Herencia de Sangre y Lucha

38

Cuando el evento terminó, la plaza quedó suspendida en un murmullo espeso. Nadie se iba del todo. Como si todos supieran que algo más iba a estallar.

Alicia sintió la presencia antes de escucharlo.

—¿Qué fue eso? —la voz de Mael llegó tensa, sin saludo—. Lo que dijo Matt. Eso fue un montaje.

Ella se giró de golpe.

—¿Perdón?

—Gente viviendo en la basura —continuó, ya sin bajar la voz—. En Luneth. Es imposible. Y tú lo sabes.

—No solo es posible —replicó Alicia—. Es real.

Mael negó con la cabeza, irritado.

—Claro. Ahora resulta que justo en campaña aparece el drama perfecto. Fotos, testimonios, lágrimas… votos comprados con miseria.

Los ojos de Alicia se endurecieron.

—No te atrevas.

—¿A qué? —espetó—. ¿A decir que tu familia está usando esto? ¿Que están exagerando, manipulando, acomodando la verdad para quedar como salvadores?

—Es verdad —dijo ella, dando un paso al frente—. Y me enfurece que tu moral de vitrina te esté dejando ciego.

—Mi moral no está en venta —gruñó Mael—. A diferencia de la tuya.

El golpe fue directo.

—¿Sabes qué es lo que te molesta? —dijo Alicia, con la voz vibrando de rabia—. Que esta vez no puedes mirar a otro lado. Que no es una historia cómoda sobre mafias, son personas reales a quienes nunca se les ayudó.

Mael apretó los puños.

—La explotación minera siempre ha sido territorio de mafias. No me vengas con cuentos.

—Eso es lo que te han hecho creer —lo cortó ella—. Y tú tía se ha encargado de repetírtelo hasta que lo confundiste con verdad.

Alicia dio un paso más hacia él. Ya no estaba midiendo palabras.

—Te está enviando a tumbar mafias como los Astrid o los Nathan porque eres manipulable —dijo, directa, cruel—. Porque así ella no los tiene como enemigos. Porque el golpe lo das tú.

Mael la miró como si acabara de cruzar una línea invisible.

—Eso es mentira.

—No —replicó Alicia, alzando la voz—. Es estrategia. Tú ya estás fichado, Mael. Y no por las razones nobles que te vendieron.

Él apretó la mandíbula.

—No sabes de lo que hablas.

—Sé exactamente de lo que hablo —insistió—. Esas personas no pierden. No perdonan. ¿Has pensado en tu familia? ¿En tus padres? Ellos no están en esta guerra, pero pueden pagarla.

Mael dio un paso atrás, alterado.

—¿Eso es una amenaza?

—¡No! —le gritó—. ¡Es una advertencia! No te ciegues. No te sacrifiques por alguien a quien no le importas.

—Mi tía no es así —respondió Mael, furioso—. Tú no sabes nada de ella.

Alicia sostuvo su mirada, implacable.

—Sé lo suficiente —dijo—. Sé que todos ustedes son piezas del mismo juego. Y tú, con esa obsesión ridícula por hacer lo correcto, eres la pieza más fácil de mover.

—El mensaje fue claro —dijo él, casi escupiendo las palabras—. Luneth no tolera más narcotráfico.

Alicia soltó una risa corta, venenosa.

—¿Y la pobreza? —preguntó—. ¿Dónde entra en tu cruzada moral? ¿O eso no da aplausos?

Él se quedó en silencio un segundo.

—Mi familia construyó escuelas —continuó ella—. Hospitales. Comedores. ¿Dónde estaba tu tía mientras tanto?

—No sabes cómo funciona esto —respondió él—. Tú solo ves números.

—Y tú solo ves consignas —contraatacó—. ¿De dónde va a salir el dinero para ayudar a esa gente? ¿De discursos?

Mael dio un paso hacia ella.

—Estás siendo injusta.

—Estás siendo un niño —le dijo, sin bajar la voz—. Y por eso te están usando.

El aire entre ambos se volvió áspero.

—Te están investigando a ti —añadió— No a ella ¿Nunca te preguntaste por qué?

El silencio que quedó fue denso, cargado de todo lo que ninguno estaba dispuesto a ceder, ya no discutían por Luneth. Pero parecía que aún no sabían por que estaban discutiendo.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —la voz de Seiran cortó el aire, cargada de celos mal disimulados—. Estás armando una escena.

Alicia giró hacia él, irritada.

—No me marques —respondió ella sin bajar el tono—. Si quieres que esto funcione entre nosotros, no me digas qué hacer.

Mael los miró a ambos, incrédulo.

—¿Que funcione? —repitió—. ¿De qué estás hablando?

Seiran sonrió, tenso, casi desafiante.

—De que somos novios.

Alicia chasqueó la lengua.

—Estamos viendo —corrigió—. No pongas palabras que no he dicho.

Mael soltó una risa breve, amarga.




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