Herencia de Sangre y Lucha

6

Las puertas de la comisaría se abrieron y la ciudad se desplegó ante ella como una postal demasiado bien conservada. Luneth seguía siendo hermosa; eso no había cambiado. Árboles de hojas imposiblemente coloridas escoltaban calles de asfalto impecable, como si el tiempo hubiera aprendido a caminar de puntillas allí. Todo estaba en su sitio. Demasiado.

Alicia sintió una presión extraña en el pecho, una mezcla de reconocimiento y rechazo. Luneth era una de esas ciudades diseñadas para ser deseadas: hospitales que funcionaban sin demoras, colegios seguros donde los niños caminaban solos, veredas limpias, rostros tranquilos. Una ciudad donde nada parecía salirse del margen.

Aquí todos se conocían, o al menos fingían hacerlo. Los externos eran pocos y cuidadosamente filtrados: contratos, matrimonios, permisos otorgados tras la aprobación de una junta municipal que decidía quién merecía quedarse. Luneth no expulsaba, simplemente no dejaba entrar.

Avanzó por el estacionamiento, rodeada de autos lujosos alineados con precisión casi ceremonial. La calidad de vida era alta, la pobreza una rareza estadística. Incluso los huérfanos del orfanato local comían bien, vestían bien, vivían bien. Luneth se aseguraba de que nadie sufriera demasiado… siempre que encajara.

Una gran camioneta blanca la esperaba. Lujosa, de vidrios templados, demasiado pulcra para estar estacionada frente a una comisaría. Alicia subió sin dudar. Al volante estaba su madre.

—Hola, señora —saludó, seca, como si hablara con una desconocida.

Aneth respondió llevándose un dedo a los labios. Silencio. Alicia asintió de inmediato.

El resto del trayecto transcurrió sin una sola palabra. Después de la conversación incómoda con Mina en aquel cuarto, Alicia no tenía dudas: los estaban investigando. Micrófonos, cámaras, oídos invisibles. Podían estar en cualquier parte. Su madre lo sabía. Por eso callaba.

Aneth siempre había sido así. Calculadora. Fría. Medía bastante menos que Alicia, apenas un metro sesenta y cinco, pero su estatura nunca fue una desventaja. Sabía defenderse. Era la mejor en combate, fue una teniente digna de respeto. Su belleza, extrañamente atemporal, envejecía con una elegancia dura. Ojos ámbar, afilados. Cabello rizado y rubio, el mismo que Alicia había heredado.

Intimidaba sin esfuerzo. Su cuerpo robusto no era decorativo: era funcional, sólido, peligroso. Una paliza de Aneth y el destino era claro: el hospital.

Pero cuando se trataba de su familia, Aneth no tenía amigos ni superiores. Defendía como una leona lo que consideraba suyo: su sangre, su legado, su territorio. No negociaba eso con nadie.

Alicia lo entendió al instante al encontrarse con su mirada en el retrovisor. Fría. Rabiosa. Contenida solo por disciplina.

Su madre ya había decidido algo.

Llegaron a la casa Althen.

La mansión se alzaba en el corazón residencial de Luneth, rodeada de vecinos acaudalados, seguridad permanente y parques perfectamente cuidados. Una laguna artificial reflejaba las luces del atardecer como un espejo obediente.

La camioneta se detuvo frente a la entrada principal. Ambas bajaron en silencio.

La gran puerta de madera y vidrio se abrió antes de que tocaran, como si la casa las hubiese estado esperando. Alicia cruzó el umbral y el golpe de familiaridad fue inmediato. No había cambiado nada.

Techos altos coronados por lámparas imponentes, luz cálida cayendo con precisión estudiada, espacios amplios que respiraban orden y control. Cada mueble estaba donde debía estar. Cada detalle conservaba la misma perfección pulida que recordaba.

Era una casa hermosa. Impecable.

Avanzó unos pasos y entonces lo vio.

Sobre una consola de madera oscura, junto a la escalera principal, seguía el mismo objeto: un pequeño marco de plata. Alicia se detuvo. Dentro, una fotografía antigua la mostraba a ella, demasiado joven, sonriendo con seguridad. La imagen no había sido movida ni un centímetro en años.

Sintió un nudo en el estómago. No era nostalgia. Era vigilancia.

Alicia comprendió entonces que no había regresado solo a Luneth. Había vuelto a un lugar que la conocía demasiado bien.

Su madre la guio hasta un cuarto secreto. O una habitación de pánico, si era más honesto llamarla así. Alicia cruzó el umbral y la escena la golpeó como una pared invisible.

Allí estaba toda la familia.

Amelia Althen hermana de su madre; Matt su hijo; el abuelo Alaric y la abuela Andy; su padre Madal. Faltaban solo dos personas, pero lo entendió, la situación era critica. Pero no lo suficiente como para quitarles el apetito, ya que comían como si nada.

-La extranjera llegó -dijo con frialdad su primo Matt.

Matt era el guapo oficial de la familia. Alto, rubio, ojos azules. El típico galán de novela que, en cuanto abría la boca, se transformaba en espantapájaros emocional. Un cliché sin carisma, pero aun así tenía locas a la mitad de las mujeres de la ciudad. La otra mitad fingía no notarlo.

-Hola, Matt -respondió Alicia con el mismo tono sarcástico que el usó, lo que era irónico por que él también estaba fuera de la ciudad.




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