Herencia de Sangre y Lucha

3

La noche había caído sin drama.

Estaba sentada en el sofá, con una pierna doblada bajo el cuerpo y la otra colgando sin ganas, viendo un programa que ni siquiera seguía. En la mesa baja, un frasco de mantequilla de maní abierto y una cuchara hundiéndose con descaro por tercera vez.

—Esto técnicamente es una ensalada si consideras que los maníes crecen en la tierra —murmuró, hundiéndose en la tercera cucharada de "cena".

El departamento estaba en silencio, salvo por el zumbido lejano de la ciudad filtrándose por la ventana entreabierta.

Entonces, el ruido cambió.

No un golpe. No un grito.

Un ritmo distinto. Sutil, insistente.

Alicia dejó la cuchara suspendida en el aire.

No es nada —pensó—. Vecinos.

Aun así, cerró el frasco con cuidado y lo dejó a un lado. Se limpió los dedos en el pantalón, un gesto automático que no supo explicar.

El sonido volvió. Más cerca.

Pasos en el pasillo.

Esta vez, no dudó. Apagó el televisor sin hacer ruido y se levantó despacio. El corazón comenzó a latir con una cadencia incómoda, conocida.

—No exageres —susurró.

Pero sus pies ya estaban firmes. Hombros rectos. Respiración baja.

El picaporte giró apenas.

La puerta no se abrió del todo. Solo lo suficiente para que una sombra se colara, como tinta en agua.

Alicia retrocedió un paso.

Podía correr. Podía gritar. Podía encerrarse en el baño y esperar.

Durante un segundo entero, no hizo nada.

Ese segundo pesó más que cualquier decisión.

Luego, el recuerdo la atravesó como una chispa.

Si dudas, pierdes.

Cuando la puerta se abrió de golpe, Alicia ya estaba en movimiento. No pensó. No calculó. El gesto nació de un lugar que había prometido no volver a visitar.

El intruso apenas alcanzó a reaccionar cuando ella desvió su centro de gravedad, giró la muñeca que intentaba sujetarla y usó su propio impulso en su contra.

El golpe fue seco. Contenido.

El cuerpo cayó contra la pared con un sonido hueco. Ella lo empuja fuera de su departamento.

Inmediato un segundo hombre apareció detrás, sorprendido de encontrar resistencia donde esperaba pánico. Este la sujeta del cuello, pero ella con el codo hace un movimiento hacía atrás que le rompe la nariz, apenas este se separa del dolor, Alicia golpea con furia su estómago sacándole todo el aire, y posteriormente le da un golpe firme en la nuca desplomándolo.

—Aún lo tengo —jadeó, apoyada en el marco de la puerta mientras empujaba al último tipo con el pie.

El silencio regresó, abrupto, casi ofensivo.

Apoyó la espalda contra la pared y se dejó caer hasta quedar sentada en el suelo. —. Pero definitivamente necesito hacer más cardio y comer mejor.

Miró hacia la mesa.

El frasco de mantequilla de maní seguía ahí, cerrado, intacto. Ridículamente fuera de lugar.

Una risa breve, incrédula, se le escapó.

Cuando vio lo que parecía ser un comunicador en el suelo, se arrastra hasta el para recogerlo, un símbolo la lleno de rabia. – “la bandera de Luneth” – dice molesta. Se levantó, furiosa, y salió al pasillo.

No había rastro de los hombres, pero desde el balcón de su edificio dos siluetas molestamente familiares se desplegaron delante de ella. Seiran estaba recostado en un poste, sonrisa casi burlona; Mael, en posición de combate, firme, implacable.

El pasado la había alcanzado… pero ¿por qué?

Se lanzó de nuevo hacia su departamento, impetuosa. Defendería su libertad a toda costa.

Las dos figuras observaban la escena, sombras entre la penumbra.

—Estaba comiendo —murmuró Seiran con una mezcla de asombro y algo peligrosamente parecido a ternura—. Mantequilla de maní.

—Y aun así reaccionó en menos de dos segundos —respondió Mael—. Sin armas. Sin pánico. Haciéndole frente a los dos matones que contratamos.

Seiran exhaló despacio.

—Entonces ya no hay duda.

Mael activó el comunicador.

—Confirmado —dijo—. Es ella.

—Aunque ya nos vio, no creo que pueda seguir siendo la pediatra de Joy —Seiran intentó burlarse.

—Omitamos eso del informe. Si la jefa se entera que nos descubrió tan rápido…o de donde salió Joy, estamos muertos.

—¿Mintiendo a tus superiores, Mael? —negó con la cabeza—. Parece que algo de mi mala influencia se te está pegando.

—No puedo creer que nos descubriera tan rápido —dijo Mael, apretando los dientes, frustrado consigo mismo—. Y encima tengo que mentir.

Seiran arqueó una ceja, con una sonrisa que apenas se contenía—. Y se supone que yo iba a hacer esta misión con el “experto”, amigo tu reputación se fue al suelo. Ya no eres mi ídolo.




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