Herencia

Lesik Havryk

18 de septiembre de 2012

Al dar un paso atrás, Ksenia se sentó por accidente en el coche y se quedó allí inmóvil, mirando fijamente el cuerpo a sus pies. Le punzaba el dolor en la sien, tenía la garganta seca y todo a su alrededor parecía irreal, espectral. Reconoció a Havryk por su mandíbula ancha y tosca, sus ojos undidos, sus orejas gachas y su cabeza rapada al cero. Pocos representantes de la ley se parecían más a un bandido que Lesik, a pesar de su pulcra camisa blanca y sus pantalones con raya.

Así, indefenso como ahora, asustaba no menos que cuando irrumpía en «Oksamyt» con su paso firme y apresurado, sin prestar la menor atención al personal. En esos momentos, todos dejaban de respirar y seguían con la mirada cada uno de sus movimientos para tener, al menos, una remota idea de qué esperar: si el investigador solo había entrado a comer o si se avecinaba un espectáculo con efectos especiales.

Havryk, siendo hijo del dueño de varios hoteles, había estudiado junto a los hijos mimados, inútiles y codiciosos de los ricos. Era malcriado, arrogante, engreído. Sin embargo, para el público, una década después, se hizo conocido por otras razones: en su primera semana como investigador, y sin remordimiento alguno, encarceló a su excompañera de clase Olena Lebid, quien había atropellado con su coche a varias personas en un paso subterráneo. Meses más tarde, su propio tío se convirtió en el alcalde de la ciudad, lo que le otorgó mucha más libertad en su cargo de la que jamás había tenido. Con el tiempo, su soberbia alimentada por la admiración general tocó el cielo, y esa combinación hizo de Havryk alguien insoportable. Para todos.

Jamás saludaba ni a las hostess ni a los camareros, e incluso cuando se acercaba a pedir una bebida a la barra, solo daba golpecitos impacientes con la tarjeta de crédito sobre el mostrador, decía algo, se daba la vuelta y se iba. Así que nadie tenía prisa por atender su mesa, ni corría tras él con el menú, ni memorizaba sus platos o bebidas favoritas, y mucho menos se molestaba en ser educado. Le habrían podido perdonar aquel incidente en el que, al arrestar a un camello famoso, provocó una pelea en medio del restaurante y aterrorizó a los clientes; pero el hecho de que de él nunca se pudiera esperar una propina lo convertía, a ojos de los camareros, en el peor de los criminales.

Nada de eso importaba ahora; Ksenia se devanaba los sesos con otra cosa: ¿qué había llevado a Havryk a estrellarse a toda velocidad contra el restaurante? Hasta donde Kovtun recordaba, él no consumía alcohol, y mucho menos era posible imaginárselo bajo los efectos de las drogas. ¡Si era tan virtuoso! ¿Tal vez el cansancio acumulado? ¿Alguna falla en el coche? Kovtun sabía la respuesta, aunque intentaba desesperadamente ignorar su propio presagio. La corazonada de que la fuerza que había provocado aquel accidente todavía estaba allí.

Ni siquiera se dio cuenta de cuándo empezó a temblar y se le puso la piel de gallina. Limpiándose la sangre de la cara con la manga, Ksenia escuchó con atención cómo, a sus espaldas, alguien aspiraba hondo el aire y se arrastraba por el asiento de cuero, acercándose cada vez más. La tenue luz apenas lograba atravesar la penumbra, que parecía haber absorbido todo a su alrededor. Kovtun se quedó paralizada, con la tonta esperanza de que no la notaran, de que no la tocaran. Echó una última mirada a Havryk y, de pronto, hubo un tirón seco que le sacó el aire de los pulmones. La arrastraron hacia el interior del coche y la puerta se cerró de golpe. Del impacto de su cabeza, el cristal del parabrisas se agrietó, y luego volvió a salir despedida, solo que esta vez hacia arriba, donde quedó una marca sanguinolenta de su rostro. Un crujido seco: se le rompió la nariz y volvió a fracturarse las costillas y varios dedos. Luego pareció dar un respiro; Kovtun convalecía entre el asiento del conductor y el del copiloto cuando, de repente, algo se le sentó en el pecho y empezó a estrangularla. No era más grande que un niño de cuatro años, con melenas negras y largas embadurnadas de barro; sus manitas, aunque delgadas, eran tan fuertes que Ksenia aún no podía quitárselo de encima y solo intentaba en vano abrirle los dedos. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? El Blud tenía un olor dulzón y terroso muy característico, del que estaban impregnados los asientos de cuero y el propio Havryk. Kovtun solo cayó en la cuenta en ese momento, cuando la vista se le nublaba y la consciencia estaba a punto de abandonarla.

La criatura le enseñaba sus dientes desparejos a Ksenia, daba brincos sobre su pecho y emitía estertores. Ksenia no podía apartar la mirada del único ojo enorme en la cara del Blud; no tenía párpado, estaba cubierto por una capa amarillenta y tenía la pupila negra. La viscosidad se acumulaba en la parte inferior y luego caía en un hilo continuo por las aletas de la nariz. A pesar del asco, Kovtun alzó las manos y, sujetando la sien de la criatura, presionó con todas sus fuerzas su único punto débil. El ojo reventó, un líquido blanco lo salpicó todo y el Blud gimió de dolor. Sus espasmos de triunfo se detuvieron y, en menos de un segundo, enloqueció por completo. Ciego, empezó a desgarrar con sus garras el cuello y el rostro de Ksenia. Daba golpes a ciegas, pero aun así acertaba donde quería. Ahora era Kovtun la que gritaba. Levanto los brazos para protegerse, se sacudió a la bestia de encima y luego ella misma salió despedida hacia adelante, rompiendo por completo el cristal de la ventanilla. Con otro empujón similar, Ksenia salió volando del coche y cayó sobre el asfalto. Así se salvó de la criatura.

Ahora, tendida junto a Havryk y escupiendo cristales, Ksenia se encogió de dolor mientras, a unas cuantas manzanas de allí, se oía el aullido de una sirena: la seguridad privada. Sin entender muy bien qué pasaría después, Kovtun se giró sobre el vientre, se puso de rodillas como pudo, se colgó el bolso al hombro y le dio un tirón a Lesik de la ceja. Él gimió, abrió los ojos, pero Ksenia ya no estaba.



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En el texto hay: detective, misticismo, horrores

Editado: 08.08.2026

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