17 de septiembre de 2012
Mientras Robert iba por unos minutos a su despacho, Sasha —repleta de joyas, con un largo vestido de color coral y tacones altos— se encaramó de tripa sobre la barra de la taberna. Tendida cuán larga era, sacudía su melena sobre la superficie de trabajo mientras buscaba a Ksenya con la mirada. Esta última estaba clasificando naranjas y, al divisar a la familia Jytryj, se dio un golpe con la cabeza contra la mesa. Los vasos que estaban en el fregadero temblaron, la batidora se encendió sola y, justo después, un cuchillo cayó al lado de Kovtun.
—¡Hola!
Sasha se tragó cualquier muestra de alegría para aparentar arrepentimiento, dejó de patalear y se deslizó fuera de la barra. Pero Ksenya, aun así, se quedó de mal humor.
Lo primero que hizo la tabernera al salir de debajo de la mesa fue apagar la batidora de un clic y luego, apretando el cuchillo entre los dedos, sonrió:
—¿A qué debo este susto?
—Qué antipática estás hoy… —Sasha puso morros, pero un segundo después todo se le borró de la cabeza porque Olehik bajó del segundo piso. Se puso a tirar cubiertos, servilletas y salseras sobre una bandeja como si estos le hubieran hecho un agravio personal, y luego sacudió la cabeza y abrió los brazos para darle más drama al asunto:
—«¡Se olvidaron de ponerle huevo a mi ensalada!», menuda estupidez… ¿Qué demonios pinta un huevo en una ensalada César? ¿Dónde está Maryna? ¡Tiene que escuchar lo del huevo en persona!
Sin dar más explicaciones, el chico desapareció en la cocina y, pocos segundos después, salió disparado tras Maryna, quien engullía macarrones al vuelo.
Sasha los siguió con la mirada y luego, radiante de pura felicidad, le echó una ojeada cómplice a Ksenya, lo cual empezó a irritarla bastante. En Oksamyt no se podía ser feliz.
—¿Me haces ese té de grosella negra y albahaca?
Al recibir un escueto asentimiento, Jytryj tiró un beso al aire y finalmente se marchó.
Ksenya no se atrevió a preguntar por asuntos personales —sobre si se había reconciliado con Robert—, aunque viendo la cara resplandeciente de Sasha, la respuesta era evidente. Otra historia era Robert. Cuando volvió a la sala y se sentó frente a su prometida, tenía peor aspecto que nunca. La piel se le había vuelto grisácea y tenía ojeras negras y profundas. Ahora ni siquiera intentaba sonreír; escuchaba más de lo que hablaba. Eso sí, no se olvidaba de acariciar la mano de Sasha ni de mostrar cierta ternura de vez en cuando, pero en sus ojos solo había indiferencia. ¿Acaso nadie más se daba cuenta de esto aparte de Ksenya? ¿Acaso a Sasha le parecía todo normal?
A pesar de todo, Kovtun no se preocupaba como antes, no ponía ojos de plato ni dejaba que el pánico apoderara sus pensamientos. Durante sus días libres había conseguido un iPhone nuevo a plazos, una pala de camping, tres paquetes de velas, sal, semillas de amapola... e incluso le había comprado ajenjo a una anciana cerca de su casa. Ahora le quedaba muy poco: lo más difícil sería lo del gato…
Sin consultarlo con nadie, Karina cruzó la sala en silencio y colocó carteles de «Reservado» alrededor de Kovalchuk y Jytryj. Ningún camarero montó un escándalo. Todos lo entendían. Aunque esa intervención tuviera un impacto mínimo, sus esperanzas de que nadie arruinara esa idílica escena resultaron ser en vano.
Una hora más tarde, una sonriente Violeta entró en la sala —lo cual era peor que si estuviera de mal humor—. Bajo las miradas atónitas de todos, la mujer se acercó a su hermano y se apoltronó entre los prometidos sin pedir permiso. Sasha se quedó con la boca abierta pero no dijo nada: tal fue el descaro que la dejó helada. Violeta no paraba de hablar; charlaba sin parar sobre la boda de la semana siguiente, que si todo estaba listo, que si qué bien que se habían reconciliado, y cosas por el estilo. Robert la escuchaba con la misma falta de atención con la que había escuchado a Sasha. Probablemente ni se enteraba de lo que le decía, así que simplemente asentía de forma automática cuando correspondía.
La primera en reaccionar ante semejante desfachatez fue Dzyga. Antes de que Yura pudiera acercarse, dio un fuerte trapazo sobre la mesa con su paño, bajó corriendo del segundo piso sin detenerse (a pesar de que los clientes esperaban pedirle la cuenta) y se dirigió a Violeta:
—¡Violeta, le hemos preparado la mesa en la segunda planta!
Sin esperar respuesta, Maryna agarró el bolso y el teléfono de Kovalchuk y se alejó sin darse la vuelta ante los indignados gritos de la mujer.
Por primera vez en toda la noche, Robert pareció espabilarse un poco. Aunque observó en silencio las maniobras de su camarera y se le quedó mirando durante unos minutos mientras se alejaba, luego le pidió con firmeza a su hermana que los dejara a Sasha y a él a solas.
Violeta se puso roja de vergüenza y sorpresa, pero obedeció. Subió primero a la segunda planta, estuvo sentada menos de un minuto y estalló…
Ahora todo le parecía mal. El peinado de Karina era un desastre, sus zapatos eran mugrientos. Yura le había servido la cerveza al cliente por el lado equivocado y su camisa no estaba limpia. Olehik era un maleducado al que ya tocaba despedir. ¡Y Vita! ¡Vita se había abandonado por completo! ¡Ese pecho de talla tres que había amamantado a dos hijos y que llamaba la atención de los pobres hombres distinguidos cada vez que se sentaban a su mesa adrede! ¡Uf, qué vulgaridad!
Pronto le llegó el turno a Ksenya. Se esperaba el habitual comentario sobre su delgadez o su postura encorvada, pero Violeta arremetió contra su pelo; más concretamente, contra sus canas.
—¿Piensas hacer algo con eso? —Kovalchuk le agitaba la mano en la cara a Kovtun con los ojos desorbitados, haciendo evidente lo a punto de explotar que estaba.
—No.
Una respuesta rápida, pero por supuesto la conversación no terminó ahí. Luego vino que si la complexión de Ksenya no era la adecuada, que si su postura… Por suerte, Maryna se acercó a recoger un pedido. Era a ella a quien Kovalchuk más odiaba.
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Editado: 26.07.2026