Herederos: El PrÍncipe De Hielo

XI

Josabet

Caminamos hacia el estacionamiento donde descansa mi bebé, un Audi Q3 que originalmente fue del abuelo Lex, pero me lo dió a mi cuando comencé a movilizarme sola por la ciudad.

Voy directamente al lado del piloto.

― ¿Tú conducirás? ― pregunta.

Veo el cielo que amenaza con lluvia en cualquier momento, asiento. Debemos estar a un par de grados bajo cero.

―No tendría problema en que lo hicieras si no fuera por esas nubes ― digo señalando el cielo ― la carretera se volverá resbaladiza, sé que en Lizar están acostumbrados a la nieve, pero el hielo es algo completamente distinto.

Asiente pensativo, pensé que sería más complicado, sube en el lado del copiloto.

― ¿Saldremos así sin más?

―A que te refieres, necesitas algo.

―No, solo me sorprende que no llevemos guardaespaldas.

No puedo evitar reír, mientras pongo en marcha el auto.

―Te he salvado el trasero en dos ocasiones, no podrías estar más seguro en este momento.

Entrecierra sus ojos y me mira frunciendo el ceño.

―Veo que no has comentado nada de eso frente a mis padres.

Niego con la cabeza.

―No lo hice por reconocimiento, si es lo que piensas, aun quiero que seas un gran rey, y si para eso debo salvar tu trasero en cada ocasión, supongo que nací para eso.

Alza una de sus cejas, y la lluvia comienza a caer sin piedad.

― ¿Cuál es la segunda vez?, parece que esa me la perdí.

―Te salvaste de milagro, cuando estuviste aquí para tu compromiso, había una emboscada preparada para ti, afortunadamente tú decidiste irte antes, y me diste la oportunidad para encargarme de ellos.

Mira a través de la ventana, esperaba algún tipo de comentario mordaz, pero parece que detrás de esa fachada narcisista, está el chico que conocí hace tanto tiempo.

― ¿Fueron ellos?

― ¿Quienes?

―De quienes me salvaste la primera vez.

Asiento en respuesta, a lo lejos veo gente acumulada en medio de la calzada, algo no está bien. La lluvia no me permite ver con facilidad.

Estaciono el auto de golpe al llegar al grupo de personas

―Pero que te pasa ― escucho exclamar, mientras me desabrocho el cinturón y salgo del auto, de inmediato el agua me empapa y siento el cuerpo pesado.

―Háganse a un lado ― ordeno, necesito saber qué es lo que sucede.

La gente me abre paso, y lo veo, hay un auto abandonado y un pequeño cuerpito en la calzada, dejo de escuchar todo a mi alrededor y corro hasta el pequeño, su cara esta ensangrentada, y esta helado, temo lo peor mientras intento encontrarle el pulso, es débil pero está ahí, me saco mi abrigo y lo cubro con el, será mejor que lo que lleva.

― ¡Alguien llame a una ambulancia!

Mantengo mi nano en su frágil cuello, comprobando permanentemente que su pulso se mantiene ahí.

Me vuelvo al pequeño, y toco su rostro. Tengo un nudo en el pecho.

―Quédate conmigo cariño.

La lluvia se vuele cada vez más intensa.

―Oh por Dios ― escucho una voz masculina cerca de mí. Me volteo y veo el rostro horrorizado de Hale. Trae consigo un paraguas, viene hasta nosotros y nos cubre con él.

El pulso del niño comienza a desaparecer y el pánico me invade.

―No, no ― me niego a dejarlo ir así― quédate con la tía Bet, cariño.

Pongo mis menos entrelazadas sobre su delicado pecho, comienzo a presionar y revisar su respiración, lo vuelvo a intentar, y en esta ocasión le doy respiración de boca a boca.

Regresa conmigo, vive por favor, tienes mucho por que vivir.

―Para, ya no tiene pulso ― la mano de Hale agarra mi muñeca.

― ¡No me digas que hacer! ¡Aún puede vivir! ― sé que estoy siendo irracional, escucho la sirena de la ambulancia a lo lejos, mientras sigo con la reanimación ― Ves cariño, la ayuda ya está aquí, pronto estarás mejor.

Tomo su pulso por última vez, mientras la ambulancia se estaciona, mi pecho está a punto de estallar, cuando se siente una ligera presión bajo mi dedo. Levanto la vista a un asustado Hale.

―Su pulso ha vuelto, ha vuelto ― me mira incrédulo y vuelve la vista hasta el niño, con una mano temblorosa hace presión sobre su cuello, como si una descarga eléctrica se diera retira la mano bruscamente.

―Por el amor de Dios, es verdad.

―Señorita Josabet, nos encargaremos a partir de ahora ― Me dice un paramédico, yo asiento como puedo sin salir del shock.

―Me hare cargo del niño, los seguiré en el auto.

―Como usted diga.

Me hago a un lado mientras los paramédicos comienzan a examinarlo, no debe tener más de seis años. Verlo así me rompe el corazón, Hale viene hasta mi lado con el paraguas.

―Volvamos al auto.

―Tengo que saber que estará bien.

―Le acabas de devolver la vida, por supuesto que iremos, solo que yo conduciré.

Estoy a punto de protestar cuando me envuelve entre sus brazos, siento como mis mejillas están mojadas, y no tiene nada que ver con la lluvia, las lágrimas salen incontrolables mientras escondo mi rostro en el hueco de su cuello.

Nos separa por un momento y seca mis lágrimas con sus manos.




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