Herencia de Sangre y Lucha

25

Alicia llegó al hospital, todavía con el recuerdo de la tienda dando vueltas en su cabeza. La entrada estaba silenciosa, pero la presencia de Mael los recibió de inmediato, firme y severa.

—¿Dónde estabas? —preguntó, con la voz dura, los brazos cruzados, como si pudiera detener el tiempo con la mirada.

—Fuimos a dar una vuelta —dijo Alicia, intentando sonar amable y tranquila.

—¿Dar una vuelta? ¿En este lugar? —su tono se volvió más rígido—. Señorita Althen, este hospital no es seguro. Podrían pasar muchas cosas y no quiero problemas con su familia.

Alicia tragó saliva, tratando de calmarse. A pesar de su severidad, necesitaba esa firmeza.

—Lo siento —dijo con voz mesurada—. No volverá a pasar.

Mael permaneció estático, los ojos fijos en ella.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—¿Qué fue lo que hiciste? —Insiste él.

—Te dije que nada.

—Entonces, ¿por qué estás siendo amable sin sarcasmo?

—¿Quieres que sea sarcástica? —preguntó Alicia, ladeando la cabeza con un toque de diversión—. Porque puedo serlo.

Mael suspiró y relajó un poco la postura.

—Si me entero de que hiciste algo durante mi turno, yo…

—¿Qué me vas a hacer? —lo interrumpió Alicia, divertida por su seriedad.

—Bueno… —dudó, como si fuera incapaz de decirlo con firmeza—. Puedo hablar con mi padre para que extienda tus horas laborales.

Alicia no pudo evitar soltar una risa.

—Qué miedo… —bromeó—. Debes ser un mafioso en tus ratos libres.

Mael frunció el ceño, pero no pudo evitar una media sonrisa. La tensión bajó, aunque seguía siendo evidente que no toleraría otra indisciplina.

Ella busca calmarse, a la final lo necesitaba. Matt se había separado a inspeccionar las paredes o lo que fuera. Ella se vuelve acerca a Mael quien estaba viendo su Tablet — ¿Terminaste tu ronda?

—Casi — le dice frustrado — aquí no hay servicio informativo es raro.

—Bueno, le puedo decir a mis padres que coloquen uno —Alicia encogió los hombros, con la naturalidad de quien habla de algo trivial.

La expresión de Mael cambió drásticamente. Se giró hacia ella y la fulminó con la mirada.

—¿Por qué tus padres colocarían uno?

Alicia se mordió el labio, incómoda.

—Es un decir… —respondió, tratando de restarle importancia y empezó a caminar.

Mael comenzó a caminar a su lado, con los puños ligeramente apretados.

—¿Tu familia está pagando esto? —susurró, molesto.

—No sé de qué hablas… no dije nada de eso —replicó Alicia, sintiendo cómo su paciencia empezaba a tensarse.

Él aceleró el paso, acercándose más a ella.

—¿La campaña también la están pagando?

Alicia llegó justo a la puerta del baño.

—Debo entrar, Mael… quiero privacidad.

Respiró profundo al cerrar la puerta, intentando calmarse, pero de repente escuchó el ruido de la puerta abriéndose.

—Este es el baño de mujeres —dijo, sorprendida.

—Mientras el hospital no esté inaugurado, los baños los usa quien sea —respondió Mael con tono firme, cruzando los brazos.

—Bueno… si lo vas a usar… —intentó Alicia, frustrada.

—¡Tu familia está pagando esto! ¿Por qué no se usan los fondos públicos? —estalló él, su enojo evidente—. Se supone que los impuestos deben cubrirlo.

—Sí, eso es lo que lo está pagando, pero mi familia puede ayudar con detalles, Mael —intentó explicarle ella, aun conteniendo su propio enojo.

—No puedo creerlo —resopló él, incrédulo—. Esto es increíble… el alcalde se roba el dinero y una familia de narcotraficantes arregla la ciudad.

Eso la hizo estallar.

—¿Disculpa? ¿Una familia de qué?

—Alicia, todos saben a qué se dedican los tuyos —replicó él, serio.

—Somos dueños de casinos, bares y discotecas —le recordó, molesta por la exageración.

—Sí, claro —resopló Mael, pasando una mano por su cabello—. Odio esto.

—Deberías pedirme disculpas por hablar así de mi familia —dijo Alicia, con la voz tensa.

—No sabía que se pedía disculpas por decir la verdad —respondió él, firme.

—Tú no sabes nada de mi familia —le reclamó Alicia, sus ojos brillando de indignación—. No sabes nada de nosotros. Solo juzgas y nos haces parte del problema. Mael, eso no es correcto.

—No es culpa tuya —dijo él, casi en un susurro, la voz rota de frustración—. Pero es imposible no verlo… todo está podrido, y a veces siento que todos, incluso los que intentamos hacer algo bien, estamos atrapados en esto.

Él se dejó vencer, dejando que sus hombros cayeran un poco.

—Estás siendo grosero —dijo Alicia, cruzándose de brazos, pero suavizando la mirada.




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