Herencia de Sangre y Lucha

28

La jornada de salud en la academia infantil Lunari avanzaba entre dibujos torcidos pegados en las paredes, risas espontáneas y niños que entraban y salían con curitas imaginarias. Alicia revisaba fichas médicas, escuchaba pulmones diminutos y repetía con paciencia infinita que las vacunas no mordían.

En un momento, se levantó.

—Vuelvo enseguida —avisó, camino al baño.

Al pasar frente a uno de los salones, redujo el paso.

Dentro, Mael estaba dando clase.

O, al menos, su versión muy particular de una clase.

El uniforme de profesor Lunari, consistía en una camisa polo azul profundo con cuello, y un pantalón del mismo color. ,Mael tenia su cabello castaño algo alborotado mientras hacia caras a los niños quienes se reían.

La academia infantil tenia niños desde los 6 años hasta los 12, que era cuando pasaban a la academia de secundaria. Ella recordaba sus años allí, era una etapa relajada, colores, plastilinas, bloques. Pero nunca tuvo un profesor que la hiciera reír tanto como Mael a esos niños.

Alicia se quedó mirando un segundo de más.

Mael alzó la vista y la atrapó espiando.

No interrumpió la actividad. Solo le regaló una sonrisa breve y amable, de esas que no hacen ruido… pero descolocan. Alicia sintió el calor subirle al rostro, bajó la mirada y siguió caminando como si nada, preguntándose que tenia el que le resultaba tan encantador.

Cuando regresó, se obligó a concentrarse. La jornada continuó sin sobresaltos. Al final, cerraron fichas, ordenaron mesas y despidieron a los niños.

Mientras Alicia guardaba su material, Mael se le acercó.

—Entonces —preguntó—, ¿cómo salió todo?

Llegó hasta ella con una carpeta en mano y la otra en su bolsillo. Ella lo miro con ganas de odiarlo, enserio se esforzó en hacerlo, pero no pudo.

—Bien —respondió ella—. Había varios médicos, así que avanzamos rápido. Por suerte, lo peor que encontré fue un resfriado. Y todos los niños están vacunados.

Antes de que él respondiera, una niña se acercó corriendo y le tiró suavemente de la manga.

—Profe Mael —dijo, extendiéndole un papel.

Era un dibujo. Mael, con una capa exagerada, acompañado de varios niños, todos luchando contra figuras oscuras que parecían monstruos… o algo peor. Detrás, la ciudad.

Alicia se enterneció sin querer.

Mael se agachó a la altura de la niña.

—Gracias —dijo con una sonrisa genuina—. Me hiciste quedar muy guapo. Esto es generoso de tu parte.

La niña se fue feliz, saltando.

Mael volvió a mirar a Alicia.

—Parece que eres el profesor favorito — dice ella en broma.

—No me gusta alardear, pero si — ambos se ríen juntos.

—En agradecimiento —retomó—, quiero invitarte a comer algo.

—No hace falta —dijo ella, automática—. Era mi trabajo.

—Insisto —respondió él, tranquilo—. Soy un hombre agradecido. Y tú cumpliste.

Alicia lo miró, luego el dibujo aún en su mano.

Dudó apenas un segundo.

—Está bien —aceptó al fin— voy a aceptar si me dices por que me ayudaste con la mantequilla de maní.

Este frunce el ceño

—Alicia, enserio no tengo idea de lo que me estas diciendo.

Ella suspira ve de reojo a todas partes y concluye que ese hombre esta siendo vigilado.

—Bien, vamos a comer algo.

Mael asintió, satisfecho, y Alicia tuvo la incómoda certeza de que odiarlo iba a ser mucho más difícil de lo que había imaginado.




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