Herencia de Sangre y Lucha

33

Seiran no esperó respuesta. Dejó las bebidas sobre la mesa como quien marca territorio y arrastró una silla para sentarse, cómodo, descarado, como si no acabara de irrumpir en algo frágil. Mina alzó las cejas, divertida, y decidió salvar el ambiente antes de que se rompiera del todo.

—Mira tú —dijo, levantando el vaso—. Invitaciones sin consentimiento.

—Eficiencia —respondió Seiran, chocando su cerveza con la de ella—. Funciona más veces de las que admitiría.

Alicia no brindó. Lo miró fijo, desafiante.

Luego recordó la voz de su abuelo, grave, paciente. El consejo que siempre llegaba cuando la rabia pedía escena. No te pelees con quien aún necesitas. Así que respiró, aflojó los hombros y sonrió. Una sonrisa medida. Cooperativa. Peligrosa.

Las horas avanzaron sin prisa. Mina y Seiran bebían como viejos camaradas, intercambiando historias de misiones, nombres en clave, lugares donde el peligro tenía formas absurdas. Alicia escuchaba, reía en los momentos correctos, aprendía silencios. El bar se fue vaciando y Mina se fue soltando, risa fácil, palabras torcidas.

Cuando Mina empezó a apoyarse demasiado en la mesa, Alicia decidió que era hora de irse. Tomó las llaves del carro de esta y como pudo la llevó tambaleante. Al subirse, Alicia decidió conducir, en parte por que Mina no podía en esas condiciones y sobre todo porque no confiaba en Seiran. Mina dictaba direcciones entre risas, equivocándose de calles, corrigiéndose tarde. Al llegar, la puerta se abrió antes de que tocaran.

El novio de ella las recibió con una serenidad antigua. Rondaba los cincuenta, apuesto de una forma clásica, de esos hombres que te vuelven loca cuando hablan, te miran, pero nunca de manera obvia. El cargó a Mina con cuidado, como si el mundo pudiera romperla.

—No sabía que tenía amigas —dijo, sonriendo.

—No lo somos —respondió Alicia—. Es una historia rara.

Él asintió, y se despidió con un gesto amable. La puerta se cerró. La calle quedó en silencio.

Alicia empezó a caminar. La zona en la que vivía Mina con su novio era bastante buena, quedaba a unas cuadras de su casa. Seiran la siguió. Las luces eran pocas, el aire fresco. Durante unos pasos no hablaron.

—Estaba esperando este momento —dijo él al fin—. Quería explicarte lo de Xandra.

Alicia no se detuvo.

—Más te vale que sea una buena explicación —respondió.

Seiran la miró de reojo. Por primera vez en la noche, su descaro pareció ceder un poco.

—No suelo tener relaciones serias —dijo—. Xandra es… una de las chicas con las que tengo encuentros espontáneos.

Alicia no giró la cabeza. Siguió mirando al frente.

—No tendría que explicarte nada —continuó él—. No somos novios. No te debo explicaciones.

Hizo una pausa breve, lo justo para que ella pensara que ahí terminaría.

—Pero me gustas. En serio. Y por eso quería que supieras que, si quisieras algo conmigo, estoy dispuesto a borrar esa lista. Ser exclusivo.

Alicia se detuvo en seco.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

Ella soltó una risa corta, incrédula.

—Usualmente el hombre que no se conforma con una, nunca lo hace —dijo—. Por más que le guste alguien.

Seiran también se detuvo. La miró con calma, sin ofenderse.

—Tú no sabes nada de mí —respondió—. Tampoco puedes afirmar que soy un mujeriego.

Alicia cruzó los brazos.

—¿Ah no? Entonces dime por qué andas con tantas mujeres.

—Porque esas mujeres saben exactamente quién soy —dijo él—. Saben que no hay nada serio. No les miento. No les prometo cosas que no voy a cumplir.

Ella lo observó, evaluándolo, como si buscara una grieta.

—¿Y conmigo?

—Contigo tampoco estoy mintiendo —respondió Seiran—. No te estoy pidiendo nada. Solo te estoy diciendo la verdad.

El aire entre ellos se tensó de otra forma, menos hostil, más peligrosa. Alicia volvió a caminar, esta vez más despacio.

—Eso no te hace mejor —dijo—. Solo más honesto.

Seiran esbozó una sonrisa leve.

—Nunca dije que fuera mejor. Solo distinto de lo que crees.

Alicia apretó los labios. No tenía una respuesta inmediata, y eso la irritó más que cualquier mentira. La calle siguió tragándose sus pasos mientras ambos entendían, sin decirlo.

Seiran se detuvo —Tú y yo guardamos secretos —dijo—Muy dentro. Cosas que nadie más conoce. Cosas que no están en un expediente ni en un informe Lunari.

Alicia lo miró de reojo, alerta.

—Lo supe en la cita —continuó él—. No eres de las que hacen las cosas solo para complacer a alguien. No te acomodas para gustar. Eso…

Buscó la palabra, sin dramatismo.

—Eso me llena de emoción.

Ella frunció el ceño, incómoda con la precisión.




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