Herencia de Sangre y Lucha

11

La patrulla se detiene frente a la comisaría. Las luces rojas y azules parpadean sobre la fachada gris, reflejándose en los ojos tensos de los tres. Alfred y Matt bajan primero, incómodos, murmurando entre ellos, pero Alicia se queda un momento más, respirando hondo mientras ajusta su ropa, cojeando levemente. Su mirada se fija en la puerta de interrogatorios como quien observa un tablero de ajedrez.

—Adelante —dice Mael, abriendo la puerta para ella con firmeza, pero sin perder el control de la situación.

Alicia entra, caminando despacio, calculando cada paso. Sus ojos se encuentran con los de Mael, y en ese instante la tensión se hace casi tangible.

—Siéntese aquí —ordena él, señalando la silla frente a la mesa de interrogatorios.

Alicia se sienta. La puerta de la sala se cierra tras ellos. La luz fría de la comisaría acentúa las sombras de la mesa.

—Gracias por venir —dice, tratando de sonar formal y firme.

Ella trata de no caer en la provocación de su ironía. Asiente con lentitud, sin perder la compostura:

—Por supuesto —responde—. Estoy aquí para cooperar.

Mael respira hondo, como quien se preparaba para la guerra.

—Bien. Empecemos desde el principio. Quién estaba allí, qué hicieron, y qué sucedió con Lucy.

—Está bien —dice Alicia, con voz medida y precisa—. La fiesta estaba en pleno apogeo, mucha gente alrededor, música alta. Y luego hubo un momento de confusión.

—Confusión —repite, frunciendo ligeramente el ceño—. Necesito más claridad. ¿Qué clase de confusión?

Ella lo mira, midiendo sus palabras, profesional, calculando el efecto que tendrán:

—Gente moviéndose rápido, conversaciones cruzadas… Lucy comenzó a gritar, nadie la entendía del todo. Intenté acercarme, pero la situación se volvió caótica en segundos.

—¿Y qué hicieron tú y tu familia exactamente? —pregunta, con voz firme pero contenida—. Es importante que todo sea claro.

Alicia inclina apenas la cabeza, con la serenidad de alguien que sabe cómo guiar la conversación sin revelar demasiado:

—Cada uno reaccionó según su instinto.

Mael respira hondo, tratando de no perder la compostura ante la forma impecable en que ella describe los hechos, controlando la narrativa sin levantar la voz ni mostrar nerviosismo.

—Entiendo —dice finalmente—. Pero necesito detalles de cada acción, cada decisión, para poder reconstruir lo que pasó.

Ella asiente, con un pequeño gesto, casi imperceptible:

—Por supuesto —responde—. Pero no puedo detallarle las acciones de otros, oficial, eso sería una declaración basada en la objetividad, no en pruebas.

Este aprieta ligeramente el bolígrafo entre los dedos, consciente de que ella está modulando la información a su favor:

—Aprecio su precisión. Solo necesito su declaración, nosotros determinaremos que es relevante.

—Entiendo perfectamente, y quiero que mi declaración sea útil. Pero me pide que interprete el comportamiento de mi familia, eso es…imposible.

—Muy bien… entonces empecemos con usted. ¿Puede interpretar su propio comportamiento, o eso también es imposible?

—Es una petición más realista. Estoy lesionada, no pude llegar a tiempo, vi a la chica confundida, gritando y minutos después estaba en el suelo sin signos vitales. Luego entró usted en escena y aquí estoy.

—¿Qué le pasó en la pierna? —pregunta Mael sin alzar la vista, la pluma deslizándose con una calma estudiada—. No recuerdo haberla visto lesionada cuando llegó.

Alicia cruza las manos sobre el regazo. Su voz sale limpia, casi perezosa.

—Me tropecé.

La pluma se detiene apenas un segundo.

—¿Con qué?

Ella inclina la cabeza, como si evaluara cuánto veneno verter.

—Con un chico. Estábamos solos en el cuarto de baño… —hace una pausa breve — y una cosa llevó a la otra. Perdí el equilibrio. ¿Quiere que sea más específica?

Mael alza la mirada por fin. Su expresión es serena, demasiado. Pero algo se le tensa en la mandíbula, una grieta mínima en el autocontrol.

—¿Puedo saber quién era el hombre? —pregunta, y el sarcasmo llega tarde, como un parche mal puesto.

—Seiran —responde ella, con una inocencia casi ofensiva.

El nombre cae entre ambos como una moneda falsa. Mael parpadea una sola vez. Lo suficiente para que una mueca fugaz, molesta, se le escape antes de recomponerse.

—Vaya —dice, retomando la escritura—. Me alegra saber que se están llevando tan bien.

Alicia sonríe. No es una sonrisa amplia, sino precisa. Calculada.

—Gracias. Es un chico adorable.

Mael asiente, lento. La pluma vuelve a moverse, pero ya no escribe lo mismo. El interrogatorio continúa, aunque ahora el aire pesa distinto, como si alguien hubiera cerrado una puerta sin hacer ruido.

—Sabe que Seiran es parte de la organización, Lunari. Podemos traerlo para corroborar esta historia.




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