Herencia de Sangre y Lucha

50

Seiran la llevó a uno de los restaurantes más caros de Luneth.

Ahora podía pagarlo, pero no era solo una cuestión de dinero. El lugar imponía una coreografía precisa: voces bajas, miradas sostenidas, palabras que no se dicen en pasillos ni salas de monitoreo. Allí, todo parecía exigir verdad.

La luz era cálida, casi indulgente. La cristalería impecable reflejaba gestos mínimos. Al fondo, un pianista tocaba algo lento, íntimo, como si acompañara confesiones ajenas.

Alicia observó el menú sin prisa. No estaba leyendo los platos, estaba ganando tiempo.

—Esto no era necesario —comentó.

—Sí lo era —respondió Seiran—. Si nos vamos a casar, no quiero que todo lo importante pase entre interrupciones.

Pidieron vino. Cuando el mozo se alejó, el silencio se instaló sin incomodidad, como una pausa antes de un salto.

—Tenemos que hablar de lo que nos gusta —dijo él al fin—. Y de lo que no.

Alicia alzó la vista.

—Por fin algo sensato.

Seiran sonrió, con una tensión que no intentó ocultar.

—No soy complicado. Me gusta comer bien, dormir tranquilo… y en la cama necesito sentir que la otra persona está ahí porque quiere, no porque toca.

Ella sostuvo su mirada, sin pestañear.

—Tienes un fetichismo con la sangre —dijo—. ¿Cómo se supone que eso aplica en la cama?

—Eso te va a tocar descubrirlo —respondió él, sin retroceder—. Además, tú también tienes los tuyos. No me vas a disfrazar de algo raro, ¿verdad?

Ella frunció apenas el ceño.

—Esto no es romántico.

—Seamos prácticos —continuó Alicia—. No me gusta sentir que tengo que adivinar. Prefiero que me digan qué sí y qué no.

Asintió despacio, como si aceptara una regla que no había escrito.

—Bien. Yo odio que me impongan ritmos. No me gusta sentirme usada como un trámite. Necesito tiempo, atención… y respeto, incluso cuando las cosas se ponen intensas.

El mozo regresó. El vino llenó las copas. Bebieron.

—También soy directa —añadió ella—. Si algo no me gusta, lo digo. Y si me gusta, también. No finjo.

Seiran exhaló, como si algo invisible se aflojara en su pecho.

—¿Atención? ¿Flores y esas cosas?

—No —dijo ella—. Me refiero a hablar. A que me escribas, a que te preocupes por mí.

Él la miró, confundido de verdad, como quien escucha un idioma que cree conocer, pero no domina.

—¿Me dices qué tengo que hacer?

—No. Tiene que nacerte. Es aburrido si solo lo haces porque te lo pido.

Seiran frunció el ceño, no molesto, sino inseguro.

—Alicia, si alguien no te ama no hará nada por ti, incluso si se lo pides. Si yo lo hago, aunque me lo pidas, es porque siento algo por ti. No lo veas como algo malo.

Ella apoyó la espalda en la silla.

—Es que el amor no debería ser un contrato. Debería ser espontáneo.

—El amor es espontáneo —replicó él—. El matrimonio no. Y no tiene nada de malo ser claros.

La miró con seriedad.

—No quiero una esposa obediente. Quiero una compañera que me discuta.

Alicia arqueó una ceja.

—¿Discutir?

Pensó un segundo. Sonrió de lado.

—Ah. Eres de los que les gusta pelear y luego hacerlo.

—Vamos a ser claros —la interrumpió—. Siempre voy a querer hacerlo. Incluso sin peleas. ¿Hijos?

Ella guardó silencio. El piano siguió sonando.

—Sí. Uno.

—Uno está bien para mí.

Alicia lo miró fijo, como si buscara grietas.

—¿Sigues acostándote con otras chicas?

—¿Qué? No. ¿Qué te pasa?

—Es que no creo que de pronto seas otro. Xandra… ¿no duermes con ella?

—No, Alicia. No duermo ni despierto con Xandra.

Ella negó despacio.

—No creo que puedas serme fiel. Estoy siendo sincera.

Seiran apretó la mandíbula.

—¿Sabes lo que creo? Que no quieres casarte y usas esto para culparme a mí, para que yo quede como el malo.

—No me importa quién quede como el malo o el bueno —respondió ella—. Lo que quiero es un matrimonio feliz. O lo más cercano a la felicidad en esta familia.

No hubo respuesta inmediata. Solo copas, música y la certeza de que ninguno había mentido.

Terminaron de cenar sin prisa.

Al salir, Luneth recuperó su ruido y su crudeza. Seiran la llevó a una heladería pequeña, abierta hasta tarde. No había lujo, solo luz blanca y olor a fruta fresca.

—Helado de manzana —dijo él.




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