Herencia de Sangre y Lucha

36

La plaza estaba viva de una forma incómoda.

Alicia avanzó junto a Matt entre banderas que se golpeaban en el aire, consignas superpuestas y miradas que ya no intentaban disimular nada. El día de la inscripción de campaña había convertido el corazón de Luneth en un campo abierto: música distorsionada, gritos que competían entre sí, símbolos políticos alzados como advertencias silenciosas.

No era un evento político.

Era una demostración de fuerza.

Los bandos estaban claramente marcados.

Los seguidores del alcalde actual formaban bloques compactos, vestidos con los colores oficiales, flanqueados por guardias que fingían neutralidad mientras calculaban distancias y reacciones.

Los de Millan eran menos ruidosos, pero más peligrosos. Sonrisas medidas, murmullos precisos, ojos atentos, como si tomaran nota de cada gesto para usarlo después.

Y los de Matt…

Alicia los reconoció al instante. No eran mayoría. Nunca lo habían sido. Pero eran el peso real de la ciudad: empresarios, herederos, directivos, familias antiguas. Los estudiantes de la Academia Luneth, impecables, alineados como una promesa de continuidad.

No representaban al pueblo.

Representaban a quienes movían los hilos.

Alicia hizo lo que siempre hacía en situaciones así: observar.

Lo vio primero a él.

Seiran estaba entre los partidarios del alcalde. No sostenía pancartas ni gritaba consignas. No lo necesitaba. Su presencia bastaba. Relajado, como si aquel caos no lo tocara. Cuando sus miradas se cruzaron, inclinó apenas la cabeza y le dedicó una media sonrisa peligrosa. Luego, descarado, le guiñó un ojo desde la distancia.

—Un Lunari en la zona sur —murmuró su padre al oído—. Ya decía yo que tu chico tenía algo raro.

—No sabemos si vende drogas —respondió Alicia, en voz baja.

—¿No lo sabemos? —rió suavemente—. No sé a quién saliste tan ingenua. Eso no lo aprendiste en casa.

Alicia soltó una risa breve, sin humor.

Unos metros más allá estaba Mina.

Rodeada de su familia, todos con insignias de la campaña de Matt. Su postura era firme, desafiante, como si hubiera esperado ese día durante años. Cuando vio a Alicia, alzó el mentón en un gesto cómplice, casi protector.

—Jamás pensé verla apoyando algo de mi familia —susurró Alicia.

—Los Torres no pueden permitirse que nuestro poder caiga —respondió su padre—. Si cae el nuestro, cae el de ellos.

Alicia frunció el ceño.

—Pero no es solo por cargos, ¿o sí?

—¿Cargos? —rió—. El novio de Mina es uno de nuestros principales vendedores en la zona este.

Alicia apretó los labios.

—El amor lava el cerebro.

—Y compra silencios.

Entonces lo sintió antes de verlo.

Mael.

Estaba con el grupo de Millan. Quieto. Sobrio. Observando. No hablaba con nadie. No necesitaba hacerlo. Sus ojos estaban clavados en ella desde el momento en que puso un pie en la plaza.

No había reproche en su mirada. Había algo peor. Preocupación.

Alicia le sonrió apenas. Él respondió del mismo modo.

Apartó la vista con esfuerzo. Aquello no era personal. No podía serlo. No hoy.

Estaban en medio de una guerra de poder. Todos querían un pedazo de Luneth. De sus contratos. De sus residuos. De su silencio.

El alcalde subió a la tarima entre aplausos ensayados.

No eran espontáneos. Eran disciplinados. Un aplauso que conocía su momento exacto para empezar y terminar.

El hombre acomodó el micrófono con la tranquilidad de quien lleva años haciéndolo. No había nervios en su gesto, solo costumbre. Poder sedimentado.

—Ciudadanos de Luneth —comenzó—, hoy no me presento solo como su alcalde, sino como el guardián de una ciudad que ha sabido mantenerse firme cuando otras han caído.

Las banderas oficiales se alzaron. Los suyos respondieron.

—Durante años he estado al frente de esta administración —continuó—, protegiendo nuestra soberanía, nuestras fronteras económicas, nuestra identidad. Aquí nunca ha faltado pan, ni trabajo, ni orden.

Alicia sintió el peso de la palabra orden caer como una sombra larga.

—Luneth ha sido, es y seguirá siendo una ciudad modelo para todo el país —afirmó—. Mientras otras regiones se desmoronan por decisiones irresponsables, nosotros hemos crecido. Hemos prosperado.

El alcalde sonrió. No una sonrisa cálida. Una sonrisa de propietario.

—¿Hemos cometido errores? —alzó las manos, en gesto magnánimo—. Claro que sí. Pero los errores del pasado no nos debilitaron. Nos hicieron más fuertes. Más cautos. Más unidos.

Los aplausos volvieron, más fuertes.

—Gracias a esas decisiones difíciles, Luneth es hoy la mejor ciudad de la nación. Y conmigo al frente, lo seguirá siendo.




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