Herencia de Sangre y Lucha

10

—Mira que eres torpe —dice Matt, sujetándola por el codo mientras bajan las escaleras.

Alicia aprieta los dientes. A la final tuvo que llamarlo para que fuera a su rescate.

—Hice lo que tenía que hacer —murmura—. Fingí estar borracha. ¿Qué iba a saber yo que esto iba a terminar así?

—No hace falta que finjas ser torpe —responde él sin mirarla—. Eso lo tienes natural.

—Encantador.

Llegan a la planta baja. La música sigue atronando, la gente bebe como si el mundo fuera a acabarse esa misma noche y no hay ni rastro de Seiran. La fiesta, lejos de calmarse, recién empieza a sudar.

Matt la lleva hasta un rincón donde Alfred está recostado contra la barra, girando un vaso de whisky como si fuera parte del decorado. Apenas los ve, alza la vista y niega con la cabeza, decepcionado, pero no sorprendido.

—¿Qué? —le reta Alicia al notar la cara—. Dilo.

—¿Por dónde empiezo? —Alfred se pone de pie y señala la venda en su pierna—. ¿Por qué te finges borracha?

—Era la mejor estrategia.

—Claro —responde él—. Nada dice “plan inteligente” como terminar cojeando.

Alicia se suelta del brazo de Matt.

—Puedo sola.

—Son unos niños —suspira Alfred, dando un sorbo—. Yo no firmé para ser niñero esta noche.

—Cállate, bueno para nada —le reclama Matt—. Ya hice cien mil dólares hoy. ¿Cuánto has hecho tú?

Alicia se congela.

—¿Cien mil dólares?

Empuja a Alfred sin culpa.

—Matt, jamás dudé de tus… millones de capacidades. Necesito dinero.

—Ni lo sueñes —dice él—. Eso es para el abuelo.

—¿Y cómo vendes tanto? —reclama Alfred, herido en su orgullo—. Tiene que ser esa cara de maniquí que tienes.

—Dice el hombre que combina la ropa con las botellas de whisky —responde Matt—. Por cierto, qué asco de fiesta. La cerveza sabe a arrepentimiento.

Alicia asiente con gravedad.

—Confirmo. Primo, en serio necesito dinero.

—Ya te dije que es del abuelo.

Alicia no se mueve. Lo mira fijo, con la paciencia falsa de alguien que ya decidió no aceptar un no.

—El abuelo no está aquí.

—Pero su dinero sí —responde Matt, cruzándose de brazos—. Y no se toca.

Alfred chasquea la lengua, claramente irritado.

—Míralo —dice, señalándolo con el vaso—. Hoy vende dos cosas, junta cien mil y ya cree que es un banco central.

—No es mi culpa ser eficiente —replica Matt—. Algunos trabajamos. Otros beben.

—Yo cultivo relaciones —dice Alfred—. El whisky es networking líquido.

Alicia aprovecha la distracción. Da medio paso hacia Matt.

—Primo… solo un poco.

—No.

—Un adelanto emocional.

—No.

—Un préstamo humanitario.

—No.

Alfred resopla y voltea los ojos a Matt.

—No es mi problema si tú no sabes vender —dice Matt al notar su expresión.

—Vendo perfectamente —se defiende Alfred—. Lo que pasa es que yo tengo principios.

Alicia y Matt se miran y se empiezan a burlar – tu ni sabes lo que es eso, Alfred – dice ella.

De repente, un grito atraviesa la música y la algarabía.

—¿Qué rayos…? —Alfred frunce el ceño, mirando alrededor.

—Eso suena a problemas —susurra Alicia, pegándose a Matt.

Los tres corren hacia el patio, donde el panorama los golpea como un balde de agua fría: Lucy está allí, completamente desorientada, gritando sin control, moviendo los brazos como si tratara de ahuyentar sombras invisibles.

—¡Lucy! —grita Alfred, intentando acercarse, pero la chica no parece verlo.

Alicia y Matt intercambian miradas de pánico. La música sigue, absurda, como si nada estuviera pasando, pero los gritos de Lucy son lo único que se siente real.

De pronto, Lucy cae al suelo con un espasmo que hiela la sangre de todos. Sus gritos se apagan y el silencio que sigue pesa más que cualquier música. Alfred se lanza al suelo y toca su pecho, buscando un latido que no encuentra.

—¡No… no respira! —grita, su voz quebrándose.

El caos estalla. Invitados gritando, botellas cayendo, gente corriendo en todas direcciones. Algunos intentan ayudar, otros simplemente retroceden horrorizados.

Mael corre hasta ellos, la expresión tan dura que corta el aire:

—¡Esta chica está muerta! —grita, sacando el celular al mismo tiempo—. Llamamos a la comisaría y a una ambulancia, ¡ya!

De la nada unos hombres empiezan a seguir órdenes.

Matt se inclina hacia Alicia, hablando bajo:




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