Herencia de Sangre y Lucha

9

El pasillo era más estrecho de lo que Alicia recordaba. O tal vez era la forma en que Seiran caminaba a su lado, demasiado cerca, como si el espacio personal fuera una cortesía negociable.

Cada paso sonaba en los pisos de madera oscura, pulidos hasta reflejar la luz cálida de las lámparas empotradas. Las paredes tragaban el ruido del jardín.

Alicia dio un paso casi en falso.

Su cuerpo se inclinó apenas hacia él.

Seiran reaccionó de inmediato. Esta vez no dudó.

La tomó por la cintura. No del brazo. No del hombro. De la cintura.

El contacto fue firme, instintivo.

—No te caigas —murmuró, con la voz más baja de lo necesario.

Alicia alzó la vista. Sus rostros quedaron peligrosamente cerca, atrapados en una distancia íntima que no pedía permiso. Por un segundo, el mundo se redujo al calor de esa mano y al pulso que ella sintió bajo la piel.

—Puedo sola —respondió, apartándose de golpe —. Solo… estoy un poco mareada.

Subieron las escaleras.

El segundo piso estaba vacío, era un área privada de la cual solo algunos conocían la ruta, ella avanzó segura guiándolo hasta una puerta lateral, discreta, donde un baño privado se abría como una salida elegante.

Seiran entró detrás de ella y cerró la puerta.

El baño era amplio, revestido de mármol claro, con grifería oscura y un espejo grande que devolvía una imagen demasiado nítida para ser cómoda. Alicia se dejó caer en un sillón de terciopelo amarillo que estaba en una esquina.

—¿Estás bien? —preguntó Seiran, con una atención que ya no intentaba disimular.

—Sí —respondió ella—. Bebí demasiado y muy rápido. Hace tiempo que no tomo.

Levantó la cabeza y le sonrió, una sonrisa suave, casi agradecida.

—Gracias —añadió—. Fuiste… extrañamente amable. Pero puedo sola desde aquí.

Seiran no se movió.

Su mirada recorrió el lugar, la puerta cerrada, el silencio cómodo y peligroso.

—No sé si es buena idea dejarte sola —dijo finalmente.

—Tranquilo —respondió Alicia—. Voy a escribirle a mi tío o a mi primo. Ellos pueden ayudarme.

Sacó el teléfono, pero no escribió.

Lo miró por encima de la pantalla, evaluándolo.

—A menos que tu trabajo incluya vigilar borrachas.

La mandíbula de Seiran se tensó apenas.

—No —dijo—. Eso no está en el informe.

Alicia se incorporó del sofá con la intención de ir al lavadero, avanzó con movimientos torpes, demasiado torpes. El equilibrio fingido no resistió el suelo pulido ni la alfombra apenas levantada en el borde. El tacón se deslizó, el pie se dobló mal y el cuerpo no tuvo tiempo de corregir.

—No.

Cayó.

No fue elegante ni silencioso. El golpe fue seco, incómodo, con un sonido que dolió antes que el propio impacto. Alicia se quedó inmóvil un segundo, procesando.

Apretó los dientes para no soltar un quejido más fuerte. No por valentía. Por orgullo.

Seiran reaccionó entonces.

Se giró de golpe y cruzó el espacio en dos pasos. Se arrodilló frente a ella, sin medir la postura, sin pensar en cómo se veía.

—¿Estás bien? —preguntó, y esta vez no había cálculo en su voz.

Alicia inhaló despacio.

—Sí… no —admitió—. Odio los tacones.

Seiran bajó la vista.

—Te cortaste.

La sangre descendía lenta por la pantorrilla. No era grave, pero estaba abierta. Demasiado visible. Demasiado real.

—Genial —murmuró ella.

Seiran no respondió de inmediato.

Estaba demasiado cerca. Su atención fija en la herida, como si el mundo se hubiera reducido a ese punto exacto. Alicia notó el cambio en su respiración, casi imperceptible, pero distinto. Más profunda.

—¿Te duele? — Murmuró con una suave y placentera voz.

—Un poco —respondió ella—. Más el orgullo que otra cosa.

Seiran extendió la mano con cautela. No la tocó enseguida. Dudó. Ese gesto, mínimo, lo delató más que cualquier palabra. Cuando finalmente pasó la yema del dedo por la sangre, lo hizo con una delicadeza inesperada. El contacto fue leve, pero Alicia sintió un escalofrío recorrerle la espalda, lento, incómodo… eléctrico.

—Mi tío debe tener alcohol —dijo ella, intentando romper algo que se estaba tensando demasiado.

Seiran no levantó la vista.

Se inclinó un poco más, como si hubiera tomado una decisión impulsiva… y besó la herida.

El gesto fue breve, pero preciso.

Alicia se quedó inmóvil. El pulso se le disparó. El aire se le quedó atrapado en el pecho.

Seiran alzó la cabeza despacio. En sus labios había una sonrisa distinta. No era amable. No era profesional. Tenía algo oscuro. Algo satisfecho.




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