La campaña en la zona sur avanzaba entre aplausos cansados y promesas recicladas. Pancartas torcidas, rostros hundidos por el polvo y la resignación. El alcalde caminaba delante, saludando con la mano ensayada de quien no mira a los ojos, mientras Seiran iba un paso atrás, anotando mentalmente cada esquina.
—Es importante rastrear bien las zonas —dijo el alcalde, sin bajar la voz—. La gente quiere sentir que estamos presentes.
Seiran asintió. Presencia no era lo mismo que ayuda, pero no lo dijo.
El recorrido terminó en el hospital del sur.
El edificio era grande, gris, con ese olor que no pertenece solo a la medicina. Desinfectante mezclado con óxido, sudor viejo y algo más… algo que no se iba ni con cloro. Caminaban por pasillos largos, demasiado silenciosos para un lugar lleno de gente. La obra se había paralizado, el alcalde no dio los permisos para seguir, no le convenia tener a nadie que no fuera del equipo allí, y sabia por qué.
Seiran los vio antes de que el alcalde dijera nada.
Personas esposadas a las camas. Tobillos marcados. Muñecas amoratadas. Algunos respiraban con dificultad. Otros no se movían en absoluto. Una mujer joven tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, como si hubiera decidido marcharse sin cerrar nada.
Seiran sintió el estómago girar, odiaba ir a ese lugar.
—No mires tanto —dijo el alcalde, con fastidio—. Te distraes.
Siguieron caminando.
—Aquí traemos a los que llegan nuevos —continuó.
Seiran sabía.
Bajaron por una escalera de servicio hasta un depósito amplio, frío, lleno de cajas apiladas con etiquetas falsas. El alcalde abrió una de ellas con naturalidad.
Droga.
Lotes y más lotes. Polvo grisáceo, pastillas mal prensadas, ampollas sin marca.
—Tenemos un pequeño problema con la calidad — dice Seiran—. Nada grave.
Observó los sellos, los colores, el olor.
—La gente se está quejando —dijo—. Los efectos pasan rápido. Provoca dolores de cabeza.
El alcalde soltó una risa seca.
—Es porque se está fabricando en una zona de residuos. Está contaminada. Pero no podemos hacer nada.
—¿Por qué?
—Porque ese señor está muy sensible —respondió—. Y yo le debo mucho dinero.
Cerró la caja.
—Él pagó el operativo contra los Astrid y los Natan. Sin eso, yo no estaría aquí. Ahora necesito efectivo. Ya.
Seiran tragó saliva.
El alcalde siguió caminando, como si nada.
—Por cierto —dijo de pronto—, ¿por qué te peleabas con Mael?
Seiran alzó una ceja.
—Es un entrometido. Le gusta pinchar. Siempre quiere ser el mejor.
—Claro —asintió el alcalde—. Por eso te mandé a la misión con la chica Althen. Necesitábamos algo que usar en su contra.
Seiran se detuvo.
—Mael está limpio.
El alcalde también se detuvo. Luego sonrió.
—Ese es el problema.
Seiran no respondió.
—Millán está usando gente sin antecedentes —continuó—. Caras nuevas, expedientes pulcros. Eso no sirve. La misión es simple: crearles antecedentes. Empezar a vincularlos a cosas gordas.
—¿Cómo? —preguntó Seiran—. Mael es muy cauteloso.
—Mael tal vez —concedió—. Pero Millán no.
Se inclinó un poco hacia él.
—Si ella cae, todos los que están con ella caen también.
Algo se tensó dentro de Seiran.
No dijo nada, pero su mandíbula se endureció.
Incluso en su guerra con Mael, lo respetaba. Un Lunari intachable. Romper esa imagen de manera injusta no era estrategia. Era basura.
—¿Y Alicia? —preguntó el alcalde, cambiando de tema—. ¿Cómo va eso?
Seiran dudó un segundo.
—Avanza. Pero es recelosa. No habla con facilidad. No cae rápido como la hija de los Astrid o la de los Natan.
El alcalde chasqueó la lengua.
—Entonces hazla caer.
Seiran lo miró.
—Embarázala. Arrincónala. Haz que entregue a su familia.
El alcalde suspiró.
—Ya los Althen nos dieron un codazo y nos están sacando de la escena, con ese niño mimado y bonito de Matt. Podría estar tranquilo, nadie confía en ese chico, pero no es cierto, con los escándalos en mi contra y los Astrid sin ayudarme en las elecciones, no tengo mucho que ganar. Ya sé que si me voy no consigo nada de los Althen, pero aun puedo conseguir algo de Millan.
Seiran sintió una náusea distinta, más fría.
—No es tonta —dijo—. Alicia no es tonta.
—Entonces tendrás que hacerla tonta—respondió el alcalde, sin pestañear.
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Editado: 02.02.2026