Alicia corrió hasta la casa sin mirar atrás. El portón apenas terminó de cerrarse cuando ya estaba bajando del auto, el pulso aún acelerado, la información golpeándole la sien como una segunda sangre.
Entró directo a la sala.
Su abuela Andy estaba sentada con la espalda recta, el abuelo frente a la ventana, whisky en mano. Su madre hojeaba un informe sin leerlo realmente.
—Tenemos que hablar.
Andy alzó la mirada de inmediato. No se levantó.
—Estás alterada —dijo, con calma—. ¿Pasó algo malo?
Alicia negó una sola vez.
—En el cuarto de pánico. Es urgente.
Eso bastó.
El silencio cambió de peso.
No hubo preguntas mientras caminaban. El cuarto de pánico se cerró detrás de ellos con su sonido hermético, ese clic que separaba a la familia del resto del mundo. Alicia conectó el dispositivo con manos firmes, pese a que el cuerpo aún le temblaba por dentro.
La voz de Lena Astrid llenó la habitación.
Luego la del alcalde.
Terrenos. Distribución. Campañas. Nombres que no debían coexistir.
Cuando la grabación terminó, nadie habló de inmediato.
El abuelo fue el primero en romper el silencio.
—Los Astrid no quieren solo el control político —dijo, como si hablara del clima—. Quieren la venta completa. Drogas, rutas, el terreno entero.
Alicia lo miró, sorprendida por la falta de sorpresa.
—¿Y Matt?
El abuelo giró apenas el rostro.
—Otra ficha más, de seguro en el hospital también tienen a alguien que te marque a ti.
—La información del cuarto me la dio Mael — dice ella
—Eso confirma mis sospechas, pero ¿Por qué te dio esto? Compromete mucho al alcalde, sin mencionar que al chico Seiran. Ya sabemos que esta marcando a Matt — Dice su abuelo confundido.
—Alicia, ese chico Mael podría estar confundiéndote, tal vez hizo esto para ganar tu confianza al ver que la perdió luego del interrogatorio, eso, o este chico tiene un jefe diferente al alcalde. En ambos casos, debes investigar — Le ordena Andy.
El abuelo se levantó despacio, dejando el vaso sobre la mesa.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Alicia, siguiéndolo con la mirada.
—Mañana —dijo él— vas a ir al club con tus padres. Parrilla. Tarde en familia. El día estará hermoso allá.
Alicia frunció el ceño.
—Abuelo…
—Toda la familia —continuó—. Nadie sale del club. Todo el día.
—¿Y tú qué vas a hacer?
El abuelo se detuvo. La miró por fin.
—No te preocupes por eso. Estás haciendo un trabajo maravilloso.
La frase no fue un halago. Fue una constatación.
Alicia tragó saliva.
El abuelo asintió lentamente, como si esa pieza ya hubiera sido considerada.
—Lo que, si tenemos claro, es que ese chico Mael y su jefe saben que nosotros tenemos esta información, y es importante mandar un mensaje no solo a él, también a la familia Astrid — dijo él caminando hasta la puerta — que vean en primera persona el impacto que tiene esta familia, sus contactos y su poder.
Andy habló:
—Darle esta información a Alicia nos coloca como el principal objetivo de esta situación.
El abuelo retomó la palabra.
—Haré una jugada silenciosa. Pero necesitamos una coartada perfecta. Mañana, todos en el club. Sonrisas. Carne a la parrilla. Fotos si es necesario.
Alicia salió del cuarto de pánico con la sensación de haber dejado una parte de sí adentro. El pasillo estaba en penumbra, demasiado largo, demasiado silencioso para una casa que nunca dormía del todo.
Su madre caminó a su lado sin tocarla.
—Camina conmigo —dijo, sin mirarla.
Avanzaron hasta la galería lateral. Desde allí se veía el jardín, ordenado con una precisión casi ofensiva. Todo en su lugar. Nada fuera de control.
—Mael —dijo Alicia al fin —Fue él quien me dejó la pista. No fue directo. Sabía dónde ponerla. Sabía que yo la iba a encontrar.
Alicia apoyó la espalda contra una columna.
Su madre la observó con atención medida, evaluando cada palabra como si fuera una variable.
—¿Te pidió algo a cambio?
—No.
—¿Te prometió algo?
—Tampoco.
Ese fue el verdadero problema.
La madre entrelazó los dedos.
—Entonces no te ayudó —dijo—. Te usó como vector.
—¿Por qué alguien haría eso?
—Porque no quiere exponerse —respondió—. O porque quiere ver cómo reaccionamos — El silencio se acomodó entre ambas —Mael está limpio, el chico es intachable. No hay nada en su contra, pero aun la buena gente tiene intenciones.