Alicia no se cambió de ropa al llegar a su habitación.
Se sentó en la cama todavía con el vestido, dejó el bolso en el suelo y apoyó la espalda contra el cabecero. El cuarto estaba en silencio, apenas iluminado por la lámpara de noche. Su casa dormía.
Sacó el teléfono. No pensó voy a abrir Pinterest. Sus dedos lo hicieron solos.
La aplicación se abrió con una familiaridad casi vergonzosa.
Tableros ordenados. Nombres inocentes.
“Ideas de vestuario”
“Referencias visuales”
“Inspiración estética”
Nada que, visto desde fuera, levantara sospechas.
Entró al primero.
Corsés negros. Guantes largos. Cuellos altos. Encajes. Botas con hebillas. Miradas intensas. Personajes que no pedían permiso. Mujeres que no se disculpaban por existir.
Deslizó el dedo.
Cosplay de enfermeras que no tenían nada de clínicas. Villanas elegantes. Reyes caídos. Héroes con cicatrices. Dinámicas de poder disfrazadas de ficción.
Tragó saliva.
—Dios… —murmuró para sí misma.
No era nuevo. Eso era lo peor.
Siempre había estado ahí. Guardado. Clasificado. Bajo control.
Hasta hoy.
Hasta una moto, una película sangrienta y un chico que dijo “las raras” como si fuera algo valioso.
Se detuvo en una imagen en particular.
Una pareja. Ambos disfrazados. Mirándose como si el mundo no existiera.
Cerró la pantalla de golpe.
Apoyó el teléfono boca abajo sobre la cama, como si pudiera acusarla.
Su madre diría que estaba cansada.
Su abuela diría que era curiosidad.
El abuelo diría que todo deseo es una debilidad mal administrada.
Alicia pasó una mano por su rostro.
—¿Qué demonios acaba de pasar? —susurró.
Pensó en Seiran. En su sonrisa ladeada. En lo fácil que había sido hablar. En lo directo que fue sin ser vulgar. En cómo había visto algo en ella… sin que ella se lo mostrara.
Pensó en Mael. En su mirada contenida. En su preocupación real. En lo que sabía y no decía.
Y por primera vez en mucho tiempo, Alicia sintió algo que no podía clasificar, diagnosticar ni anticipar.
No era miedo. Era expectativa.
Volvió a tomar el teléfono.
Esta vez no cerró Pinterest.
Solo añadió una imagen más al tablero.
Y dejó el celular sobre la mesa, como si así pudiera fingir que no había cruzado nada.
Pero lo sabía.
Esa noche no había descubierto nada nuevo.
Solo había dejado de mentirse.
El celular vibró.
Matt.
Antes de que pudiera escribir ¿pasa algo?, llegó el archivo.
Nota de voz – 1:12
Alicia frunció el ceño y la reprodujo.
Primero, estática.
Luego, el sonido inconfundible de un auto en marcha.
Y entonces, la voz de Mael.
—No, en serio… no lo entiendo.
Alicia se quedó muy quieta.
—¿Qué le ve a Seiran? —continuó Mael, con un tono cansado, casi irritado—. Es… inmaduro. Vive en su mundo. No tiene estructura, ni ambición real.
Una risa breve. No de Mael. De otro hombre.
—Vamos, no exageres. El tipo es guapo. Parece normal.
Mael bufó.
—Se va a aburrir rápido de él. Estoy seguro. No creo que tenga mucho que ofrecerle… es un tipo básico. Ella es demasiado inteligente para un tipo así.
Alicia cerró los ojos.
—¿Demasiado inteligente? —respondió el otro hombre, con un tono ligero, casi burlón—. Vamos, Mael. Eso nunca ha detenido a nadie.
—No hablo de libros —replicó Mael—. Hablo de criterio. De profundidad. No es superficial.
El auto tomó una curva; se escuchó el sonido de las llantas.
—Insisto —dijo el otro—. El tipo es guapo. Eso resuelve muchas cosas.
Mael soltó una risa seca.
—No va a funcionar —afirmó—. No a largo plazo. Ella se va a dar cuenta.
Un segundo más de ruido de motor.
—¿Y tú qué? —preguntó la otra voz—. ¿Te preocupa ella… o te preocupa perder?
Mael no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz estaba tensa.
—¿Perder? Contra el inmaduro estudiante eterno de Seiran. Por favor.