Los Astrid retrocedieron, sabían que tener a Alaric de enemigo publico no era una opción, especialmente si el abuelo tenía más contactos dentro de prisión que fuera, una sola llamada y el nieto sería historia.
Pero, el abuelo notó la deslealtad del alcalde, quien tras doblar rodilla y vender su dignidad, gano su favor…otra vez.
El abuelo no era de dar segundas oportunidades a la traición, algo estaba tramando al tomar la decisión de seguir financiando obras.
Y casualmente decidió empezar por otro hospital, esta vez, en la zona sur de la ciudad. la única en la que ellos no tenían poder, era un territorio que le perteneció a los Astrid por muchos, años. Ella desconocía su existencia, pero ahora, era una zona sin ley.
—Esta zona fue creada hace unos diez años —explicó el asesor del alcalde que la acompañaba—. El hospital se especializa en problemas psiquiátricos. Poco a poco la zona se ha habitado de estos, además de adictos y personas con antecedentes penales. Los alquileres son económicos, y si resides aquí, los tratamientos salen gratis, y la ciudad te da ayuda social.
El lugar dejaba mucho que desear: calles sucias, edificios viejos, algunos ni siquiera terminados.
Alicia caminaba observando. La otra cara del negocio: la adicción. Desde pequeños, a ellos les habían enseñado a no consumir. Su abuelo los había criado así. Pero al ver a esas personas desorientadas, rotas, se preguntó si no existía otra manera de ganar dinero… una menos dañina.
Inspeccionaba los edificios mientras el asesor tomaba nota de los lugares que requerían reformas. Nada ostentoso: solo tapar agujeros, maquillar ruinas.
—¿Qué hace una princesa tan lejos de su castillo?
Alicia se detuvo. Giró la cabeza y lo vio: Seiran, recostado contra un muro, mirándola con diversión.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, acercándose.
Él se enderezó. Vestía jeans sencillos, una camiseta azul y tenis gastados.
—Vivo aquí.
Ella se quedó helada.
—¿Vives aquí?
—Así es, señorita. Gracias por venir a ver cómo vive la otra mitad.
—Pero… ¿por qué vives aquí? No entiendo tu…
—¿Viniste a repartir lástima? —interrumpió.
—No, claro que no —respondió, apenada—. Vine a ver las obras del hospital. Estamos en campaña. ¿Es tu día libre?
—Algo así. Ando trabajando —señaló una tienda cercana.
—¿Trabajas aquí?
La invitó a pasar. Era una tienda de abarrotes sencilla, sin lujo ni orden.
—La monté con mi abuelo. Vendemos lo básico.
—Cierto… vives con tu abuelo.
—Está enfermo. Demencia. Esa fue la razón principal por la que nos ubicaron aquí.
Alicia sintió un nudo incómodo en el pecho. No conocía esa realidad de Seiran.
—¿Dónde viven?
—En el departamento de arriba —señaló el techo.
—Debe ser difícil.
—Las cosas se complican, sí. Pero avanzo poco a poco en la academia.
—Seiran… ¿por qué te empeñas tanto en ser Lunari? No es la gran cosa.
—Lo sé. Pero tienen beneficios del Estado: seguro, vivienda, comida, salario estable. Es un trabajo completo. Y quiero darle algo de estabilidad a mi abuelo.
—Eso es admirable.
—No me mires así —dijo, recostándose en el mostrador—. No soy un perro hambriento. Esta es mi vida y no me avergüenza.
—No deberías —replicó—. Lo digo en serio.
—Gracias —sonrió—. ¿Te invito una gaseosa o sigues haciéndote la fuerte?
Ella se rió.
—Puedo aceptar una. Hace mucho calor.
Él sacó una del refrigerador y se la tendió.
—¿Sigues en el hospital del centro?
—Sí. Pediatría. Es tranquilo, bastante lindo. Me sorprende que no trabajes en la campaña del alcalde.
—¿Por qué?
Ella se dio cuenta de que quizá había hablado de más.
—Bueno… eres estudiante Lunari. Sé que los usan para esas cosas.
—Sí. Servimos para eso, por muchas razones. Pero no estoy trabajando en la campaña. Aunque apoyo su política.
—¿La apoyas? —miró alrededor—. ¿Hay cámaras aquí? —susurró.
Seiran rió.
—No. Y lo digo en serio. La academia Lunari necesita cambiar. Ha estado gobernada por favores durante años. Aunque tú lo sabes mejor que nadie.
—¿Por qué yo?
—Tu primo Matt llega de la nada, obtiene un puesto titular, beneficios… eso es—
—Matt fue el mejor de su clase —lo cortó—. Habla tres idiomas, tiene maestrías. No es tráfico de influencias.
—Lo siento —dijo—. No quería hablar mal de tu novio.
—¿Mi novio? —frunció el ceño— Los Althen no pinchamos sangre.