocedió.
No esta vez.
Sus respiraciones se mezclaron.
Sus miradas se buscaron por última vez.
Y entonces…
Se besaron.
No fue un beso suave.
No fue contenido.
Fue desesperado.
Intenso.
Como si en ese contacto estuvieran intentando recuperar todo lo que les estaban arrebatando.
Las manos de Alessio se deslizaron por su espalda, acercándola más, como si temiera que pudiera desaparecer.
Isabela se aferró a él, sus dedos hundiéndose en su camisa, como si fuera lo único real en ese mundo que se desmoronaba.
El beso sabía a todo.
A dolor.
A amor.
A despedida.
A promesa.
A guerra.
Se separaron apenas, sus frentes apoyadas, respirando el mismo aire.