El club estaba lleno de luz.
El sol caía limpio sobre el césped bien recortado, y el humo de la parrilla se elevaba lento, amable, como si también quisiera ser visto. Mesas largas. Manteles claros. Copas tintineando sin prisa.
La familia estaba completa.
Demasiado completa.
Alicia lo notó apenas llegó. Alfred y Lotti sentados juntos, discutiendo sobre quién había quemado el pan la última vez. Matt con una bebida en la mano, riéndose de algo que no parecía importante. Sus padres, relajados. La abuela Andy supervisando la parrilla como si aquello fuera una ceremonia doméstica. El abuelo, en la cabecera, cómodo, presente.
Visible.
Alfred levantó el teléfono.
—Foto familiar, vengan —anunció.
Se agruparon sin protestar. Sonrisas fáciles. Brazos alrededor de hombros conocidos desde siempre. El clic fue seguido por otro.
—Sube esa —dijo Lotti—. Que se vea el día tan lindo.
Y se subió.
Historias. Etiquetas. Risas digitales.
Alicia observó los teléfonos moverse como extensiones naturales de las manos. Nadie estaba ocultándose. Nadie evitaba el lente. Era una coreografía tan abierta que resultaba casi provocadora.
—¿Se acuerdan cuando Alicia decidió que iba a ser veterinaria? —dijo su madre, riendo—. Duró dos semanas.
—No era veterinaria —protestó Alicia—. Era rescatista de dragones. Mucho más específico.
Matt soltó una carcajada.
—Yo me acuerdo cuando casi incendiaste el garaje tratando de hacer pociones.
—Tenía nueve años —se defendió ella—. Y tú me ayudaste.
—Eso nunca pasó —dijo él, levantando las manos—. Yo solo miraba.
—Mentiroso.
El abuelo carraspeó, disfrutando del momento.
—Ustedes dos eran inseparables —dijo—. Desde el primer día que llegamos al pueblo. No conocíamos a nadie. Nada. Solo tierra y promesas baratas.
La abuela Andy le pasó un plato sin mirarlo.
—Y una casa sin agua —añadió—. No romantices tanto.
Él sonrió.
—La cargué balde por balde —continuó—. Tres hijos, una mujer que no aceptaba excusas y un pueblo que no nos debía nada.
—Nos lo ganamos —dijo ella, con firmeza—. Nadie nos regaló nada.
Las copas chocaron suavemente.
—Salud por eso —dijo Alfred.
El abuelo bebió un sorbo, tranquilo.
—Criar aquí no fue fácil —añadió—. Pero fue limpio. Trabajo, errores, aprender a quedarse cuando otros se iban.
Alicia escuchaba. Todo era verdad. O lo suficiente.
El olor a carne asada. El sonido de los cubiertos. Las risas desordenadas. Los recuerdos compartidos que no necesitaban corrección.
Si alguien miraba desde afuera, vería exactamente eso.
Una familia que celebraba un día hermoso.
Alicia tomó su teléfono y subió una foto más.
“Día en familia”, escribió.
Y mientras la imagen se cargaba, entendió la precisión del gesto.
No estaban escondiéndose. Estaban dejando constancia.
Si algo ocurría ese día, en cualquier otro lugar de la ciudad, ellos estaban allí. Riendo. Comiendo. Recordando.
La carne chisporroteó cuando Alfred le dio vuelta con exagerada solemnidad, como si estuviera ejecutando una obra de arte.
—Esto —anunció— es el punto exacto entre “jugosa” y “la exnovia que dice que todavía te quiere”.
Lotti soltó una risa seca.
—Eres exactamente el tipo de hombre que no quiero cerca de mi hija.
Alfred se llevó la mano al pecho.
—Por favor. Soy el mejor partido que estas mujeres van a conocer.
—Lotti, dile a tu hija, que este no cambia ni volviendo a nacer — hasta esa complicidad entre ambas estaba ensayada —. Si hubieras tenido la misma pasión para estudiar…
—Habría aburrido al mundo —replicó él.
—¿Llegué tarde o todavía queda comida?
La voz hizo que varias cabezas se giraran al mismo tiempo.
El padre de Matt avanzó hacia la mesa con una sonrisa amplia, sin apuro, como quien sabe que siempre hay lugar. Traje informal. Sin escoltas visibles. Demasiado cómodo para alguien que no necesitaba presentación.
—Gobernador —dijo Alfred, levantando la copa—. Qué honor tenerlo entre mortales.
Marcel era el gobernador del Estado, incluso en sus días libres parecía recién salido de una fotografía oficial. Pulcro sin esfuerzo, alto, de cabello oscuro siempre en su lugar, caminaba con una seguridad que no necesitaba anunciarse. Tenía la sonrisa fácil de los grandes negociadores, esa que desarma antes de que empiece la conversación, y un carisma tan bien administrado que parecía inagotable. En su presencia, todo sonaba a acuerdo posible.