Herencia de Sangre y Lucha

26

Madal y Alaric cruzaron los controles de la prisión sin intercambiar palabra. El sonido de las puertas cerrándose tras ellos marcó el ritmo del pasillo: metal, eco y espera. No era la primera vez que pisaban ese lugar, pero sí la primera con ese nombre al final del recorrido.

Michael Natan los aguardaba en la sala de visitas. Tras el vidrio reforzado, el antiguo líder del clan parecía más pequeño, aunque no derrotado. El uniforme gris no lograba borrar del todo la costumbre de mandar.

—Nos tendieron una trampa —dijo apenas se sentaron—. A todos.

Madal no reaccionó. Alaric apoyó ambas manos sobre la mesa, atento.

—Todo empezó con un joven Lunari —continuó Michael—. Se hizo amigo de mi hija. Decía entenderla. Se volvieron novios.

Hizo una pausa breve, como si calculara cada palabra.

—Un año después, ella lo había contado todo.

—¿Sabes el nombre del chico?

El asiente — claro, pero no debes preocuparte por él, lo mandé a matar en venganza.

Alaric y Madal se ven la cara, entonces, no era Seiran y Mael. Habían encargado la misión a otro chico.

—A la final entendimos que no buscaban descubrirnos. Querían sacarnos del mercado.

—¿Para quedarse con él? —preguntó Madal, la voz baja.

—Sí. He escuchado que siguen traficando con niños. Con nuestros viejos clientes. Esta vez alguien diferente está detrás. Mandamos a investigar, pero no hay nombre. No hay rostro.

Madal apretó los dedos contra la mesa.

—¿Y Roger?

Michael levantó la vista.

—Roger era el encargado de conseguir a los niños. Debería estar aquí conmigo —dijo, señalando el lugar—. No sé por qué sigue libre.

Alaric intervino entonces:

—¿Cómo los hicieron caer?

—Llevaban años investigándonos —respondió Michael—. Solo necesitaban atraparnos infraganti para tener la prueba de aprehensión. Aún no hay juicio. Esto recién empieza.

—¿El alcalde? —preguntó Alaric.

Michael soltó una risa seca.

—Sí, tuvo algo que ver. Pero cuando lo interrogaron… parecía manipulado. Como si alguien más estuviera moviendo los hilos.

—¿Los Astrid? —preguntó Madal.

Michael negó despacio.

—No. Alguien nuevo. Alguien que quiere el mercado de Luneth.

Michael hizo una pausa — sabes que ustedes son la siguiente familia, ya no queda más, los Astrid y nosotros ya caímos, solo faltan ustedes.

Alaric lo ve de reojo — tal vez, pero…no se la pondremos fácil.

No hubo más preguntas.

Salieron de la prisión sin mirar atrás. El aire nocturno se sentía más pesado de lo habitual. Ya dentro del auto, Alaric sacó una botella de whisky y sirvió dos vasos sin brindar. Bebieron en silencio, como si escuchar fuera más importante que hablar.

—Los nuevos no son bienvenidos —dijo Alaric al fin—. Pero quien sea… es peligroso. Hacer caer a una familia como los Natan y lograr que el alcalde los entregue no es obra de un aficionado.

Madal dio otro trago, lento.

—Lo de los Astrid no fue coincidencia —continuó Alaric—. Quiero saber qué papel juegan todos.

Giró apenas el rostro.

—Alicia la quiero cerca de esos dos. A ti, cerca de los Lunari. Vamos a hacer una jugada inesperada. Algo que nadie esté esperando.

Madal frunció el ceño.

—¿Desde dónde?

—Desde donde siempre debió hacerse —respondió Alaric—. Es momento de tomar el poder desde donde corresponde.

—¿De qué hablas? —preguntó Madal, llevándose el vaso a los labios.

—Ya no podemos confiar en el alcalde —dijo Alaric—. Está siendo manipulado, y no sabemos por quién. Así que necesitamos un nuevo orden. Recuperar el sistema desde dentro.

Madal lo miró con atención.

—Vamos a lanzar nuestro propio candidato a la alcaldía.

El silencio volvió a caer, denso.

—¿Quién? —preguntó finalmente.

Alaric esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible.

—Nuestro niño inteligente y bonito… Matt.

Madal soltó una risa baja.

—Eso va a ser interesante de ver.

El humor se disipó tan rápido como había aparecido.

—Siento asco por Michael Natan —dijo Madal, con una mueca—. Un abusador de niños.

—Yo también —respondió Alaric—. Por eso pagué para que esta noche lo maten.

Madal lo miró. No hubo sorpresa. Tampoco objeciones.

—No somos moralistas —continuó Alaric—. Pero incluso en un mundo sin moral… hay reglas.

El auto permaneció inmóvil, con el motor apagado. Afuera, la ciudad seguía su curso, ajena a la decisión que acababa de tomarse en ese asiento trasero. Una decisión que, tarde o temprano, iba a tocar a todos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.