Alicia avanzaba entre el polvo y el ruido metálico de la obra como si cada paso pesara el doble. Esa ala del hospital estaba a medio nacer, un esqueleto de concreto con cables colgando como nervios expuestos, y ella no podía dejar de sentir un nudo incómodo en el estómago. Había arrastrado a Mael hasta allí con la excusa técnica de evaluar cámaras y seguridad.
Necesitaba separarlo del grupo para que le acompañara a ir a ver el hospital, como el encargado de las cámaras, tenía el permiso de inspeccionar incluso las alas que no estaban dentro de la obra. pero ese hombre, era imposible. Permanecía en una esquina, serio, tablet en mano, revisando planos y puntos ciegos. No hablaba si no era necesario. No miraba alrededor más de lo justo. Era como si el caos de la obra no lograra atravesar la muralla de disciplina que lo rodeaba.
Alicia se acercó a Matt y bajó la voz.
—Siempre es así —murmuró, sin dejar de observar a Mael—. Cuando trabaja no existe nada más. Es… correcto. Demasiado correcto.
Matt sonrió, apoyándose en una baranda improvisada, con esa calma suya que parecía no tomarse nada del todo en serio.
—Dale tiempo —respondió—. Deja que el día haga su trabajo. Todos aflojan un poco cuando las horas pasan.
Luego, algo se encendió en su mirada. Ya no era cautela, sino curiosidad alerta, como si una puerta acabara de abrirse en su mente.
—Hagamos tiempo. El tío Madal quiere que averigüemos más sobre Seiran —añadió en voz baja—. No cree que esté trabajando para el alcalde.
Hizo una breve pausa, calculada.
—¿Te escabulles conmigo hasta su tienda?
Ella inclinó la cabeza, pensativa.
—¿Y para quién más crees que podría estar trabajando?
—El alcalde me mandó a marcar en la academia por orden de los Astrid… pero Seiran era quien debía vigilarme — Alzó la vista, con una sombra de inquietud. —Lo curioso es que desde que los Astrid dejaron de estar en el foco, él ya no aparece por la academia. Como si su función hubiera terminado. O como si nunca hubiera sido esa — El silencio se espesó — entonces, ¿por qué sigue buscándote? —continuó— Si los Astrid ya no están en la foto… ¿qué quiere de ti?
La pregunta cayó con peso.
Ella la sostuvo, la giró en su mente. Por primera vez, la idea no le pareció descabellada. Había estado mirando el problema desde un solo ángulo.
Miró a Mael. Estaba concentrado, sereno, casi inaccesible, encapsulado en esa burbuja profesional que lo hacía parecer ajeno a todo… y, al mismo tiempo, peligrosamente atento.
Suspira.
—Está bien —cedió al fin—. Solo un momento.
Se escabulleron entre obreros y andamios, saliendo del hospital como si se deslizaran por una grieta invisible. El contraste fue inmediato: el ruido quedó atrás y la calle los recibió con un murmullo más cotidiano.
Alicia avanzó hasta la tienda de Seiran. Al cruzar la puerta, el lugar la recibió exactamente como lo recordaba: luces tenues, estantes apretados y una atmósfera que parecía susurrar no deberías estar aquí.
Matt caminaba a su lado, rígido, horrorizado, prácticamente aferrado a su sombra.
—Alicia… este lugar parece sacado de una película de terror —susurró—. De las malas. Donde todos mueren.
Ella rodó los ojos. Siempre había sido así.
—Sí, en cualquier momento salen zombis desde el depósito —bromeó.
—No hagas chistes —replicó muy serio—. Especialmente cuando es totalmente posible.
Alicia no pudo evitar reír.
—¿Les ayudo en algo?
Una chica se levantó del mostrador y se acercó a ellos con una sonrisa tranquila.
La chica llevaba un corset negro de estilo victoriano, el cabello lacio, negro, con mechas verdes que caían como veneno elegante sobre los hombros. La falda loli, también negra, combinaba con unas botas que parecían listas para patear almas. Ese estilo, justo el que a Seiran le encanta, ¿Quién era ella?