Dentro de la camioneta, el ruido del exterior quedó atrás cuando las puertas se cerraron. La luz del día entraba por el parabrisas, dejando al descubierto cada gesto, cada silencio mal disimulado.
Seiran miraba al frente, rígido. El labio partido seguía húmedo, recordatorio reciente de algo que no había sabido controlar.
—Estás tenso —dijo Alicia, con una suavidad casi provocadora.
Él exhaló por la nariz.
—No me gusta cómo te mira —hizo una pausa — mentira, lo que más me fastidia es como lo miras tu.
—No sé lo que ves, pero Mael me saca de quicio.
—Eso suena a que te gusta y no lo quieres admitir.
—Mirate — Acaricia su rostro — déjame curarte.
Alicia abrió el botiquín y se inclinó hacia él. No tenía prisa. Se tomó su tiempo, como si cada centímetro que acortaba fuera intencional.
—Seiran —dijo mientras preparaba el algodón— te prometí una oportunidad, debes confiar en mí. Antes de que llegaras Mael y yo discutíamos por que llamaba narcotraficantes a mi familia. No es amor lo que vistes, es rabia.
—Pero algo te provoca —murmuró él, sin mirarla—. Y no saber qué es… me molesta. No creo que Mael sea el primero en decir eso de tu familia, ¿Por qué te molesta lo que el opine?
Ella se detuvo un segundo, lo justo para que él la mirara.
—Porque… es mi familia, no me gusta que los ataquen de una manera injusta.
La pregunta le dio directo. Tragó saliva.
—No quiero ser el tipo que desconfía —admitió—. Pero tampoco quiero ser el imbécil que se esfuerza en ser el correcto, mientras estas enamorada de otro.
Alicia se acercó aún más y apoyó el algodón en su labio.
—Entonces no te esfuerces…solo sé tú.
—Arde —dijo él, pero ya sonaba menos rígido.
—Pensé que eso te podría gustar—respondió ella.
Provocando una sonrisa en él que lo obligó a sonrojarse solo un poco.
Sus dedos eran precisos, pero su cercanía tenía algo juguetón. Cada vez que él se tensaba, ella sonreía apenas, como si supiera exactamente qué botones estaba tocando.
—¿Te gusta que Mael esté cerca? —preguntó él, sin rodeos.
—Me gusta que tú estés aquí —corrigió ella—. Lo otro es ruido.
El espacio entre ambos se volvió estrecho, cargado, casi eléctrico. No hizo falta decir nada más. Lo miró un segundo, con una chispa peligrosa en los ojos, y sin pensarlo coloca el algodón de lado y con sus labios besa la herida
—Para que no te duela — dice ella con algo de picardía.
Seiran se estremece.
—Eso es algo…que no debiste hacer.
—Me gusta hacer esas cosas…y contigo, ¿puedo?
Seiran tomó su mano, la miró un instante, y con una media sonrisa ladeada se acerca hasta ella y le da un beso, al inicio ambos dudaban, pero entre lo suave y cálido, empezaron a ceder. Poco a poco el calor subió a las mejillas de Alicia, sintiendo un extraño frio en su interior, que la paralizaba, pero no la detenía. El seguía con las manos estancadas, como quien no quería avanzar más de la cuenta
Ella se separa y lo ve directo a los ojos —Puedes perderme el respeto un poco, te doy permiso.
Este se empieza a reír, como si no esperaba eso
—Conmigo puedes hacer lo que quieras, pero no soy un hombre de carros. Soy un hombre de todo, pero los carros me resultan incomodos y claustrofóbicos.
Alicia tomó su mano, la apretó suave y le da otro beso, buscando que se calme un poco, ella no sabía si era mujer de carros, nunca había hecho nada en uno, pero en ese momento, sentía Seiran cerca de ella, como si fuera realmente un divertido complemento.
De manera abrupta la puerta del conductor se abre, dejando ver a un Madal enojado.
—Alicia.
La voz de su padre cortó el aire como una hoja afilada.
Ambos se separaron de inmediato.
—Necesito hablar con los dos —dijo él, firme, sin elevar el tono.
El silencio volvió a caer, más pesado que antes.
—Te quiero inmediatamente en la casa, a ti y a tu…espero que novio.
Cierra con fuerza la puerta y la deja pálida, Madal no se interesaba en su vida privada, pero cuando se interesaba, el panorama era…peligroso.
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Editado: 02.02.2026