Herencia de Sangre y Lucha

1

Esa mañana, la clínica estaba casi vacía. Alicia caminaba por los pasillos apenas iluminados por luces parpadeantes que terminaban por irritarla. A pesar de los años en ese lugar, nunca se acostumbró al olor del desinfectante; le provocaba alergia y una ligera opresión en el pecho.

La jornada prometía ser tranquila: algunos pacientes, responder dudas de padres ansiosos, lo de siempre. Tenía tres años como residente de pediatría y la fascinación por su profesión no se había apagado. Era uno de esos amores que llegaban sin avisar y se quedaban para siempre.

Llegó a la habitación compartida. Una simple cama de dos niveles, closets desgastados y una ventana estrecha. Mientras se sujetaba el cabello rubio y rizado con una media cola descuidada, empezó a estornudar.

—Odio el día de limpieza —murmuró, limpiándose la nariz—. Van a pensar que estoy más enferma que los niños.

Salió de allí tras ponerse su uniforme negro y colgarse el estetoscopio rosa al cuello.

—Hola, Ali —saludó una de las enfermeras—. Hoy llegaste temprano.

—Hoy decidí esforzarme —respondió mientras revisaba las historias clínicas—. Ya no seré la Ali que llega tarde ni la que se queda dormida en todas partes.

—Genial, empezarás a trabajar —dijo una voz a su espalda.

No necesitó girarse; sabía perfectamente quién era.

—Tampoco seré la Ali que responde las provocaciones de la jefa.

Escuchó una risa suave y unos pasos alejándose. La enfermera y Alicia se regalaron una sonrisa cómplice.

—Por cierto —susurró—, hoy tienes un paciente. Y es guapísimo.

Alicia frunció el ceño.

—Solo veo niños.

—No seas tonta. El padre. Está guapísimo.

Ella rió.

—Vamos a conocerlo.

Entró a su consultorio, pequeño pero ordenado. Un escritorio, la camilla de examen y una gran ventana por la que entraba una luz amable. No necesitaba nada más.

La puerta se abrió.

Entró un hombre llamativo. Clavó en ella una mirada cálida, de un tono avellana que parecía observarlo todo con curiosidad tranquila, casi reflexiva. De la mano llevaba a un niño que jugaba con un peluche de conejito, mucho más interesado en los stickers de safari sobre la pared blanca y amarilla que en la doctora.

Alicia permaneció sentada, observándolos.

El hombre tomó asiento con el niño en su regazo.

—Hola, doctora —saludó con una sonrisa relajada, casi amigable, casi ensayada.

Ella alzó la mirada hacia ese cabello plateado, denso y rebelde, que caía en mechones desordenados sobre su frente. No era nada común.

—Hola, ¿señor…?

—Por favor, no me diga señor. Me hace sentir de cien años —rió mientras se tocaba la nuca—. Soy Seiran, es un placer.

—Bien, Seiran. ¿Cómo se llama el pequeño?

Señaló al niño, que seguía absorto en su peluche.

—Joy. Tiene tres años. Está resfriado. Sus padres me pidieron que lo trajera a consulta.

Ella escribía en la historia clínica cuando alzó la vista, extrañada.

—¿No eres el padre?

—No. Soy algo así como su niñero.

—Entiendo, pero es importante que uno de los padres esté presente. Es un tema legal.

—Tengo una carta de autorización y su número de seguro.

Sacó los documentos de una mochila color olivo que descansaba en el suelo. Alicia los revisó con detenimiento y corroboró los datos en el ordenador.

—Bien, todo está en orden.

Seiran no parecía mayor; las personas relajadas solían aparentar menos edad.

—Entonces, ¿puedo quedarme en la consulta?

—Sí. Además, si llega la policía, ya tengo tu descripción.

Él soltó una risa divertida.

—La policía y yo nos llevamos bien. No tengo miedo.

—Bien. Coloque al niño en la camilla, vamos a examinarlo.

Obedeció. Alicia comenzó a examinar al pequeño.

—¿Desde hace cuánto es doctora? —preguntó él—. Parece joven.

—Soy residente. Estoy haciendo mi posgrado en pediatría. Y sí… supongo que para esto aún soy joven.

—¿Para esto?

—Bueno, a los veintiocho ya no eres joven para todo.

—¿Para qué no lo sería?

Ella se enderezó, pensativa.

—Para trasnochar, para comer lo que quieras… tuve que dejar la gaseosa, empezar a hacer ejercicio y, sin querer, el cigarrillo.

—La salud no tiene edad, doctora. No estaba dando buen ejemplo.

Ella rió.

—Los doctores solemos ser los peores pacientes.

Se colgó nuevamente el estetoscopio.

—Los pulmones están bien. Es solo un resfriado común. ¿En qué clínica se atendía antes?

—En la clínica de Luneth, al norte.

Alicia se tensó al oír ese nombre. Movió el cuello, buscando relajarse.

—¿Son de allá?

—Así es. Nacidos y criados.

—Es curioso que estén aquí. La gente de Luneth casi nunca se va.

—No hay mejor lugar para vivir —dijo con orgullo—, pero hay trabajo que hacer.

—¿Trabajo? ¿De niñero?

—Así pago mis estudios de Lunari.

Alicia no levantó la cabeza; la incomodidad le recorrió la espalda. Terminó de escribir la receta y la selló.

—Esto ayudará a Joy. Cuide su alimentación.

Él leyó el papel.

—Gracias.

Le dedicó una sonrisa amable y salió del consultorio. Entonces lo entendió: la chaqueta de lona verde oliva, las vendas en el antebrazo, el cinturón negro con la hebilla de la bandera de Luneth. Todo era parte de ese uniforme odiado.

—¿Quién pagaría por estudiar para ser Lunari? —murmuró—. Deberían llamarse lunáticos.

Decidió continuar su mañana como si nada. Se había ido de esa ciudad a los catorce años y era la primera vez que se topaba con alguien de allí. Respiró hondo. La nueva Alicia necesitaba café.

En la cafetería se encontró con los de siempre: residentes agotados, médicos con casos complejos, enfermeras quejándose de los turnos. Compró su café y lo bebió con cuidado.

Desde el cristal, vio a Seiran con el niño. Joy hacía un berrinche, y él intentaba calmarlo con paciencia. La escena le despertó una ternura inesperada.




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