Herencia de Sangre y Lucha

18

—¿Sabías que hay personas que creen que nuestra vida es fácil?

Alicia hablaba mientras Matt revisaba su teléfono, completamente absorbido. Se encontraban en una de las habitaciones de pánico de la familia. Después del incidente con los Astrid, habían instalado cámaras secretas en la habitación del hospital.

—¿Por qué piensas eso? —preguntó Matt sin levantar la vista.

—Mael y Seiran dijeron que conseguimos todo por tráfico de influencias.

Matt alzó una ceja, finalmente interesado.

—Qué poco creativos. Siempre usan la misma acusación cuando no les alcanza la renta. No les prestes atención. Son dos resentidos funcionales.

—Pero… ¿nunca te has preguntado si la vida que tenemos sería posible sin dinero?

Matt levantó la mirada, genuinamente sorprendido.

—Alicia… claro que no. La vida que tenemos la paga el dinero. Este Rolex —señaló su muñeca— no se compra con valores. Este celular —levantó el teléfono— tampoco se compra con esfuerzo emocional.

—No hablo de cosas —insistió ella—. Hablo de oportunidades. De privilegios.

—Los privilegios existen para quien puede sostenerlos —respondió Matt—. No es inmoral, es logística.

—Solo creo que deberíamos ser más agradecidos—insistió ella.

—Lo somos —respondió él—. Estamos haciendo obras benéficas, ¿no? Eso cuenta como gratitud.

Alicia se dejó caer en el sillón blanco y miró el techo. La habitación estaba diseñada para que no entrara ni saliera sonido: ignífuga, hermética y resistente a inundaciones. Bajo el piso había un búnker con comida, medicinas y suministros para meses. Todas las casas Althen tenían uno. Esa, en particular, pertenecía a su tío Alfred, quien además había instalado micrófonos en los autos de Lunari. Incluido el de Mael.

—¿Y de qué hablan? —preguntó Alfred al entrar, con un vaso de whisky en la mano.

—Alicia tuvo una epifanía moral —respondió Matt—. Quiere ser más agradecida por tener dinero… y porque sus novios no.

—Es la ciudad —dijo Alfred, rodando los ojos—. Cuando la mandaron, le dije a su madre: “Esa vuelve creyendo que comprar ropa en supermercados es una experiencia espiritual”. Pero nadie me hizo caso.

—Solo intento ser consciente —se defendió Alicia—. Y Mael y Seiran no son mis novios.

—Pero vas a salir con uno, ¿no? —preguntó Matt, ya distraído otra vez —. Eso ya es filantropía.

—De seguro te lleva a un restaurante de comida rápida —añadió Alfred, provocando la risa de Matt.

—O le va a pedir que divida la cuenta — comenta Matt haciendo que Alfred se ría.

—Es una persona normal —replicó Alicia—. No todo gira alrededor del dinero.

Alfred la miró con una sonrisa ladeada.

—Claro que no, cariño. Solo gira alrededor de quién lo tiene.

—Alicia el mundo tiene un precio porque así es más fácil de sostener. Es practicidad — Agrega Matt.

Matt deslizó el dedo por la pantalla empotrada en la pared. Varias cámaras mostraban pasillos del hospital, entradas secundarias, oficinas administrativas.

—Mira esto —dijo—. Hace tres horas entró una mujer. Traje gris, carpeta negra. Dejó unos documentos en la recepción interna.

Alicia se incorporó de inmediato.

—¿Y nadie los ha recogido?

—Nadie —confirmó Matt—. La carpeta sigue ahí. Nadie ha preguntado. Nadie ha vuelto.

Alfred chasqueó la lengua.

—Qué descortés. Cuando uno deja documentos importantes, lo mínimo es mandar a alguien a recogerlos.

—O es un anzuelo —dijo Alicia—. Si mañana cierran esta habitación o dejan de usarla…

—Entonces Mael nos delató —terminó Matt—. Y sabremos que todo esto fue una trampa desde el inicio.

Alicia se quedó mirando la pantalla unos segundos más antes de hablar.

—Entonces, querían fuera a los Astrid y al alcalde, ¿por qué?

Matt levantó una ceja. Solo una. La otra parecía demasiado cansada para acompañarla.

—¿O por quién? Miren.

Giró el celular sobre la mesa como quien revela una carta prohibida. En la pantalla, una foto impecable de sonrisa entrenada y fondo institucional.

—Esa es Silvia Millán —comentó Alfred—. Una de las candidatas a la alcaldía.

—Sí —asintió Matt—, pero en LinkedIn dice que Silvia trabajó en la división de inteligencia de los Lunari.

Alicia se inclinó un poco, lo justo para ver mejor.

—La misma división que Mael —añadió, sin prisa.

El silencio duró exactamente lo que Alfred necesitó para servir más whisky.

—Con razón —dijo Matt—. El alcalde siempre ganaba con la ayuda de la corrupción de los Astrid…

—Sacarlos de la foto —dedujo Alicia— ayudaría bastante a que Silvia pudiera ganar.

Alfred alzó el vaso, complacido.




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