Recorría el supermercado disfrutando de su día libre. Ya tenía todo lo básico, pero necesitaba hacer tiempo antes de volver a casa. Siempre llegaba demasiado temprano y terminaba pasando horas encerrada en su departamento. Los vecinos la miraban raro. Podía decir que no le importaba, aunque en el fondo sabía que un poco de vida social no la mataría. El problema era que no era buena haciendo amigos. Su mundo giraba alrededor del trabajo y de una familia con la que ya no tenía contacto.
Mientras comparaba marcas de mantequilla de maní, pensó en llamarlos.
¿Dónde estarían ahora sus padres?
Nos los veía desde los catorce años, cuando se fue a la ciudad, salvó unas llamadas espontaneas. No ha sabido nada de ellos en años. Demasiadas despedidas. Demasiadas palabras que nunca se dijeron.
Romperle el corazón a las personas que amas es difícil. Pero vivir siendo algo que no eres lo es todavía más. La libertad siempre tenía un precio.
—Esa marca no es buena.
La voz la obligó a levantar la cabeza. Frente a ella estaba el hombre del consultorio. Habían pasado casi dos semanas desde la última vez que lo había visto.
—¿Has probado la otra? —añadió, señalando una opción distinta.
El revisó entre los productos y tomó un frasco.
—Esta es mejor. Está en el mismo rango de precio, incluso un poco más económica… y sabe bien. Perfecta para alguien que busca el camino saludable.
Alicia soltó una carcajada.
—Bueno, busco el camino, pero todavía no lo encuentro.
—Debes dar el ejemplo, doctora.
Antes de que pudiera responder, una tercera voz se entrometió.
—No me vas a dejar solo con todas las compras.
Un hombre se acercó a Seiran con evidente molestia. Alicia lo notó antes de entender por qué. Había algo en su presencia que obligaba a mirarlo dos veces.
Él giró y la encontró observándolo. Alicia sintió cómo se le calentaban las mejillas.
—No te conviene comer esas cosas, señorita —comentó con tono seco—. No son saludables.
Ella miró las mantequillas de maní en su carrito. ¿Desde cuándo todos se habían vuelto tan juzgones con la comida?
—Gracias por la información.
—¡Tú! —el hombre señaló a Seiran—. ¿Qué haces en este pasillo? Nada de lo que hay aquí está en la lista.
—Vine a ayudar a la doctora —respondió él con naturalidad—. Alicia, la pediatra de Joy, a escoger mantequilla de maní.
El cambio fue inmediato.
La expresión del hombre se suavizó al girarse hacia ella. Sus ojos, de un café cálido, la observaron con atención. Demasiada atención. Como si viera más de lo que ella estaba dispuesta a mostrar, y aun así no hubiera juicio, solo una calma inquietante, peligrosa.
—¿Usted vio a Joy por el resfriado?
—Sí —respondió Alicia, un poco intimidada por su actitud inicial.
Su rostro se relajó por completo.
—Gracias —dijo, ahora con una alegría sincera—. Soy su padre. Mi nombre es Mael.
—Me alegra conocerlo. Espero que el pequeño este bien, y usted y su esposa estén…
—No tiene esposa —interrumpió Seiran—. Nadie lo soporta. Está mal de la cabeza.
Colocó con descaro la mantequilla elegida en el carrito de Alicia.
—Tienen una relación interesante para ser niñero y jefe —comentó ella.
—Somos hermanos —respondió Mael.
Le extendió la mano.
—Doctora, ¿le molestaría si la invitamos a comer? —intervino Seiran—. Con ese carrito, le espera un almuerzo deprimente.
Alicia sintió una mezcla de vergüenza y desconcierto. La crítica a su comida, la cercanía inesperada, y ese detalle que no podía sacar de su cabeza: Seiran estudiaba para ser Lunari.
—No lo pienses tanto —dijo Mael, ahora con un tono sorprendentemente amable—. Es un agradecimiento. Mi hermano me contó que insististe en que siguiera en la consulta.
—Bueno… tengo cosas que hacer. No quiero ser una carga.
—¡No eres una carga! —Seiran tomó su carrito—. Vamos a pagar juntos.
Ella se dejó llevar. Y se sorprendió aún más cuando los vio pagando su compra.
—Eso era innecesario.
—Dije que íbamos a pagar juntos. Esto es pagar juntos.
Afuera, el calor era sofocante. El verano se acercaba. Su blusa color vino y la falda celeste plisada no ayudaban mucho. Ellos, en cambio, vestían igual: polos blancos y pantalones color vino. No eran gemelos. ¿Por qué iban vestidos igual?
—Si aquí está el niñero y el padre… ¿quién cuida a Joy? —preguntó mientras caminaban hacia un café cercano.
—Está en la guardería—respondió Mael.
El café era pequeño, de mesas claras y ventanales abiertos. Apenas entraron, Seiran pareció relajarse.
—Aquí hacen un café decente —comentó, dejándola pasar.
Mael pidió y volvió con tres cafés helados y una tarta demasiado grande.
—Para que no sea un almuerzo deprimente.
Alicia sonrió… y luego frunció el ceño. Chocolate con relleno de fresa. Su favorita, ¿coincidencia?
Mael rompió el silencio.
—¿Siempre eres así de responsable o solo cuando hay niños de por medio?
—Siempre. Con los niños y con la vida no se negocia.
—¿Ves? —le dijo a Seiran—. Personas normales existen.
—Responsable no es lo mismo que normal.
Seiran se recostó en la silla.
—Confirmado. Este lugar sube de categoría solo porque tú estás aquí.
—¿Siempre hablas así?
—Solo cuando lo merecen.
Mael carraspeó.
—No molestes a la doctora.
—La estoy poniendo de buen humor.
Alicia reprimió una risa. Seiran era peligroso en su ligereza. Mael, rígido, vigilante.
—¿Siempre eres tan serio? —preguntó ella.
—Cuando es necesario. Y casi siempre lo es.
—Por eso nadie lo soporta —añadió Seiran.
Mael lo ignoró.
—¿Siempre trabajas tanto o te escondes de algo? —preguntó Seiran, acercándose.
—Seiran —advirtió Mael.
—Elegir no es escapar —respondió Alicia.
Seiran sonrió.
—Algunas decisiones te mantienen feliz.