Herencia de Sangre y Lucha

46

El carro se encontraba detenido, estacionado a una distancia prudencial de los botaderos. Por suerte, ese día la prensa estaba como loca, así que ellos pasarían desapercibidos. Seiran estaba en el asiento del piloto, y Alicia terminaba las negociaciones en el asiento del costado, con el hombre y la mujer que conocieron en el botadero.

—Como hablamos —dijo Alicia, rompiendo la tensión—, 40 mil dólares por infiltrarse y conseguir información en tiempo real. Tienen que caminar por el botadero, grabar todo y ubicar dónde preparan y almacenan la droga.

Esa pareja los había contactado justo después del discurso de Matt. Alicia había reservado el momento para negociar con ellos, y este era el indicado. La prensa, alborotada, causaba caos y eso ayudaba a que se concentraran más en ellos que en otra cosa.

La mujer frunció el ceño, evaluando la propuesta, mientras el hombre asintió ligeramente.

—Solo yo iré —dijo el hombre, firme—. Quiero que protejan a mi esposa y a mi hija. A ellas les dan el dinero y las llevan a un lugar seguro; no las quiero exponer.

Su esposa se paralizó al escuchar eso.

—Pero…

—No —intervino el hombre—. Con ese dinero pueden empezar de nuevo en cualquier lugar. Si algo me pasa, vete a otro sitio lejos.

—No se preocupe —dijo Alicia—. Si vuelve con la información, les daremos identidades nuevas y podrán irse a otro país si así lo prefieren.

Ambos sabían que era verdad. Lo habían visto el día de la inscripción: todo el poder los respaldaba. No eran cualquiera y podían cumplir con lo que prometían.

El hombre comenzó a colocarse los micrófonos y cámaras ocultas. Alicia y Seiran observaron cómo cada dispositivo se ajustaba. Finalmente, salió del carro, fundiéndose entre los escombros del botadero, listo para grabar.

—¿A dónde iremos? —preguntó la mujer, nerviosa.

—Las llevaremos a un lugar seguro y secreto. De esa forma, estas personas no podrán ubicarlas.

Seiran condujo hasta un departamento en la zona este, libre de cámaras. Incluso la ruta que tomó estaba libre de vigilancia; había aprendido a elegir estos caminos trabajando para el alcalde. Alicia admitía que era útil, y eso era el problema.

La mujer entró en el departamento con la mitad del dinero y la niña. Luego, ellos se marcharon.

—Listo —dijo Seiran, intentando sonar relajado—. ¿Ahora qué sigue?

—Ahora… vamos a casa de Alfred —contestó Alicia.

—¿Qué hay allá?

—Ya lo verás.

Cuando llegaron, Seiran abrió la puerta de la habitación y se quedó boquiabierto. Era la primera vez que entraba en un lugar así: equipos de monitoreo, pantallas interconectadas, cámaras, micrófonos y mapas del botadero proyectados sobre un tablero. Cada detalle estaba pensado para seguir en tiempo real la operación.

—Impresionante —susurró Seiran, más para sí mismo que para Alicia.

Allí los esperaban Alfred y Matt jugando cartas.

—Seiran, buen amigo, ¿juegas? —preguntó Matt.

Él vio las cartas de póker y sonrió.

—De hecho, soy bastante bueno… y muy competitivo.

Alfred asintió.

—Entras a la partida.

Alicia cerró la puerta, se sirvió un poco de café y mordió un croissant.

Desde la pantalla, se veía al hombre avanzar entre los escombros, donde se dejaban ver a las personas.

—Ya contratacan —dijo Matt—. La primera en temblar fue Millán, a quien acusaron por desconocer, como encargada de inteligencia, que esto estaba pasando.

—El alcalde no quiere dar entrevistas —agregó Seiran.

—¿Qué sigue?

—El abuelo le pagó a otra familia para dar una entrevista. Va a salir hoy en la noche. La grabaron en silencio, les dimos 100 mil dólares y los sacamos del país —comentó Matt.

—Esta noche se suelta la bomba —dijo Alicia.

—Lo contaron todo —agregó Matt—. La trata de personas, las drogas.

—¿Qué hicieron con las grabaciones de Seiran? —preguntó Alicia.

—Esas valen una fortuna. Aneth las vendió a una cadena internacional —agregó Alfred—. Pronto saldrá el reportaje; nos han mandado unos avances, ya que el canal lo controla uno de los cárteles que opera en la zona junto al abuelo.

—Nos deben favores —dijo Alicia, como lo más obvio.

—Tranquilo —dijo Alfred a Seiran—. Ya eres un Althen. Desde mañana vas a empezar a vivir en casa con Alicia y tener seguridad.

—¿Qué? —se espantó Alicia—. ¿Vamos a vivir juntos? Pero la boda es el próximo año…

—Alicia, ¿quieres que lo maten en la zona sur?

—No, claro que no… pero ¿su abuelo?

—Será trasladado a un departamento en la zona este. Tu madre piensa en todo; lo mandaron a evaluar. Seiran tenía razón: el diagnóstico fue injusto. Lo que sufre el abuelo es depresión, no demencia. Con ese nuevo diagnóstico y tratamiento, lo pudimos sacar de esa zona.




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