Herencia de Sangre y Lucha

14

El consultorio quedó en silencio apenas la puerta se cerró detrás de Mael.

Alicia no se movió de inmediato.

Esperó.

Contó mentalmente hasta veinte, como hacía en cirugía antes de un corte innecesario. Cuando estuvo segura de que no había pasos regresando, empujó la silla hacia atrás.

El frasco de mantequilla de maní seguía allí, intacto. Obscenamente normal.

Lo tomó por inercia, con la intención de guardarlo en el cajón, y fue entonces cuando sintió el impulso. Podría morir, pensó sin dramatismo. Pero olía demasiado bien.

Giró la tapa despacio, con una tentación casi infantil. Cremosa. Salada. Exactamente como le gustaba.

Entonces lo vio.

Algo escrito en el interior de la tapa.

Alicia frunció el ceño.

Sala C-19

Nivel -2

17:40

No todo lo que existe aquí fue autorizado para existir.

Cerró el frasco.

Sonrió sin humor.

—Idiota —murmuró, sin saber si se lo decía a Mael… o a ella misma.

Miró el reloj: 17:00.

Podía ser una trampa.

Y, aun así, necesitaba saber.

Se puso la bata, tomó una carpeta cualquiera y salió del consultorio como si fuera a una interconsulta rutinaria.

La sala de cámaras olía a metal y café viejo. Un técnico levantó la vista al verla entrar.

—Doctora, ¿necesita algo?

—Sí —respondió sin dudar— Hubo un incidente menor con un paciente y necesito revisar recorridos.

Nadie discute con alguien que habla con seguridad clínica. Le indicaron una estación libre.

Alicia ingresó la dirección.

Sala C-19.

El sistema no devolvió error.

Tampoco imagen.

Simplemente… no mostró nada.

Alicia amplió los planos digitales. Todas las salas estaban cubiertas. Pasillos secundarios. Áreas técnicas. Incluso los baños.

Excepto ese punto exacto.

Un hueco perfecto.

—¿Desde cuándo esa sala no tiene registro? —preguntó, sin levantar la vista.

El técnico dudó.

—¿De qué sala habla?

Eso confirmó lo que ya sabía.

Había cosas construidas para no existir.

Salió de allí y bajó un nivel más.

La puerta de la C-19 no tenía placa. Solo un número viejo, grabado en el metal. Dentro, el aire era más frío. No había camillas. No había equipos médicos.

Había un terminal antiguo, conectado a un servidor aislado.

Alicia no forzó nada.

La puerta no estaba trabada.

Entonces escuchó pasos.

Se ocultó detrás de un armario metálico justo cuando la puerta se abría. Miró el reloj.

17:40.

Se quedó inmóvil, con la mano aún suspendida, cuando reconoció la voz antes de verla.

—No tendrías que fingir sorpresa, alcalde.

Alicia contuvo la respiración.

Lena Astrid.

Una silla se movió. Alguien se acomodó como si el lugar le perteneciera.

—Estoy diciendo que no es tan simple —respondió el hombre—. Ganar otra vez requiere ajustes.

—¿Ganar? —Lena soltó una risa corta, sin humor—. Tú no ganaste nunca.

Silencio.

Algo encajó con una precisión incómoda.

—Las campañas se pagan —continuó Lena—. Las encuestas se corrigen. Las actas se acomodan. Tú solo apareces el día del discurso.

—Eso es injusto —dijo él, tarde—. Yo doy la cara.

—Das la cara porque te dejamos —replicó ella—. Y porque nos sirve.

Alicia deslizó el teléfono fuera del bolsillo. No miró la pantalla. Activó la grabación a ciegas.

—Los Althen siguen metidos —añadió Lena—. Dijiste que los sacarías del circuito.

El apellido cayó como un golpe seco.

Alicia apoyó la espalda contra el metal frío, obligándose a no reaccionar.

—No he podido —admitió el alcalde—. Controlan demasiadas rutas. Demasiados favores viejos.

—Eso no es una respuesta —dijo Lena—. Es una excusa. Y los Astrid no negocian con excusas.

Un vaso golpeó la mesa.

—Podemos hablar de redistribución —propuso él—. Terrenos. Concesiones. Nuevas zonas.

—No —lo cortó ella—. No queremos repartir. Queremos que desaparezcan.




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