Herencia de Sangre y Lucha

43

La habitación de pánico del tio Alfred estaba repleta de comida, como si lo que estaban viendo era un espectáculo.

Ella permanencia recostada en la pared con los brazos cruzados viendo a la pantalla donde Seiran hablaba, firme, calculado, empujando justo lo suficiente sin romper el vidrio.

Sonrió.

No fue una sonrisa amplia. Fue una de esas que aparecen cuando una duda muere.

—No nos vendió —dijo, casi para sí.

Alfred, de pie detrás de ella, llevaba un vaso de whisky intacto. No bebía cuando trabajaba. Prefería la lucidez afilada.

—No —concedió—. Y eso lo hace asquerosamente útil.

Alicia alzó una ceja, divertida.

—¿Ese es un elogio viniendo de ti?

—Es lo más parecido que hago —respondió él, sin culpa—. El abuelo Alaric lo va a amar. Ese chico entiende algo esencial: cómo caminar al borde sin caerse… y sin empujar a los demás antes de tiempo.

Matt estaba sentado frente a la consola. Avanzaba y retrocedía las grabaciones con precisión.

—Trabaja con sutileza —dijo—. No improvisa. No se deja llevar por el ego. Mira esto.

Reprodujo una secuencia del hospital.

Luego el depósito.

Después, la entrega nocturna.

—Tenemos todo —continuó Matt—. Audio del hospital, ubicación exacta del depósito, las caras de los intermediarios, los vehículos. Con esto sacamos nombres en días.

Alfred asintió lentamente.

—Con esto hundimos al alcalde sin dificultad. Tráfico, trata, encubrimiento, financiamiento ilegal. Todo.

Hizo una pausa. Su expresión se endureció apenas.

—Pero no a Salazar.

Alicia giró el rostro hacia él.

—No dijeron su nombre —añadió Alfred—. Ni una vez. Eso no es un error. Es disciplina. Y disciplina así solo existe cuando alguien da miedo de verdad.

Matt se reclinó en la silla.

—Igual nos sirve. Ahora confían en ellos —dijo—. Y la confianza es una cuerda. Solo hay que saber cuándo tirar.

Alicia bajó la mirada a su celular. La pantalla se iluminó un segundo.

Sonrió otra vez. Esta vez, con intención.

—Seiran me escribió —dijo.

Alfred la miró de inmediato.

—¿Qué dijo?

—Que por descuido botó algo importante, que, por fa, cuando tenga tiempo revise la basura.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue eléctrico.

Los tres se miraron.

La misma conclusión se formó sin necesidad de palabras.

—Los botaderos —dijo Matt en voz baja.

Alfred dejó el vaso sobre la mesa, por fin.

—Ahí guardan algo —afirmó—. Algo que no es solo droga. Algo que no quieren mover… ni siquiera cuando todo lo demás se quema.

Alicia se puso de pie.

—Entonces hay que mandar a alguien —dijo—. Un infiltrado.

Alfred entrecerró los ojos.

—No cualquiera.

Ella inclinó la cabeza, segura, casi divertida.

—No te preocupes —respondió—. Sé exactamente a quién voy a mandar.

La pantalla mostró, congelado, el rostro de Seiran.

Calmo. Atento. En el centro de la tormenta sin saber cuántos relámpagos lo protegían… ni cuántos lo estaban apuntando.




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