Agosto de 1997.
Los padres despertaron a la somnolienta Ksenia a sacudidas cuando su Lanos se detuvo en la colina, frente a la puerta azul. La madre apresuraba a su hija, zamarreándola tanto que la cabeza de la niña bailaba de un lado a otro y los ojos no lograban enfocar. Sosteniendo a Ksenia con una mano y sacando con la otra un pesado bolso a cuadros, la mujer jadeaba; en el ajetreo, despertó a su otra hija. El llanto desconsolado de la pequeña de dos años resonó por toda la calle. Ada soltó el bolso de golpe y corrió a calmarla, pero ya era tarde. Un perro empezó a ladrar desde el patio, seguido de unos pasos y un seco: «¡Cállate!».
El portón rechinó y apareció una mujer alta, delgada y escurridiza como una anguila. Tenía los labios apretados hacia abajo y unos ojos grandes y grises que miraban con frialdad y enojo desde debajo de unas cejas oscuras y tupidas. Un pañuelo blanco con estampados cubría su cabello castaño canoso.
Ksenia observó a su abuela fijamente todo el tiempo que su madre tardó en calmar a su hermana, sin tener la menor idea de lo que le esperaba.
—¡Vaya alboroto que han armado! —fue lo primero que dijo la mujer. Luego miró los dos bolsos y a su hijo—. ¿Y qué? ¿Te parece que yo debo cargarlos?
El hombre, de bigote espeso y barriga cervecera, refunfuñó algo y se llevó el equipaje hacia adentro, dejando a las mujeres a solas. La anciana no dio ni un solo paso hacia su nuera; se limitó a mirar con desprecio a su otra nieta, que se había calmado hacía unos minutos y ya jugaba con un conejo de peluche.
—Lo pactado es pactado —escupió Ada, empujando a su hija mayor hacia adelante—. Ve con la abuela, Ksenia.
Y Ksenia caminó, se paró a su lado, pero no se atrevió a tomarla de la mano. Ahora miraba a su madre, que lucía un vestido llamativo, llevaba los labios pintados y acunaba a su hermana. Al mirar primero a Ksenia y luego a Paraska, Ada se estremeció. Sus miradas y sus narices, rectas y poco agraciadas, eran idénticas.
Regresó el padre. Jadeando, se detuvo un instante junto a Ksenia, le acarició el cabello con culpa, le dio un beso en la nuca y se sentó al volante.
—¡Vendremos a visitarte! —prometió Ada antes de cerrar la puerta de un golpe.
El coche arrancó a toda prisa. Se levantó una nube de polvo, el perro volvió a ladrar, seguido por el coro de los demás perros del vecindario, y bajo ese estruendo el auto desapareció.
—No van a volver —dijo la abuela Paraska con total indiferencia.
Y así fue. Ksenia nunca más volvió a ver a sus padres.
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Editado: 26.07.2026