El club estaba lleno de voces bajas, copas tintineando y esa música elegante que nunca se escuchaba del todo. Alicia comía distraída, jugando con el borde del plato, cuando levantó la vista y lo vio.
Seiran.
Se quedó inmóvil medio segundo. No lo esperaba allí.
Él avanzó entre las mesas con una seguridad que no le conocía, como si el lugar le perteneciera desde siempre. Cuando llegó a su lado, no pidió permiso. Se inclinó y la besó con naturalidad, breve, íntimo.
—Tu familia me invitó —dijo en voz baja.
Alicia parpadeó, sorprendida… y luego asintió. No debería sorprenderle. Después de todo, Seiran había hecho un trabajo impecable con el tema de la zona sur. En esa casa, la eficiencia abría puertas más rápido que el afecto.
Seiran la abrazó un poco más de lo necesario, como si el ruido del club pudiera tragárselos si los soltaba demasiado pronto. Cuando se sentó a su lado, no la apartó del todo. Su mano seguía en su espalda, firme, tranquilizadora.
—¿Cómo has estado? —preguntó Alicia en voz baja.
Él soltó una risa pequeña.
—La academia puede ser un fastidio —admitió—. Y en campaña… peor.
Ella inclinó la cabeza, observándolo con atención.
—Te ves cansado.
—Lo estoy —dijo sin negarlo—. Pero hoy fue distinto.
—¿Por qué?
Seiran bajó la voz, como si lo que iba a decir fuera solo para ella.
—Porque pude dormir hasta tarde, lo que nunca pasa.
Alicia se enterneció.
—¿Eres dormilón?
—De los que aman su cama más que al mundo.
—Eres de mi equipo. Cuando quieras dormir —se le acercó un poco— y cuando no, cuenta conmigo.
Seiran se puso serio.
—No, frente a tu familia no me calientes, por favor…
Ella empezó a reírse.
—Podemos salir, solo nosotros, sin estos pesados.
—Me gusta la idea.
Seiran se inclinó un poco más hacia ella, lo justo para que sus rodillas se tocaran. No dijo nada al principio. Solo la miró, como si estuviera memorizándola en medio del ruido. Finalmente, bajó la mirada un segundo, como si reuniera valor. Cuando volvió a alzarla, sus ojos estaban más claros, casi tímidos.
—Alicia… —dijo en voz baja—. Estás hermosa hoy. No por el club ni por el vestido. Tú. Siempre.
Ella se quedó quieta, sorprendida por la sencillez con la que lo dijo. No había cálculo ni doble intención.
—Pienso mucho en ti —continuó—. Más de lo que debería cuando estoy en la academia. A veces estoy en clase y me pregunto si ya comiste, si estás de buen humor, si te reíste de algo absurdo como sueles hacer.
Alicia sonrió sin darse cuenta.
—Eso… es intenso.
—Me gusta lo intenso contigo —admitió—. Me gusta imaginar cosas normales. Caminando, discutiendo por tonterías, tomando café malo solo porque estamos juntos.
Ella apretó un poco su mano.
—¿Sabes? —añadió él—. Quiero que conozcas a mi abuelo. No sale de casa, pero… si te conociera, creo que lo haría. Siempre dice que el mundo solo vale la pena si hay alguien que te espere en él.
Alicia sintió algo cálido cerrársele en el pecho.
—Me gustaría conocerlo —dijo con suavidad.
Seiran sonrió, aliviado, casi feliz.
—Y yo quiero conocerte más —continuó—. No a la hija de los Althen. No a la mujer que todos miran. A ti. A la que se burla cuando está nerviosa, la que no confía fácil, la que no se deja querer sin asegurarse primero.
Ella ladeó la cabeza, con esa media sonrisa que solo le nacía cuando se sentía vista.
—¿Y qué hacen las parejas normales, según tú?
—Empezamos por elegir a dónde ir —respondió—. Sin planes grandes. Sin expectativas. Solo tú y yo.
Alicia asintió, despacio, sincera.
—Esa idea… —dijo— me gusta mucho.
Seiran soltó el aire, como si acabara de ganar algo importante. Se inclinó un poco más hacia ella, apoyando la frente contra la suya.
—Entonces hagámoslo —murmuró—. Seamos normales, aunque sea un rato.
El abuelo Alaric alzó su copa desde la cabecera y le hizo una seña.
—Ven, muchacho. Toma algo con nosotros.
Madal le dio una sonrisa.
Seiran obedeció sin dudar, dejando a Alicia con su madre y su abuela, que la observaban con una curiosidad serena.
—Ya le dio el visto bueno —comentó Andy, como si hablara del clima.
—Todo está pasando muy rápido —murmuró Alicia.
—No tanto —respondió su madre—. Cuando alguien es útil, tu abuelo lo acoge. Así pasó con Madal. Así pasó con Marcel.
Alicia no contestó.
Desde la otra punta de la mesa, Seiran no dejaba de mirarla. Cada vez que sus ojos se cruzaban, él sonreía. Ella le devolvía la sonrisa, aunque sentía el estómago ligeramente apretado.
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Editado: 02.02.2026