Herencia de Sangre y Lucha

47

El hombre caminaba despacio por el botadero, mezclándose entre el ruido y el caos. A lo lejos, la prensa se encontraba alterada, tratando de ingresar a la zona cercada. Gritaban preguntas, levantaban cámaras, buscaban una grieta por donde colarse. Las vallas improvisadas y los cordones de seguridad apenas contenían la marea.

Él no les prestó atención.

Observó a la gente que vivía en el botadero, “sus vecinos”. Todos lucían cansados. Rostros curtidos, espaldas vencidas. Niños jugando entre la basura, persiguiendo objetos inútiles como si fueran tesoros. Pero también había otros. Personas que no encajaban del todo.

Lo sabia desde hace tiempo, estas personas no eran de allí.

Caminaban en direcciones específicas, nunca al azar. Aunque sus ropas estaban desgastadas, sus uñas estaban limpias. El cabello, prolijo. Detalles pequeños, pero evidentes para quien sabía mirar.

Se sentó sobre un bloque de concreto y aguardó.

Vio cómo uno de ellos encendía un cigarrillo a unos metros. Esperó unos segundos y se acercó.

—¿Tienes uno? —preguntó, señalando la cajetilla.

El hombre lo miró apenas un instante y asintió. Le extendió el cigarrillo y el encendedor.

—Gracias.

Encendió, inhaló despacio y soltó el humo hacia un costado.

—Dicen que la prensa está pagando bien por información —comentó, como quien habla del clima.

El otro dejó escapar una risa seca.

—Si alguien de aquí habla, nos cortan la cabeza a todos.

—Pensé lo mismo —respondió él—. Por eso ando con cuidado.

Hizo una pausa breve y dijo, repitiendo exactamente las palabras que Seiran le había pedido memorizar:

—Sé que el señor Salazar no anda con juegos.

El efecto fue inmediato.

El hombre levantó la cabeza y lo miró directo a los ojos.

—¿Quién eres tú?

—Alguien más haciendo su trabajo —respondió—. Solo que con un mejor disfraz que el tuyo.

Sonrió.

—¿De qué hablas?

—Hueles a jabón y shampoo —dijo sin bajar la voz—. Eso no es común aquí. Hay que pensar en los detalles. Pero tranquilo, por ahora solo vigilo quién anda hablando con la prensa.

El hombre lo observó unos segundos más, luego asintió y le extendió una cerveza.

—Toma.

Él recordó la orden de Seiran y negó con la cabeza.

—No bebo mientras trabajo.

El otro sonrió, como si esa frase fuera la clave que estaba esperando. Se relajó.

—No entiendo cómo hay tantos niños —dijo, mirando alrededor—. Esa gente no debería tener más.

—El sexo es lo más divertido y gratis que se puede hacer —respondió el infiltrado—. Y en la basura no hay muchos preservativos.

El hombre soltó una carcajada.

—Deberían botar algunos entonces.

El infiltrado aprovechó la risa.

—¿Y los camiones? Con toda la prensa aquí, es claro que los pueden ver.

—Los están camuflando como comida —respondió—. Dicen que van a un comedor más allá.

Eso era todo. Ya tenía la información que buscaba.

Solo necesitaba encontrar la oportunidad para acercarse a esa zona.

Y no levantar sospechas mientras lo hacía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.