Herencia de Sangre y Lucha

20

Salió de allí con la cabeza llena de ruido. Pensativa.

Tal vez estaba bajando la guardia. Tal vez no debería. Mael había sonado genuinamente preocupado, y eso la descolocaba más que cualquier amenaza abierta. La preocupación sincera era peligrosa: hacía que una empezara a justificar cosas.

¿Y si todo aquello era paranoia suya?

¿Y si las conspiraciones de esa familia no lo contaminaban todo?

Quizá no todos vivían jugando a dos bandos. Quizá aún existían personas que se preocupaban de verdad por otros, sin cálculo ni agenda oculta. Se dijo eso… sin estar del todo convencida.

El rugido de un motor cortó sus pensamientos.

Una moto se detuvo justo delante de ella.

—¿Una moto? —preguntó, alzando una ceja, sorprendida. La sonrisa le salió sola, casi a su pesar.

Seiran se quitó el casco con una sonrisa fácil, de esas que parecían no cargar peso alguno.

—El mejor medio de transporte.

Alicia lo observó un segundo más de la cuenta. Con él, todo parecía… más simple. O al menos, menos denso.

—Nunca he subido a una —admitió, mientras se colocaba el casco que él le extendía.

—Entonces me alegra ser tu primera vez —susurró, bajando la voz—. Al menos en esto.

Ella negó con la cabeza, divertida, sintiendo cómo algo dentro se aflojaba.

—Voy a omitir tu intento de coqueteo, porque apenas estamos empezando.

Seiran rió, sin molestarse en defenderse, y la ayudó a montarse en la moto con naturalidad. Alicia dejó de pensar. Por una vez, se permitió no analizar cada gesto.

La llevó a un centro comercial. Le explicó, casi con entusiasmo infantil, que había comprado entradas para una película que llevaba tiempo queriendo ver.

Y Alicia decidió disfrutarlo.

Solo por esa noche.

—Confía en mí —dijo Seiran al comprar las entradas—. Es entretenida.

Alicia empezó a dudar cuando vio el afiche: sangre, un título impronunciable y una advertencia que incluía palabras como “desmembramiento” y “terror psicológico”.

—¿Esto es… muy gráfico? —preguntó.

—Un poco —respondió él, como si hablara del clima.

No fue un poco.

A los veinte minutos, Alicia ya estaba encogida en el asiento, con los hombros tensos y las manos aferradas al borde del abrigo. Cada sonido la hacía saltar. Cada escena sangrienta le arrancaba una mueca que intentaba disimular. Incluso para una doctora proveniente de una familia como la suya, la película era demasiado.

Seiran, en cambio, estaba absorto. Miraba la pantalla con atención casi devota, como si el caos y la violencia fueran parte de un lenguaje que entendía bien.

Ella lo miró de reojo. Esa mirada, fue la misma que vio en el baño, una mezcla de adrenalina con emoción.

Cuando salieron del cine, Alicia respiró como si hubiera estado bajo el agua.

—Definitivamente no era una película para una primera cita —dijo.

—Lo siento —Seiran se rascó la nuca—. A mí me relaja. ¿Te parece si comemos algo? —propuso Seiran, señalando con la cabeza hacia la salida del cine.

Alicia asintió, aún con la adrenalina baja.

Caminaron unos metros hasta que él se detuvo frente a un local de comida rápida. Luces blancas, menú gigante, combos numerados.

Alicia parpadeó una vez. Luego otra.

—Ah… —dijo, midiendo su tono—. ¿Aquí?

—Sí —respondió Seiran, como si nada—. Es rápido, no te juzgan si comes con las manos y las papas siempre saben igual, para mi hay ensalada.

Ella sonrió, más por costumbre que por burla.

—Si quieres… —dijo— puedo invitarte a comer a otro sitio. Hay un restaurante italiano cruzando la avenida, o uno pequeño de comida asiática que es bastante bueno.

Seiran la miró, serio, pero no incómodo.

—No —respondió con suavidad—. No hace falta. Y no quiero que pagues. Yo te invité.

—No es por eso —aclaró ella—. Solo pensé que tal vez…

—Si quieres comer otra cosa, te llevo —interrumpió él—. De verdad. No tengo problema. Solo dime.

Alicia lo observó un segundo más y luego negó con la cabeza.

—Está bien… es solo que yo no suelo venir a estos lugares.

—¿Nunca? —preguntó, genuinamente sorprendido.

—Casi nunca.

Seiran sonrió, como si acabara de encontrar una solución sencilla.

—Entonces vamos a la feria de comida.

Ella frunció el ceño.

—¿La qué?

Él rió.

—Ven.

La llevó unos pasillos más adentro del centro comercial. El espacio se abrió de pronto en una explanada ruidosa, mesas compartidas, olores mezclados: hamburguesas, comida oriental, pizzas, dulces. Gente de todas partes, familias, parejas, adolescentes.




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