Salen del museo cuando el sol ya empieza a inclinarse. La luz dorada se cuela entre los árboles y Mael camina un poco delante de ella, como si ya tuviera decidido el siguiente movimiento.
—No creas que esto termina aquí —dice—. Una comida no salda una deuda tan fácil.
—Me preocupa que tengas un concepto muy laxo de las deudas —responde Alicia—. ¿Qué sigue?
Mael se detiene frente a un pequeño puesto.
—Helado.
Ella entrecierra los ojos.
—¿Me estás sobornando con azúcar?
—Con helado de manzana.
Eso la desarma apenas. Apenas.
—Vaya… —sonríe—. Está claro que alguien me memorizó.
Mael se ríe mientras pide uno grande, exageradamente grande, y se lo entrega.
—No te emociones. Fue un cálculo estadístico.
—Claro —dice ella—. Porque soy hermosa y predecible.
—Hermosa, sí —contesta sin pensar—. Lo otro está en discusión.
Alicia lo mira de reojo, divertida, y se dirige a una mesa del parque junto al museo. Alrededor hay familias, niños corriendo, risas, perros. El día empieza a despedirse con calma.
Ella se sienta y da la primera cucharada al helado.
—¿Quieres? —le ofrece, extendiéndolo.
—No como azúcar.
—Qué aburrido.
Mael alza una ceja.
—¿Aburrido?
—Sí. Muy… responsable.
—Alguien tiene que serlo.
—No Seiran —dice ella sin pensar, disfrutando otra cucharada.
Mael se queda quieto.
—Ah —dice—. Así que Seiran.
Alicia sonríe, notándolo.
—¿Eso fue celos?
—Fue curiosidad.
—Ajá.
—¿Qué le viste? —pregunta, apoyándose en la mesa—. Tiene pinta de ser básico.
—No—responde ella—. Es distinto a los hombres que suelen gustarme.
—¿Y qué tipo de hombres te suelen gustar?
Alicia lo observa unos segundos, evaluándolo.
—Los que no creen que pueden descifrarme en una tarde.
Mael sonríe, ladeado.
—Entonces definitivamente no soy tu tipo.
—Definitivamente no —dice ella… y vuelve a ofrecerle el helado—. ¿Seguro que no quieres?
Él la mira. A ella. Al helado. A la sonrisa provocadora.
—Si pruebo eso —dice—, no voy a detenerme. Algo me dice que me podría pasar lo mismo contigo.
Sus miradas se entrelazan en un momento de tensión simultanea
— puedes relajarte y vivir un poco, no todo tiene que ser una misión.
Ella se relaja y come un poco de su helado sabor a nostalgia.
—Te estás derritiendo —dice Mael.
Ella sonríe de lado, sin mirarlo.
—¿Emocionalmente? —responde—. Puede ser. Es fácil hablar contigo.
Mael suelta una risa breve.
—No —dice—. Me refiero a que realmente te estás derritiendo.
Alicia frunce el ceño.
—¿Qué?
No le da tiempo a reaccionar.
Mael se inclina apenas hacia ella y, con un gesto casi distraído, le limpia con el pulgar una gota de helado que resbalaba por la comisura de los labios.
Es rápido. Natural.
Como si lo hubiera hecho mil veces… aunque no debería.
Alicia se queda quieta.
No se aparta.
No bromea.
Solo parpadea una vez.
—Ah —murmura—. Eso.
—Eso —confirma él, retirando la mano—. El helado.
—Pude haberlo hecho yo.
—Lo sé.
El silencio que queda es distinto. Más cargado.
—Deberías tener cuidado —dice, intentando recuperar ligereza—. Das señales confusas.
—¿Confusas?
—Sí. Podría pensar que eres… considerado.
Mael sonríe apenas.
—No te conviene pensar eso.
Ella alza la vista. Sus miradas se sostienen un segundo más de lo necesario.
Alicia da la última cucharada al helado y deja el envase a un lado. Se limpia los dedos con calma, demasiado consciente de la mirada de Mael.
—Gracias por la comida —dice—. Y por el helado.
—¿Eso es todo? —pregunta él—. ¿La deuda quedó saldada?
Ella lo observa unos segundos, evaluándolo. Luego se inclina un poco hacia él, invadiendo ahora su espacio.