Herencia de Sangre y Lucha

7

La noche anterior había sido todo menos bonita. Al amanecer, la casa parecía suspendida en una calma peligrosa, de esas que no tranquilizan, solo advierten. Los pasillos amplios, revestidos de mármol claro y alfombras que amortiguaban los pasos, parecían contener la respiración junto con ella.

Bajó las escaleras lentamente. La baranda de madera pulida estaba fría bajo su mano. En el pasillo se cruzó con algunos rostros nuevos. Personal de limpieza. Por seguridad, nadie duraba demasiado en esa casa, y ella había aprendido a no memorizar nombres ni gestos. Encariñarse era un lujo inútil.

Al llegar al primer piso, la enorme cocina se abrió ante ella como el corazón de la mansión. Techos altos, ventanales generosos dejando entrar la luz de la mañana, superficies de piedra impecable y una isla central donde el orden parecía casi agresivo. Todo olía a café recién hecho, pan caliente y a esa pulcritud que solo existe en las casas donde nada se deja al azar.

Sus padres estaban sentados en el comedor de diario, una zona más íntima, separada de la cocina por un arco amplio. La mesa de madera clara contrastaba con las sillas tapizadas en tonos neutros. No hablaban. Comían en silencio.

—Buenos días —dijo su madre al verla entrar.

Alicia los miró directamente a los ojos, buscando una señal. Su madre asintió apenas.

—Tu tío Alfred revisó. No hay micrófonos ni cámaras en la casa —dijo finalmente.

Alicia soltó el aire que llevaba retenido.

—Buenos días, familia —añadió, y luego dirigió la mirada a la mujer frente a la cocina—. Lotti, es un placer verte, luego de cien años de exilio.

—Veo que sigues dramática como siempre, señorita Alicia —respondió Lotti sin dejar de mover la cuchara—. ¿Barbie? ¿No estás algo grande?

Alicia miró su pijama.

—Era lo único que tenía en el clóset que todavía me sirve. Fue un camisón en su tiempo, ahora me queda algo corto.

—Es increíble lo obsesionada que estabas con el rosa en esa época —comentó su madre—. No te preocupes, hoy vamos a comprarte ropa.

Alicia se sentó en el comedor, en un lugar ajustado en una esquina. Desde allí, la vista al jardín era perfecta. El sol comenzaba a reflejarse sobre la piscina brillante, donde una cascada alta rompía el silencio con un murmullo constante. Las estatuas romanas de su padre vigilaban el espacio con solemnidad, rodeadas de flores intensamente coloridas.

Respiró profundo.

—Es bueno estar en casa —dijo al fin—, aunque al mismo tiempo extraño el cuchitril donde debo vivir en la ciudad.

—¿Qué tan pequeño es? —preguntó su padre, sin levantar la vista del celular, leyendo las noticias con expresión severa.

—¿Mi depa? —Alicia se sirvió unas tostadas como si estuviera haciendo una denuncia formal—. Es del tamaño de la cocina. De esta cocina. Lo cual es ofensivo, considerando que tengo una cuenta con millones de dólares en Suiza que no puedo usar.

—No puedes llamar la atención —dijo él, por fin mirándola—. Es lo primero que te dijimos cuando te mandamos a la ciudad. Todo bajo perfil.

—Pero todos saben que mi familia tiene dinero —respondió Alicia mientras se servía huevos—. No es un secreto de Estado.

—Sí —intervino su madre—, pero se supone que nosotros te dimos la espalda porque nos llenaste de vergüenza al no seguir el camino Lunari. Así que dime, ¿de dónde sacarías plata?

Alicia masculló algo ininteligible.

—Qué sé yo… —dijo de mala gana—. Digan que me ayudan en secreto. O que vendo órganos. No quiero seguir viviendo en un lugar donde la sala y la cocina están juntas.

—Ahora a eso le dicen “concepto abierto” — dice su madre comiendo animada.

—Concepto pobre — replica Alicia incomoda.

—Señorita Alicia —la reprendió Lotti, alcanzándole una taza de café—. Todos estamos haciendo sacrificios.

Alicia la miró de reojo.

—¿Tú qué sacrificios has hecho, Lotti?

Lotti suspiró, como quien se prepara para compartir una herida profunda.

—Bueno… desde que cayeron los Nathan, debo comprar ropa en el mercado.

El silencio fue breve, pero respetuoso.

Para Lotti, eso era un sacrificio. Su silencio valía mucho dinero, su salario era indecentemente bueno y su opinión tenía más peso que la de varios parientes lejanos. No era parte del servicio. Era parte del sistema. Prácticamente una Althen más, con delantal.

—¿Ves? —dijo su padre—. Todos nos estamos sacrificando.

Acto seguido, le extendió unas carpetas gruesas que aterrizaron frente a Alicia con un golpe seco.

—Ahora toma. Tu tío Alfred va a hacer una fiesta y quiere que vayas. Ahí van a estar Seiran y Mael. Quiero que leas la información que tenemos de ambos y hagas lo que tengas que hacer.

Alicia abrió la carpeta. Luego pasó una hoja. Luego otra.

—¿Cuánta información…? —cerró un poco la carpeta, molesta—. ¿Tengo que leer tanto?

Su padre la observó con una calma peligrosa.




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