Herencia de Sangre y Lucha

19

Alicia le pidió a Seiran que la recogiera en el hospital.

No fue una decisión romántica.

Fue práctica.

Terminó su turno más tarde de lo habitual. El ala administrativa estaba casi vacía; ese tipo de silencio que no anuncia descanso, sino cansancio acumulado en las paredes. Mientras se quitaba la bata, escuchó voces en el pasillo lateral. Reconoció una de inmediato.

Mael.

Se detuvo en seco. Miró a ambos lados y, sin pensarlo demasiado, retrocedió un paso y se pegó a la pared, detrás de una columna de archivos móviles. Desde allí podía ver sin ser vista.

Mael estaba de espaldas a ella, con el saco abierto, postura relajada solo en apariencia. Frente a él, el médico encargado del hospital central, lo reconoció era uno de los directivos. Un hombre mayor, agotado, con ojeras que no eran de guardias, sino de decisiones.

—La tasa de mortalidad es demasiado alta en el hospital del sur —dijo Mael, sin rodeos—. No es una variación estadística. Es un patrón.

El médico apretó la mandíbula.

—No tengo esa información.

—La tienes —corrigió Mael—. Y si no la tienes, alguien está haciendo un trabajo excelente ocultándola.

—No es tu asunto —respondió el médico, bajando la voz—. Tú te encargas de las cámaras. De los accesos. De los registros visuales. Nada más.

Mael inclinó un poco la cabeza, como si aceptara el límite… solo para cruzarlo.

—Entonces hablemos del presupuesto —dijo—. ¿Cuánto de las ayudas asignadas a este hospital se está derivando a la campaña del alcalde?

El silencio fue inmediato. Denso. Incómodo.

Alicia sintió un nudo cerrársele en el estómago.

—Esa pregunta —dijo el médico al fin— tampoco te concierne.

—Papá —respondió Mael, sin elevar la voz—. Todo lo que termina en muertes evitables me concierne.

Alicia se quedó helada.

¿Papá?

El hombre dio un paso adelante.

—Escúchame bien, hijo —dijo ya sin disimulo—. Si sigues pinchando donde no te corresponde, te van a sacar del puesto. Todo el esfuerzo de tu madre y el mío se va a ir a la basura. Aquí todos hacemos lo que nos toca: cerramos la boca, firmamos lo que hay que firmar y seguimos adelante.

Un segundo más de silencio.

Luego, Mael sonrió.

No con humor.

Con esa calma peligrosa que no promete nada bueno.

—Entendido —dijo—. Solo cámaras.

El médico carraspeó al notar a Alicia.

—Lo siento —dijo ella, saliendo de su escondite—. Ya me iba. No quise interrumpir.

Mael la miró de arriba abajo. Llevaba un vestido negro de flores rosas, ceñido al pecho por un corpiño fruncido y mangas vaporosas que dejaban ver su piel.

—Te ves… bonita —dijo, sorprendido.

—Gracias.

—Vienes elegante a trabajar —comentó, un poco sonrojado.

—No —respondió ella—. Tengo una cita y yo…

—¿Una cita? —preguntó, seco—. ¿Con alguien distinto a ti?

—Sí, Mael —replicó con calma—. No siempre estoy encerrada entre mi casa y el hospital. También tengo vida social.

—No puedes culparme por estar sorprendido.

—Hola —intervino el médico—. Soy Emilio, el padre de Mael. Eres Alicia Althen, ¿verdad? La pediatra.

—Sí, un placer —respondió ella, estrechándole la mano—. No sabía que tu padre era médico.

—Le rompí el corazón cuando no seguí sus pasos —comentó Mael—. Ni los de mi madre, que es enfermera.

—Ya sabemos cómo se conocieron —dijo Alicia, soltando una breve risa.

—¿Y quién es el afortunado? —preguntó Mael.

—Es… —Alicia dudó un segundo, pero supuso que igual se enteraría—. Seiran. Es una salida de amigos, no es…

Mael parpadeó, sorprendido.

—¿Seiran? Vaya…

Emilio miró a su hijo, parecía un poco descolocado, como si no supiera que decir.

—Alicia —intervino el médico—, estás haciendo un gran trabajo como pediatra.

—Gracias. Me gusta mucho lo que hago.

—Tengo que irme —dijo Mael de pronto.

Y se fue sin despedirse.

Alicia se quedó un segundo en silencio.

—Lo siento —añadió Emilio—. Seguro tenía cosas que hacer.

—Sí —respondió ella—. Su trabajo parece bastante demandante.




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