Llegó a la fiesta en compañía de Matt. La casa de su tío Alfred no tenía nada de solemne. Era amplia, abierta, diseñada para el caos controlado. Ventanales sin pudor, terrazas conectadas entre sí, sillones bajos repartidos como si alguien hubiera pensado en conversaciones privadas que terminarían mal o bien, depende del día. Luces cálidas colgaban de los árboles del jardín, la música se deslizaba entre los espacios sin pedir permiso y el aire olía a alcohol caro, perfume excesivo y secretos a medio confesar.
Apenas cruzaron la entrada, el lugar ya estaba repleto. Demasiada gente. Demasiadas miradas.
—Lotti dice que no confía en la nueva novia del tío Alfred —le susurró Alicia a Matt, sin mover los labios.
Matt escaneó la multitud con la facilidad de quien nació aprendiendo a leer habitaciones antes que libros. Señaló con la barbilla.
—Es ella —dijo en el mismo tono—. Debe tener unos veintidós. No es de aquí. Y sí, mamá tampoco confía en ella. Eso ya es tradición familiar.
—¿Cuál es tu trabajo aquí? —preguntó Alicia, sin dejar de observar.
—Soy un invitado más —respondió él, relajándose—. Y debo vender. El abuelo se molestó porque me compré un Rolex.
Alicia lo miró.
—¿Vas a vender en una fiesta llena de Lunari?
Matt sonrió.
—Alicia… ¿quiénes son nuestros principales clientes?
—Los Lunari —respondió, obvia.
—Exacto.
Entonces Matt inclinó la cabeza apenas.
—Ahí está Seiran.
Alicia alzó la vista.
Estaba impecable. El cabello blanco peinado con los dedos, como si el orden hubiera sido una decisión reciente. Llevaba una camisa de jean abierta, usada como chaqueta, sobre un polo rosa que no debería funcionarle y, sin embargo, lo hacía. Pantalón azul profundo, tenis blancos. Limpio. Pulcro. Distinto al hombre que había visto en la ciudad.
Luego Matt señaló a Mael con discreción hacia el otro extremo del jardín.
Mael estaba rígido entre el movimiento, como una pieza que no encajaba del todo. Camisa negra, pantalón negro, postura recta. Observaba más de lo que hablaba. Cuando Alicia levantó la vista, él la miró apenas un segundo, lo justo para registrarla, y volvió a lo suyo.
—Quieren nombres —continuó Matt—. Así que necesito que los distraigas. Sé eficiente. Viniste vestida como si fueras a la graduación de tu hijo.
Alicia inhaló despacio.
—Mi madre me lo dio, dijo que Alfred lo compro —dijo, inspeccionando de nuevo a ambos— que podía gustarle a Seiran.
—Ve con el tío primero, debe decirte unas cosas —murmuró Matt.
—Si.
Matt dio un paso atrás.
—Mientras tanto, yo debo ir a trabajar.
Y la dejó allí, en medio de la música, las luces y dos miradas que prometían problemas distintos.
Alicia sintió la mirada de Seiran antes de volver a verlo. No era casual ni distraída. Era directa, decidida, como si ya hubiera tomado una resolución silenciosa. Muy distinto a Mael, que jugaba a la discreción: bebía serio y le lanzaba miradas de reojo, rápidas, calculadas, como quien no quiere ser sorprendido mirando demasiado.
Ambos, juntos o separados, eran el blanco.
Eso la obligó a bajar un cambio. No podía tensarse ahora.
Se mimetizó con la fiesta. Tomó un trago, lento, sin prisa. Observó a la gente como si buscara a alguien específico y no lo encontrara. Fingir normalidad era, irónicamente, lo más difícil.
—Hola, debes ser Alicia.
La voz llegó por su costado.
Alicia giró y se encontró con la chica. Lucy no tenía nada exagerado. Ni la sonrisa, ni el maquillaje, ni el vestido. Todo en ella era correcto, amable, incluso encantador de una forma que no pedía permiso. Justamente por eso, algo en su presencia resultaba incómodo.
—Hola —respondió Alicia, animada—. Eres…
—Lucy —dijo ella, extendiendo la mano.
Alicia la tomó. No confiaba en las personas excesivamente amables.
—Lucy, es un placer —dijo, activando su mejor sonrisa social.
—Me encanta tu vestido —añadió Lucy, guiñándole un ojo—. Lo escogí yo.
Alicia abrió los ojos como platos.
El aire se le atoró en el pecho, aunque su rostro se mantuvo sorprendentemente sereno.
—Lucy, preciosa —dijo, forzando una dulzura peligrosa—, ¿dónde está mi tío?
—Por allá —señaló Lucy, sin perder la sonrisa—. Está hablando con unos hombres.
Alicia no perdió tiempo. Cruzó el jardín con pasos medidos, ajustando el gesto diplomático que había aprendido desde niña: ni demasiado amable, ni demasiado tensa. El equilibrio exacto para no llamar la atención… y aun así ser vista.
Alfred Althen destacaba incluso entre la multitud. Parecía haber hecho un trato silencioso con el tiempo. A sus cincuenta años no los aparentaba ni en el cuerpo ni en la actitud. Cabello rubio y largo, ojos marrones siempre alerta, una contextura fornida que delataba disciplina de gimnasio. Vestía como alguien más joven, con esa seguridad peligrosa de quien sabe que todavía puede salirse con la suya.