Herencia de Sangre y Lucha

49

Abrieron la puerta del camión y el aire cambió de golpe. Sal, metal caliente, gasóleo. El hombre bajó con los demás sin levantar la mirada. Imitó cada gesto, cada pausa, cada forma de cargar. Tomó una caja y la llevó hasta uno de los contenedores metálicos.

Al alzar la vista, lo vio. El buque se recortaba a lo lejos, enorme, inmóvil, esperando. Entonces lo entendieron.

Desde la sala de monitoreo, Alicia apretó los dientes.

—Va a salir de Luneth —murmuró.

—¿Al exterior o redistribución interna? —preguntó Matt—. Si es lo segundo, papá podría ayudarnos a rastrearlo.

—Eso tomaría tiempo —respondió ella—. Y no lo tenemos.

Las entrevistas estaban cerca. El contraataque sería fulminante. No podían quedarse sin balas justo ahora.

Un grito cortó el aire. Luego otro.

Venían desde el interior de los contenedores.

El infiltrado cerró los ojos apenas un segundo. No necesitaba ver para saberlo.

Siguió cargando en silencio.

—No… —susurró Alicia, llevándose una mano a la boca.

—Llevan personas —dijo Seiran, con asco—. Esto no puede ser.

Un hombre se le acercó de golpe.

—¿Tú quién eres?

El infiltrado sintió cómo el pulso le golpeaba en los oídos.

—Víctor —respondió, señalando el logo desgastado de la camisa.

El otro lo observó de arriba abajo.

—No te pareces a los de aquí.

—Claro que no —replicó, sin perder el tono cansado—. ¿No ves lo sucio que estoy?

El hombre frunció el ceño, desconfiado.

—Oye, deja de perder el tiempo —gritó otro desde atrás—. Vamos retrasados.

El hombre chasqueó la lengua y se alejó con desconfianza. El infiltrado soltó el aire despacio, como si acabara de salir de debajo del agua, y retomó el trabajo.

Desde la sala, nadie habló durante varios segundos.

Todo parecía perdido. Droga. Personas. Rutas ilegales. Eso ya lo tenían.

Nada que señalara directamente a Salazar.

Entonces lo vio.

Un contenedor distinto.

Estaba abierto. No tenía las mismas cajas selladas ni el mismo orden. Dentro, bloques irregulares, opacos, con un brillo apagado que no pertenecía a la basura ni a la droga. Estaban protegidos con espuma industrial, sellos térmicos y etiquetas que no coincidían con nada del cargamento anterior.

El infiltrado se acercó despacio, fingiendo cargar otra caja.

El olor era diferente. Metálico, casi limpio.

Se le erizó la piel.

Había trabajado en minería. Conocía ese brillo. Ese peso. Ese cuidado.

Matt se incorporó de golpe.

Es rodio —dijo, con la voz tensa—. Y no cualquiera. Parece orgánico.

—¿Qué significa eso? —preguntó Seiran.

—El rodio es el mineral más caro del mundo, en especial en su estado orgánico. Ese es puro. Si está ahí —continuó Matt—, hay minería clandestina en el botadero. Y si hay yacimientos, hay una empresa detrás.

Todo encajó de golpe. La clausura del botadero. La vigilancia. Las camisas.

—Por eso cerraron la zona —murmuró Alicia.

—Y esas camisas —añadió Seiran— tienen el logo de la empresa, ¿no ayuda en algo?

—No, es un logo falso, el verdadero logo de la empresa no es ese. Pero, podemos rastrear desde cuando están haciendo las explotaciones de Rodio en la zona, sin permiso y sin pagar impuestos.

Alfred sonrió, entendió a donde iba su sobrino

—No hay nada que odie más el presidente que las empresas no paguen impuestos.

Matt asiente.

—Si no lo podemos hundir con la droga, lo podemos hundir con esto. Son mínimo 20 años en prisión, por evasión de impuestos en empresas de explotación de recursos nacionales.

Alicia giró hacia Matt.

—¿Cómo vamos a probarlo? Ni siquiera el alcalde tiene acceso a esos registros.

Matt sonrió apenas, sin humor.

—Pero tengo acciones en la compañía. Y tengo contactos.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Alfred.

—Con dinero en mano, veinticuatro horas.

Alfred negó lentamente.

—Lo necesitamos en menos de doce.

Matt lo miró, evaluando.

—Entonces serán siete cifras.

—Ocho —respondió Alfred sin dudar—. Y apura. No tenemos tiempo que perder.

Matt ya estaba de pie.

—Haré las llamadas.

En la pantalla, el infiltrado siguió cargando como uno más, invisible a los ojos del mundo, sosteniendo en silencio la prueba que podía derrumbarlo todo.




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