Herencia de Sangre y Lucha

42

La entrega nocturna no tenía carteles ni luces innecesarias.

Esta vez no sería por barco, sino mediante camiones de comida, con la mercancía camuflada entre cajas sin historia.

Seiran llegó con el alcalde poco antes de la medianoche. El punto de encuentro estaba en el límite de la zona sur, donde el asfalto se rendía y la tierra comenzaba a oler a metal húmedo y basura antigua. Más allá, las sombras parecían tener dueño.

—Recuerda —dijo el alcalde mientras bajaban del vehículo—. Habla con seguridad. No titubees. No queremos que nos vean nerviosos.

Seiran asintió.

El descampado era amplio, cercado por contenedores oxidados. No había ruido de ciudad. Solo viento, insectos y el motor de un camión encendido al fondo, respirando como un animal viejo.

Tres vehículos ya estaban allí.

El primer hombre apareció sin que Seiran notara de dónde había salido. Delgado. Sin armas a la vista. Luego surgieron otros dos. Se colocaron de forma que el alcalde quedara en el centro sin que pareciera intencional.

Él ya los conocía, a todos, los camiones, las placas, todo estaba en su mente, y para colmo, ellos también lo conocían bien.

—Llegan tarde —dijo el hombre de la capucha.

—Llegamos a tiempo —respondió el alcalde.

El hombre no contestó. Chasqueó los dedos.

Las puertas del camión del fondo se abrieron.

Seiran dio un paso adelante, como si aquello fuera rutina. Dentro, las cajas estaban apiladas sin cuidado.

—La calidad bajó —dijo Seiran, sin rodeos—. Los consumidores lo notan.

El hombre de la capucha lo miró.

—Seiran, nosotros solo hacemos las entregas.

—Lo sé —respondió él—. Pero no podemos vender algo de mala calidad, y tú lo sabes. Necesitas hablar con tus superiores. La droga ya no se mueve igual.

—Estás loco —intervino otro—. Al señor Salazar no se le dice nada. Vendan esto como sea. No queremos problemas.

Seiran chasquea la lengua, nuevamente el apellido sin nombre, eso no les funcionaba, pero al menos les confirmaba lo que querían saber.

—Cuando el producto provoca dolores de cabeza y dura la mitad —continuó— deja de ser rentable.

Silencio.

Uno de los hombres soltó una risa baja.

—No me digas que lo andas probando, muchacho. Esa cara bonita da para más.

Rieron. Incluso el alcalde.

—No —dijo el alcalde—. Seiran puede ser muchas cosas, pero no es adicto.

—Vamos —añadió el hombre—. En esta zona la gente es manipulable. Diles cualquier tontería y sigamos.

El hombre de la capucha se acercó al camión. Metió la mano en una caja, sacó un pequeño paquete y lo deshizo entre los dedos.

—Esto se hace donde se puede —dijo—. Y ahora mismo, solo se puede allí.

—En la zona de residuos —añadió Seiran—. Lo sabemos.

El hombre lo miró fijo, y asintió.

—Esa zona está contaminada. Es normal que esto también lo esté.

—Sí —replicó el alcalde —, pero si el producto está contaminado no podremos mantener a la gente consumiendo. Algunos ya murieron por sobredosis. Demasiado rápido. No nos sirve gente que muere en meses.

El hombre negó lentamente.

—No es tan fácil. Con la denuncia pública de Matt Althen y la noticia contra la minera, la prensa quiere ir a esa zona todos los días.

Seiran inclinó apenas la cabeza.

—Eso es un problema.

El silencio fue respuesta suficiente.

—Usted es el alcalde —dijo el hombre—. Prohíba a la prensa hacer estas cosas.

—Si lo hago será sospechoso.

—Mejor sospechas que pruebas —intervino otro—. Lance una prohibición, o algo.

—Veré qué puedo hacer.

—No podemos jugarnos la cabeza de la nada.

—Necesitamos hablar con su jefe —dijo Seiran—. Una cosa es vender esto. Otra muy distinta es crear leyes.

El alcalde se paralizó.

—Seiran, yo…

—No —lo cortó—. La campaña y la seguridad de todos están en juego. No vamos a jugar a ciegas.

El hombre de la capucha lo observó largo rato. Luego negó.

—No funciona así, niño. Estás lo suficientemente metido en este negocio para saber que no damos órdenes. Solo las seguimos.

—Funciona si hay riesgo —respondió Seiran—. Y lo hay.

El alcalde lo miró, tenso. No sabía si Seiran estaba cruzando una línea o salvándolos.

—Esta entrega sigue igual —dijo el hombre al final—. Y todo sigue igual.

Hizo una seña.

Las puertas del camión se cerraron.

Los hombres desaparecieron del mismo modo en que habían llegado.




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