Herencia de Sangre y Lucha

45

Caminaron por uno de los corredores laterales del club, lejos del salón principal. Las alfombras apagaban los pasos y las paredes, cargadas de cuadros antiguos, parecían observarlos en silencio. Alicia fue la primera en detenerse.

—No debiste hacerlo —dijo sin rodeos.

Seiran se giró hacia ella, aún con la mano entrelazada a la suya.

—¿Hacer qué?

—Ceder —respondió—. A mi familia. A la presión. Esto no es una cena ni un gesto bonito. Es un compromiso de por vida, Seiran.

Soltó su mano, necesitaba espacio para decirlo—. Te van a pedir que adoptes el apellido Althen. Que vivas bajo sus reglas. Que hagas esto… todos los días. No es justo.

Él no apartó la mirada. Ya no sonreía.

—Lo sé.

Eso la descolocó.

—¿Lo sabes… y aun así aceptaste?

Seiran respiró hondo antes de responder.

—Cuando me llamaron —dijo— me dijeron que no podía seguir contigo si no nos casábamos. Que no había otra opción.

Alicia apretó los labios.

—Eso no es una opción, es una amenaza.

—Lo sé —repitió—. Acepté igual.

Ella negó con la cabeza, incrédula.

—Seiran…

—Me hicieron firmar cosas —continuó, sin dejarla interrumpir—. Documentos. Condiciones. De hecho… ya firmé para adquirir el apellido Althen.

El aire pareció volverse más denso.

—¿Ya qué? —susurró ella.

—Tu abuelo me prometió algo a cambio —dijo con voz baja—. Cuidar del mío.

Alicia se quedó quieta.

—Cumplió —añadió él—. Le dio dinero para su tratamiento. Pude comprarle comida, ropa. No tuvo que elegir entre medicinas y comer este mes.

Ella sintió un nudo cerrársele en el pecho.

Caminaron unos pasos más antes de que Alicia volviera a hablar. Esta vez, sin rodeos. Sin suavizar nada.

—¿Lo estás haciendo porque sabes que el alcalde va a perder? —preguntó—. ¿Porque quieres salvarte antes de que todo se caiga?

Seiran se detuvo.

No pareció ofendido. Pareció cansado… y honesto.

—En parte, sí —admitió—. No soy ingenuo. Sé leer cuándo un barco se hunde.

Ella lo miró, dura.

—Entonces…

—Pero no me casaría por eso —la interrumpió—. Estoy a salvo.

Alicia frunció el ceño.

—Los delitos que cometí con el alcalde los hago desde que tenía diez años —dijo, sin dramatismo—. Tengo un trastorno psiquiátrico diagnosticado. No iría a prisión. Podría alegar grooming, manipulación. Y no sería mentira.

El silencio cayó pesado.

—¿Y el dinero? —preguntó—. ¿También es parte de esto?

Él negó.

—Podría seguir vendiendo —dijo—. Ya estoy ganando bien. Cuando tu familia me llamó, me dijeron que incluso podría continuar con eso, si quería. Así de claro.

Ella lo observó con atención, buscando la grieta, la mentira.

—No necesito esto por dinero —añadió—. Ni por protección.

—Entonces explícame —dijo—. Explícame por qué te estás atando a algo tan grande.

Seiran dudó un segundo. Solo uno.

—Porque me gustas —dijo—. De verdad. No como idea. No como apellido. Tú.

Respiró hondo—. Y porque creo que eres alguien a quien podría amar para siempre.

Alicia negó

—Apenas nos conocemos.

—Lo sé —admitió—. Pero eres alguien que podría amar con facilidad.

Eso fue lo que más dolió.

—El amor no sostiene un matrimonio —replicó—. No aquí. No en mi familia. Esto es una jaula, Seiran. Una de la que yo he querido escapar toda mi vida.

Él se acercó un paso.

—Ninguno de los dos puede escapar —dijo—. No tú. No yo. Pero al menos… estaremos juntos.

Alicia lo miró, cansada.

—¿Y crees que eso basta?

—Creo —respondió— que puedo comprometerme. Ser un buen esposo. No desaparecer. No fallarte.

Ella soltó una risa breve, sin humor.

—¿Sabes que hay un contrato prematrimonial? —preguntó—. ¿Y una cláusula en caso de infidelidad?

—Me lo dijeron —asintió.

—¿Y qué vas a hacer con las otras chicas? —preguntó, mirándolo directo—. No finjas que no existen.

Seiran negó con la cabeza.

—Ya no las veo. Y no me importa. Nunca te dije que fuera un mujeriego.

Hubo un silencio largo.

Alicia apoyó la espalda contra la pared, cerrando los ojos un instante.

—No quiero que te sacrifiques por mí —murmuró.




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