—Este carro huele a esfuerzo y crédito bancario — dice ella colocándose el cinturón de seguridad.
Este le hace una mueca de fastidio, aceptando su burla — un perfume que desconoces.
—Pero reconozco.
El asiente de manera divertida — solo por tu comentario, yo voy a elegir el lugar.
El carro empezó a avanzar entre el trafico de Luneth — pensé que siempre eras serio, ahora veo que es solo conmigo.
—No te creas especial, soy un hombre de pocas palabras.
Ella se carcajea — tienes una sonrisa hermosa, lastima que no la uses siempre
Este se sonroja — Alicia, ¿si sabes que yo voy a pagar? Lo digo por que no tienes que adularme.
Llegaron finalmente a un museo — en este lugar esta mi restaurante favorito, hacen la mejor comida de la ciudad.
—Interesante
Se bajan frente al museo casi al mismo tiempo.
Alicia alza la vista, recorriendo el edificio con una ceja arqueada. El nombre del artista está grabado en piedra; esculturas imposibles y muros que respiran diseño e intención.
—No sabía que eras de museos —dice, cruzándose de brazos—. Te tenía más como de bibliotecas y comidas en oficinas deprimentes.
Mael sonríe, ladeado.
—Me subestimas.
—No —corrige ella—. Te imagino cómodo en lugares donde el café sabe a castigo.
—También voy a esos —responde—. Pero no traigo a cualquiera.
Ella lo mira de reojo.
—Qué alivio. Ya empezaba a preocuparme por tu criterio.
—Dame diez minutos —dice él, avanzando hacia la entrada—. Luego puedes seguir juzgándome con fundamento.
—Ven.
Alicia duda un segundo, luego lo sigue.
Demasiada confianza para alguien que prometió solo comida.
Llegan al área de cocina.
—¡Tadán! —anuncia Mael, satisfecho.
Ella frunce el ceño.
—No entiendo.
—Es un restaurante con concepto hazlo tú mismo. Cocinamos.
Alicia lo mira como si hubiera pronunciado una blasfemia.
—Mael, tengo hambre. He trabajado todo el día. Estoy cansada. ¿Y ahora debo cocinar? Esto es un pésimo concepto.
Él se ríe, genuino.
—Yo cocino, floja.
—Te odio un poco.
—Lo sé. Siéntate.
Le asignan un espacio especial. Alicia se deja caer en la silla mientras Mael le pide algo de tomar. Lo observa arremangarse la camisa, colocarse el delantal. Cuando apoya ambas manos en la mesa y la mira fijo… demasiado fijo… ella parpadea.
—¿Qué haces?
—Descifrando qué te gustaría comer.
—En este momento —dice ella—, algo ya listo, preparado por un chef… o por Lotti, me da igual. Con que no lo haya hecho yo.
—Perfecto —responde—. Entonces te voy a preparar un guiso de pollo, arroz y una ensalada decente.
—Eso suena a que me voy a morir antes.
—Bebe tu jugo.
Empieza a limpiar el pollo con seguridad.
—Y para que conste —añade—, no cocino para cualquiera. Solo mi madre y una novia probaron mi pollo guisado.
Alicia sonríe, peligrosa.
—Me siento honrada. Háblame de esa novia. ¿Por qué te dejó?
Mael se queda quieto. Un segundo exacto.
—¿Por qué asumes que ella me dejó?
—Créeme —dice ella—. Tengo mis razones. ¿No fue así?
—Sí, me dejó —admite—. Decía que estaba demasiado entregado a mi trabajo. Olvidaba citas, aniversarios… ahora que lo pienso, debió hacerlo antes.
Sonríe, liviano.
—¿Y tú? ¿Qué excusa usas para estar sola?
—No es una excusa. Es difícil tener una relación cuando estás casada con tu trabajo.
—¿Los casinos o la medicina?
—Eso fue un ataque.
—Pequeño —concede—. Pero sí.
Revuelve la sartén con calma, como si el mundo no estuviera a punto de incendiarse entre ellos.
—Entonces —pregunta sin mirarla—, ¿cómo fue tu vida en la ciudad cuando llegaste?
Alicia se reclina en la silla.
—¿Curiosidad genuina o solo necesitas conversación mientras cocinas?
—Ambas pueden coexistir. Soy complejo.
—Eres insoportable.
—También. Pero contesta.
Suspira.
—Llegué a los catorce. Sola.
Mael se detiene apenas. Lo justo para que ella lo note.
—Eso es… temprano.
—La ciudad no pide documentos para comerte viva —dice—. Empecé a trabajar casi de inmediato.