Herencia de Sangre y Lucha

5

Viajaba incómoda en el asiento trasero del automóvil, con un saco cubriéndole la cabeza.

—¿Por qué me tapan la cara? Ya conozco el camino hacia Luneth.

—Cierto —respondió una voz—. Quítaselo.

El saco desapareció. Parpadeó, cegada por la luz, y entonces los vio: Seiran orinando junto al auto y Mael en el asiento del piloto.

—¿Dormiste bien? —preguntó este último, con un tono burlón que le golpeó el estómago.

—Sí, nada mejor que dormir plácidamente en el carro de dos secuestradores —replicó ella con amargura.

—No dramatices —dijo Mael—. Esto no es un secuestro.

Encendió el motor.

—Es un arresto. Bajo las leyes de la ciudad independiente de Luneth, estás detenida.

—¿Arrestada?

—Cierto, Seiran —añadió Mael—. No le leímos los cargos.

Seiran sube la cremallera y vuelve al asiento del copiloto —Mi error. — sacó de la guantera un papel arrugado, demasiado usado para algo tan grave—. Alicia Althen está vinculada a delitos de venta y distribución de drogas.

Alicia quedó pasmada.

—¿Quéeeeeeee?

—Eso es lo que se te imputa. Tienes derecho a un abogado, visitas familiares y a guardar silencio.

—Pero ¿cómo pueden vincularme a esas cosas?

—Lo sentimos, Alicia. Hay pruebas, fotos de ti vendiendo en club.

Ella no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—¿Y cómo pagaste tu carrera de medicina? —preguntó Seiran, ajustando el asiento—. Tus padres te dieron la espalda cuando te fuiste. ¿Cómo lo hiciste?

—Trabajé. Como todos.

—¿A los catorce? ¿De qué trabajabas?

—Mesera.

Mael sonrió desde el retrovisor.

—Una chica hermosa, sola en la gran ciudad —dijo con voz suave—. Sin protección. Carne fácil para mafias, ¿no crees?

—Suena plausible —asintió Seiran—. Más aún si tenía entrenamiento en pelea, manipulación y extracción de información.

—Están delirando —Alicia forcejeó, la cuerda mordiendo su piel—. Esto no va a sostenerse.

—Estás atrapada —dijo Mael sin subir la voz—. Quizá ahora eres doctora… y prescribes para tu gente.

—Ya basta —interrumpió Seiran—. Estás comprometiendo la misión.

—¿Qué misión? —Alicia forcejeó con violencia, intentando liberarse.

—No te molestes —dijo Seiran con calma—. Leí tu expediente. No pasaste del nivel dos del entrenamiento. Así que no sabes desatar nudos de nivel tres… este —señalo la cuerda— es nivel cinco.

Ella lo fulminó con la mirada.

—¿Y a ti tu entrenamiento te enseñó a sacarte una daga del pecho?

El aire se tensó.

—¿Eso fue una amenaza? —preguntó Seiran.

—Sí —respondió Mael sin apartar la vista del camino—. Pero no se lo tomen en cuenta. Está alterada.

Hizo una pausa, incómodamente larga.

—Por cierto, Alicia… también me pareciste hermosa cuando te conocí.

El frío le recorrió la espalda.

—El comunicador nunca se apaga —añadió él, guiñando un ojo.

—Te voy a matar…

—Qué molesto es esto —murmuró Seiran antes de clavarle la aguja.

El mundo se le volvió espeso.

—Seiran, no podemos hacer esto siempre — le regaña Mael—. Hay límites. Debemos llevarla viva.

—Que se duerma —respondió él—. No la quiero ladrando todo el viaje.

Despertó con la sensación equivocada de seguir cayendo.

El cuerpo reaccionó antes que la mente. Un espasmo seco, torpe. Los dedos buscaron apoyo. El pecho reclamó aire como si hubiera pasado demasiado tiempo bajo el agua. Cuando abrió los ojos, la luz blanca la golpeó sin misericordia.

Dolor.

No uno limpio. No uno preciso. Era un dolor extendido, la garganta le ardía. El cuello, justo donde había sentido el pinchazo, latía con una presión sorda y constante.

Intentó mover las manos.

No pudo.

Estaban esposadas a una silla de metal. Fría. Inmóvil. Definitiva.

Fue entonces cuando lo entendió. Ya no estaba en el auto. Ya no estaba con los idiotas.

La sala era un cubo sin alma. Paredes grises. Una mesa. Una pantalla apagada. El aire demasiado limpio. Demasiado controlado.

Pasaron minutos. O tal vez más. El tiempo ahí no parecía interesado en avanzar.

La puerta se abrió.

—Bienvenida a tu hogar, Alicia.

La voz le atravesó el estómago antes que el oído.

—¿Mina? —dijo, incrédula.

Reconocerla fue como ver al demonio usando uniforme oficial.




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