Esa mañana el sol anunciaba un nuevo día, pero las cosas no cambiaban. Bajó a la cocina y se encontró con la abuela Andy sentada en el comedor, desayunando con una calma inquietante. El ruido de los cubiertos era lo único que rompía el silencio.
—Hola, linda. Buenos días.
—Hola… —respondió Alicia, avanzando con cautela—. ¿Qué haces aquí? ¿Volviste a pelear con el abuelo?
—Claro que sí. Siempre peleamos —dijo sin levantar la vista, dando un sorbo a su jugo—. Pero no estoy aquí por eso. Vine a verte.
—¿A mí?
Un frío le recorrió la espalda. Cuando el abuelo aparecía, todo estaba bajo control. Cuando venía Andy sola, el fin del mundo estaba cerca —. Abuela, yo no…
—Siéntate.
—Sí, señora.
Alicia tomó asiento a su lado sin discutir.
—Lotti —dijo Andy sin mirarla—, ¿le hiciste el desayuno a la niña?
—Sí, señora.
El plato apareció frente a Alicia: waffles con miel y chocolate.
—Eran tus favoritos cuando eras niña.
—Gracias, abuela —dijo, empezando a comer con cuidado.
La abuela Andy era tan intimidante que hasta Lotti temblaba ante su presencia. Al menos siempre daba aviso de que vendría, eso le daba tiempo a ponerse el uniforme y fingir que era una persona del servicio normal.
Andy la observaba, midiendo cada gesto de Alicia como un juez silencioso. No había prisa, no había palabras innecesarias; su sola mirada bastaba para imponer autoridad.
—Te vas a quedar en Luneth.
La frase cayó como un balde de agua helada.
—Ya no hay juicio —dijo Alicia, sin levantar la vista—. El tío Alfred me contó.
Andy siguió comiendo, impasible.
—Sí. Te explicó cómo resolvió estratégicamente el problema de la amante del alcalde. Una mujer que sabía demasiado sobre el dinero de los impuestos… y no dejaba de recordárselo.
Alicia tragó saliva.
—Si ya no hay juicio… ¿por qué tengo que quedarme?
—Por la misma razón que Matt también lo hará —respondió Andy, finalmente mirándola—. Tienen deberes con esta familia.
Dejó los cubiertos sobre el plato.
—Ahora el alcalde nos debe favores. No solo por la muerte de su amante soplona. También porque financiamos las reparaciones del hospital central. Con nuestro dinero, por supuesto. Él solo se encargó de hacerlo pasar como fondos públicos.
Alicia alzó la mirada.
—Quiero que trabajes ahí.
—Si ya compramos al alcalde… ¿para qué me necesitas a mí? —preguntó, midiendo cada palabra—. Él no va a seguir usando a Mael y Seiran en mi contra.
Andy esbozó una sonrisa mínima, sin humor.
—Nos equivocamos con Mael y Seiran, está claro que sus ordenes no vienen solo del alcalde, de lo contrario, ese chico no te hubiera llevado a la comisaria. Tuvimos que usar un recurso de ultima hora, pero es importante que sepamos que esta pasando con esos dos. Quienes son sus verdaderos superiores y que información manejan de nosotros.
—Abuela, somos una familia de narcotraficantes, esa es la información que manejan.
Andy se inclinó apenas hacia ella.
—Por eso te quiero cerca de ellos. Cerca de nuestros enemigos. De los que esperan que tropecemos. Te quiero observando, escuchando, recordando. Cada gesto, cada nombre, cada alianza mal disimulada.
—¿Desde el hospital? —preguntó Alicia, sin ocultar la incredulidad.
—Será una fachada —respondió Andy—. La explicación elegante de por qué te quedas en Luneth.
Hizo una pausa breve, calculada.
—Tu primo Matt trabajará en la Academia Lunari. A diferencia de ti, él sí terminó el entrenamiento.
Alicia frunció apenas el ceño.
—¿Matt es médico? —preguntó—. Yo sí.
El golpe en la frente fue ligero, casi afectuoso. La corrección de alguien que no necesita levantar la voz.
—Te has vuelto respondona… y altiva —dijo Andy—. Respétame.
—Sí, señora —respondió Alicia de inmediato.
Aun así, se permitió una última fisura.
—Pero, abuela… no quiero seguir así. Esta forma de vida me pesa. No quiero vivir entre intrigas, vigilando, fingiendo.
—¿De verdad crees que si esta familia es investigada tú no pagarías las consecuencias? —la interrumpió, con voz baja y firme.
—Lo sé, pero…
—Toda la vida que llevas —continuó Andy—, los lujos, los privilegios, el apellido… nada de eso existe en prisión, Alicia. Te quedas, cooperas y ayudas a limpiar la ciudad de quienes intentan destruirnos.
Hizo una pausa mínima, letal.
—Cuando nuestras cabezas estén seguras, entonces podrás irte a jugar a la Barbie doctora donde quieras.
Alicia respiró hondo. No había espacio para discutir. A la abuela Andy nunca se le decía que no.